Por qué preferimos que los jefes antipáticos sean siempre antipáticos

28/03/2018 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Español

Definitivamente el jefe más difícil que he tenido era un hombre inspirador y moralmente recto. Yo lo respetaba y aprendí mucho de él. El problema era que yo nunca podía prever cómo iba a responder a nada.

A veces pasaba por mi lado y decía algo sarcástico sobre un artículo que yo había escrito. Otras veces llegaba lleno de alabanzas. A veces se sentaba al borde de mi escritorio y hablaba como si estimara mi opinión. Al día siguiente volvía su mal humor y no me hacía el menor caso.

Nada más que verle venir caminando por el pasillo me llenaba de ansiedad. Cuando era amable ponía la misma cara que cuando era horrendo y por eso comencé a cuestionar si sus alabanzas no eran irónicas. Era muy desconcertante.

Pensé en él el otro día cuando leí una investigación de la Universidad de Michigan que sugería que preferiríamos mucho más tener un jefe que siempre era horrible a uno que sólo era horrible a veces. Cuando se trata de nuestros jefes, parece que podemos lidiar con más o menos cualquier cosa, salvo lo imprevisible.

Los investigadores condujeron una serie de experimentos en los que dividieron a unos estudiantes en tres grupos y les dieron a todos una tarea. El primer grupo recibió elogios constantes, el segundo abuso constante y el tercero una mezcla de los dos. El primer grupo no sufrió ningún estrés, el segundo sintió estrés levemente, mientras que el tercero — el grupo que no sabía si iban a recibir dulces o palos — fue el que sintió más estrés y fue menos feliz.

El experimento, publicado en la American Academy of Management, me recordó un estudio anterior en el que se les daban descargas eléctricas a ratas. El primer grupo oía un timbre que anunciaba cada descarga; el segundo recibía descargas sin aviso. Al primer grupo de ratas le fue más o menos bien. El segundo, que no podía prever cuando venían las descargas, empezó a sufrir de úlceras estomacales. Los trabajadores y las ratas tienen mucho en común.

Sin embargo, la idea de que la consistencia es importante no aparece en los libros sobre el liderazgo. La previsibilidad se considera aburrida y falta de glamour, en un mundo que venera la creatividad y el trastorno.

Hace un par de semanas el Harvard Business Review publicó un blog sobre las características más importantes de los mejores líderes según dicen 195 líderes globales. Éstas resultaron ser una lista más o menos tonta de “competencias”, incluyendo “ética fuerte”, “promueve el crecimiento”, “tiene la flexibilidad para cambiar de opinión” y “está comprometido con la capacitación continua”. Y cosas por el estilo. La previsibilidad no aparecía en la lista por ninguna parte.

La única empresa que puedo encontrar que explícitamente estima esto es Google. Porque se deleita en recolectar datos y mide a los líderes constantemente, ha encontrado que la consistencia es una de las cualidades más importantes que hay. Cuando el jefe no es consistente, las personas no pueden hacer su mejor trabajo.

La previsibilidad importa en el trabajo no sólo en relación con los jefes, sino con casi todo. La gente declara que le encanta el trabajo donde cada día es diferente, pero hay poca evidencia que apoye tal cosa. Por contra, los estudios en EEUU han mostrado que los trabajadores con horarios imprevisibles sufren más estrés y son menos felices que los que siguen un horario regular.

Si pienso en mis colegas, yo probablemente diría que me encanta trabajar con personas que me sorprenden. Pero eso no es verdad. Me gusta trabajar con personas que me interesan pero que no me sorprenden para nada. Un colega cercano llega tarde con confiable regularidad. Aunque soy obsesivamente puntual, me he acostumbrado tanto a su retraso que cuando la semana pasada se apareció temprano, no me hizo gracia; me sentí ligeramente irritada.

Y no es que la consistencia sea fácil. Ser consistente es realmente muy difícil. Lo sé por haber pasado un cuarto de siglo en el trajín de la maternidad. En la crianza de mis cuatro hijos he tratado de seguir algunos principios bastante básicos que yo considero importantes. Por ejemplo, que todos los miembros de la familia tienen que sentarse a la mesa una vez al día, sin pantallas de ordenadores o dispositivos electrónicos, a comer lo mismo a la misma hora. Algunas tardes soy inflexible en mi adherencia a este principio. Sin embargo, ahí estaba yo la semana pasada, tirada en el sofá con mi hijo que estaba comiendo una pizza de supermercado y mirando algo inapropiado en su iPad, mientras yo comía y miraba otra cosa a la vez.

La previsibilidad es la clase avanzada: la inconsistencia parece ser la condición humana básica.

Acabo de leer un artículo en Psychology Today que propone que evolucionamos de esa manera porque prevenía que los demás cazadores-recolectores tomaran ventaja de nosotros en la selva.

Quizás sea por eso, aunque sospecho que somos imprevisibles en el trabajo porque gestionar no es natural y somos débiles y caprichosos. Y el autocontrol no sólo es difícil, está tristemente pasado de moda.

Why we prefer nasty bosses to be horrible all the time

03/28/2018 | Lucy Kellaway (Financial Times) – English

By far the most difficult boss I’ve ever had was an inspiring, morally upstanding man. I respected him and learnt a lot from him. The problem was that I could never predict how he would respond to anything.

Sometimes he would sidle past and say something sarcastic about a piece I’d written. At other times he would bound up, full of praise. Occasionally he would perch on the edge of my desk and talk as if he valued my opinion. The following day he would revert to glowering and ignore me entirely.

The very sight of him advancing down the corridor was enough to make me feel anxious. When he was being nice, his face looked the same as when he was horrid and so I started to wonder if his praise was ironic. It was most disconcerting.

I thought of him the other day when I read a piece of research from the University of Michigan suggesting we would far rather have a manager who was horrible all of the time, than one who was horrible only some of it. When it comes to our bosses, it seems we can cope with more or less anything — save unpredictability.

The researchers conducted a series of experiments in which they divided students into three groups and gave them all a job to do. The first group was subjected to constant compliments; the second to constant abuse and the third to a mix of the two. The first group wasn’t stressed at all; the second was mildly so, while the third — the group that didn’t know if they were going to get sticks or carrots — was by far the most stressed and least happy.

This experiment, written up in the American Academy of Management, reminds me of an earlier study in which rats were given electric shocks. One group heard a bell ring to herald each shock; a second group had shocks with no warning. The first group of rats fared more or less fine. The second group, who could not predict the timing of the shocks, developed stomach ulcers. Workers and rats have a lot in common.

Yet this idea that consistency is important is nowhere in the leadership literature. Predictability is considered boring and unglamorous, in a world that reveres creativity and disruption.

A couple of weeks ago the Harvard Business Review published a blog about the most important traits of leaders, as reported by 195 global leaders themselves. These turned out to be a more or less soppy list of “competencies” including “strong ethics”, “nurtures growth”, “has the flexibility to change opinions” and “is committed to ongoing training”. And so on. Predictability was nowhere on the list.

The only company I can find that explicitly values this is Google. Because it delights in collecting data and measures all leaders constantly, it has found that consistency is one of the most important qualities there is. When the boss isn’t consistent, people can’t do their best.

Predictability matters at work not just in relation to your boss — but to almost everything. People claim they love jobs in which every day is different, but there is little evidence to back this up. Instead, studies in the US have shown that workers with unpredictable hours are more stressed and less happy than those who keep a regular timetable.

If I think of my peers, I would probably tell you that I love working with people who surprise me. But that isn’t true. I like working with people who interest me, but who do not surprise me at all. One close colleague is dependably always late. Even though I am obsessively punctual, I’ve become so used to his lateness that when last week he turned up early, I wasn’t delighted; I was slightly put out.

And it is not as if consistency is easy. Being consistent is very hard indeed. I know this from having spent a quarter of a century at the coalface of motherhood. When bringing up my four children I have tried to stick to some pretty basic principles that I consider important. For instance, that all family members must sit around a table once a day with no computer screens, eating the same thing at the same time. Some evenings I am unyielding in my adherence to this principle. Yet there I was last week sprawled on the sofa with my son who was eating a supermarket pizza and watching something unsuitable on his iPad, while I both ate and watched something else.

Predictability is the advanced class: unpredictability seems to be the default human condition.

I’ve just read an article in psychology Today arguing that we became that way because it made it harder for other hunter gatherers to take advantage of us in the jungle.

Maybe, although I suspect we are unpredictable at work because managing is unnatural and we are weak and capricious. And self-control is not only difficult, it is sadly out of fashion.


Copyright &copy “Europa Press“.

“Europa Press” is a trade mark of “Europa Press”.
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