Todos perdemos si castigamos demasiado el fracaso

13/11/2013 | Luke Johnson – Financial Times Español

Supongo que todos estamos fascinados viendo caer en bancarrota a algunos emprendedores. Quizás sea envidia en sí misma, curiosidad morbosa, o en algunos casos un deseo de ver que se hace justicia – o sencillamente que esas historias están llenas de drama humano.

La reciente cobertura masiva de la caída del magnate brasileño Eike Batista, reseñado ampliamente en el Financial Times, The Wall Street Journal y Bloomberg Businessweek, es un clásico estudio de cómo los medios aman enfocarse en un colapso – sin duda porque atrae el interés de los lectores.

De igual manera, la bancarrota del imperio de Quinn en Irlanda ha recibido mucha atención – Gavin Daly e Ian Kehoe incluso han escrito un libro sobre el tema llamado Citizen Quinn.

Me gustaría creer que los ciudadanos educados saben que esos especuladores son un elemento vital en el sistema capitalista. Sin los que toman riesgos, la innovación sería lenta, la creación de empleo se inhibiría, los ingresos por impuestos se reducirían y en general la sociedad sería más pobre. Así que a pesar de las pérdidas y los daños colaterales, las grandes bancarrotas serán siempre parte del progreso. La ruina de Sean Quinn y del Sr. Batista demuestra que más grande no siempre significa más seguro cuando se trata de iniciativas de riesgo.

En perspectiva, parece obvio que ciertos oportunistas están condenados al fracaso. El Sr. Batista se casó con una modelo de Playboy, tenía en su salón un coche valorado en un millón de dólares y presumía de que se convertiría en el hombre más rico del mundo – a pesar de que muchas de sus empresas nunca habían dado beneficios.

A menudo hay una delgada línea que divide a las empresas que ganan de las que pierden. Y los sistemas que castigan el fracaso en demasía le quitan el deseo de emprender a aquellos que buscan oportunidades – haciendo de todos unos perdedores.

Como estudio de caso, Steve Oliver, el reciente ganador del premio al director ejecutivo del año otorgado por la Asociación Británica de Capital Riesgo, es el fundador de MusicMagpie. Su empresa es una minorista en-línea que vende CD’s, DVD’s y videojuegos de segunda mano con ingresos cercanos a los 100 millones de libras y casi mil empleados. Este logro fue conseguido utilizando la experiencia obtenida de un fracaso previo – Music Zone, un minorista con más de 100 tiendas que entró en concurso de acreedores en 2007. Sin ese fracaso él nunca habría creado su actual fórmula de alto crecimiento. Si los banqueros, proveedores y otros grupos de interés en el negocio lo hubiesen demonizado, su reciente resurgimiento no hubiera sido posible.

¿Cómo elegir entre quienes merecen una segunda oportunidad y quienes no? La clave es si el emprendedor era honesto y dio lo mejor de si. Por ejemplo, tanto el Sr. Quinn y su hijo, Sean Jr., han sido encarcelados por desacato a la corte al ser juzgados por supuestas apropiaciones de activos. Basándose en esto, creo que ahora solo un tonto invertiría con ellos o les prestaría.

En contraste, recientemente conocí a un emprendedor que dirige una de las empresas británicas que más rápido crecen. La cual este año tendrá ganancias por valor de varios millones. Él me decía que apenas unos años atrás estaba en bancarrota. Obviamente, se le habrán dado las oportunidades para que recuperara su fortuna rápidamente. Para mí, esa suerte de perdón meditado es saludable y tiene sentido económico.

Cada vez que invierto y algo sale mal me digo que debería de dejar de respaldar proyectos arriesgados. Pero una vez que se desvanece la decepción inicial, recuerdo que casi todas mis mejores apuestas en principio también parecían arriesgadas. Así que continúo haciendo apuestas riesgosas, sabiendo que algunas se convertirán en errores – pero confiado en que ocasionalmente den ganancias. Cuando compré Patisserie Valerie, hace siete años, solo tenía ingresos de 5 millones de libras y apenas se mantenía a flote, la mayoría de la administración dejaría la empresa al completar la adquisición, y la contabilidad era cuando mucho rudimentaria. Este año tenemos proyectadas ganancias por 14 millones de libras antes de intereses, impuestos, depreciación y amortización sobre ingresos que se incrementaron 15 veces desde la adquisición, con un aumento de personal de casi 20 veces.

Ser demasiado precavido al emprender lastra los avances tecnológicos y nos lleva a una sociedad menos próspera. De los emprendedores que fracasan solo una minoría se lo merecen, la mayoría simplemente realizaron errores de juicio, o tuvieron mala suerte. Así como la gran mayoría de los banqueros no son malandrines o inmorales, unas cuantas bancarrotas deshonestas no deberían alimentar nuestros prejuicios hacia aquellos que sufren pérdidas en los negocios.

Ya sea en la exploración de fuentes de energía o en descubrir nuevas medicinas, habrá más derrotas que victorias. Pero como dijo Winston Churchill: “El éxito no es duradero, la derrota no es mortal. Lo que cuenta es el valor de continuar”.

We all lose if failure is punished too harshly

11/13/2013 | Luke Johnson – Financial Times English

I suppose we are all fascinated by entrepreneurs going broke. Perhaps it is envy at work, possibly morbid curiosity, in some cases a desire to see justice served – or is it simply that such tales are full of human drama?

The massive recent coverage of the fall of Brazilian tycoon Eike Batista, with extensive features in the Financial Times, The Wall Street Journal and Bloomberg Businessweek, is a classic study of how the media love to focus on a collapse – no doubt because it evokes the readers’ interest.

Similarly, the bankruptcy of the Quinn empire in Ireland has received huge attention – Gavin Daly and Ian Kehoe have even written a book on the subject called Citizen Quinn.

I would like to believe that educated citizens know such speculators are a vital element in the capitalist system. Without the risk-takers, innovation would be stunted, job-creation inhibited, tax proceeds reduced and society generally poorer. So despite all the losses and collateral damage, big insolvencies will always form a part of progress. The ruin of Sean Quinn and of Mr Batista shows that bigger does not always mean safer when it comes to capitalist ventures.

With hindsight, it appears obvious that certain chancers are doomed to fail. Mr Batista married a Playboy model, parked a $1m car in his sitting room and boasted that he would become the richest man in the world – even though many of his operations had never shown a profit.

But often there is a fine line between winning and losing in business. And systems that punish failure too harshly discourage those who would seek opportunities – thereby making everyone a loser.

As a case study, Steve Oliver, recent winner of the British Venture Capital Association’s chief executive of the year award, is the founder of MusicMagpie. His company is an online retailer of second-hand CDs, DVDs and computer games with almost £100m in revenue and about 1,000 staff. That achievement was built using experience gained from a previous flop – Music Zone, a retailer with more than 100 outlets that went into administration in 2007. Without that setback he would never have created his current high-growth formula. If financiers, suppliers and other stakeholders had demonised him, his recent comeback would not have happened.

How to choose between those who deserve a second chance and those who do not? The key issue is whether the entrepreneur was honest and did their best. For example, both Mr Quinn and his son, Sean Jr, have been jailed for contempt of court following alleged asset-stripping. On that basis, I suggest that only a fool would invest with or lend to them now.

By contrast, I recently met an entrepreneur who runs one of Britain’s fastest-growing companies. It will make several millions of profit this year. Yet he told me he was made personally bankrupt not many years ago. Clearly, he must have been given breaks to recover his fortunes so swiftly. To me, that sort of thoughtful forgiveness is healthy and makes sound economic sense.

Every time I make an investment that goes wrong I vow that I must give up backing risky projects. But once the initial disappointment fades, I remember that almost all my better bets also appeared risky when I placed them. So I continue to make long-odds wagers, knowing some will prove to be mistakes – but confident that occasionally they pay off. Seven years ago when I bought Patisserie Valerie it had revenues of only £5m and was breaking even; most of the management were departing on the sale, and the accounts were rudimentary at best. This year we are projecting £14m of earnings before interest, tax, depreciation and amortisation on revenues increased 15-fold since purchase, with staff numbers up almost 20-fold.

Over-caution in enterprise hinders technological advances and leads to a less prosperous society. A minority of entrepreneurs who default are rogues, but most simply make genuine errors of judgment, or suffer bad luck. Just as the vast proportion of bankers are not crooks or immoral, so a few dodgy bankrupts should not prejudice us against all those who suffer business losses.

Whether in energy exploration or drug discovery, there will be more defeats than victories. But as Winston Churchill said: “Success is not final, failure is not fatal. It is the courage to continue that counts.”

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
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