¿Por qué nos deprime el trabajo?

26/01/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Financial Times Español

Hace poco el jefe de una amiga reunió a todos sus empleados para el ritual de su charla de Año Nuevo. “Cada uno de ustedes tiene el derecho a amar su trabajo“, les dijo.

A ella esto le pareció estupendo y se sintió algo desilusionada cuando le indiqué que era a la vez peligroso y poco realista. Nadie tiene el derecho a amar su trabajo. No sólo eso, la mayoría lo detesta.

Si escribes en Google “mi trabajo es …” el buscador adivina cómo va a seguir la frase: “tan aburrido” o “lo que hace que me quiera suicidar” o “lo que me deprime”. Si comienzas con “mi jefe es …” Google ofrece: “perezoso”, “un abusador” o (mi favorito) “un idiota”. Aún más alarmante resulta, si escribes “mi trabajo es estimulante”, el programa asume que has cometido un error y sugiere que quisiste decir “no es estimulante”.

Internet tiene la facilidad de estimular los malos sentimientos. Sin embargo, en este caso la insatisfacción laboral es legítima y está aumentando. Estamos en medio de lo que Tomás Chamorro-Premuzic, un profesor en UCL en Londres, llama una “epidemia de desconexión”. La mayoría de las encuestas muestran que a menos de un tercio de los empleados les importa el trabajo, y que a largo plazo esta tendencia está empeorando. En el Reino Unido existe alguna evidencia de que nuestros trabajos nos gustan mucho menos que en la década de 1960.

Esto es muy peculiar. Yo no estaba en el mercado laboral en los años 1960. Pero sí en los años 1980, y puedo confirmar que las cosas están mejor ahora que entonces. Cuando me incorporé a la City de Londres antes de la desregulación financiera, o “Big Bang,” estaba llena de hombres de clase social alta con trajes de rayas y la mayoría de ellos eran asombrosamente tontos. Los trabajos todavía eran de por vida, así que si caías en uno desagradable, estabas atrapado. Los ascensos se demoraban siglos, y aún así se basaban en un sistema de antigüedad estricto y con quién jugabas golf. El abuso era tan normal que a nadie se le ocurría quejarse. Los edificios de oficinas eran sombríos, sucios e incómodos. No existían cosas como las sillas ergonómicas, y era probable contraer cáncer del pulmón debido a todo el humo secundario creado por los fumadores.

Actualmente, las oficinas no sólo son luminosas y agradables, ni siquiera tenemos que ir a ellas si no queremos; podemos trabajar desde casa. A los jefes se les ha enseñado a no gritar. Hay gimnasios y frutas gratis. Y si acaso eres mujer, las cosas han mejorado al punto de ser irreconocibles. En los años 1960 estabas limitada a los archivos y la taquigrafía, mientras que ahora (al menos en teoría) puedes dirigir las cosas. ¿Entonces, por qué estamos tan deprimidos?

La razón más común es tener un mal administrador. Pero esto es un enigma ya que los administradores seguramente tienen que ser menos imposibles que hace medio siglo.

Todos esos títulos de Máster en Comercio, las tutorías, las sesiones de entrenamiento — nada de lo cual existía hace 50 años — no pueden haber sido totalmente en vano.

Parte de nuestro moderno desafecto puede deberse a los saltos de un trabajo a otro. Ya que podemos marcharnos en cualquier momento, estamos menos motivados para luchar por el éxito donde quiera que estemos. Si todo el mundo viene y va constantemente, nadie se siente seguro o tiene el menor sentido de pertenencia.

Pero la mayor razón por la infelicidad es que esperamos demasiado. Los trabajos de oficina habrán mejorado, pero nuestras expectativas han ido mucho más lejos. Una mejor educación no ha ayudado. A los graduados universitarios les desagradan sus rabajos más que a los no graduados. Así que mientras cuantas más personas obtienen títulos, más aumenta la infelicidad. Cuanto más subimos por la jerarquía de necesidades de Maslow, más difícil es disfrutar la perspectiva de la cima.

Las cosas empeoran con las acciones bien intencionadas de las propias empresas. Haciéndole frente al desafecto de la fuerza laboral, insisten en que es vital que seamos felices. Proclaman sus valores. Nos dicen que están cambiando el mundo. Exigen que no sólo nos comprometamos sino que lo hagamos apasionadamente. Nos incitan a hacer un buen trabajo voluntariamente, todo en nombre de ser significantes.

El resultado no es la felicidad. Según nuevas investigaciones de la Universidad de Sussex, este tipo de declaraciones — cuando se hacen de forma burda — desmotivan aún más a los empleados, dejándolos más infelices y desilusionados que antes.

La obsesión corporativa con la felicidad es parte de la causa de nuestra infelicidad. Cuando todos a tu alrededor claman que tienen una pasión o han encontrado el verdadero significado de las cosas, o cuando los administradores te dicen que tienes derecho a amar tu trabajo, es totalmente natural — al menor indicio de aburrimiento o después de un leve desacuerdo con un administrador — concluir que tu trabajo suscita sentimientos suicidas y que tu jefe es un idiota.

Why is work making us miserable?

26/01/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times) – English

The boss of a friend recently gathered all his charges together for a ritual new year pep talk. “Each of you has the right to love your job,” he told them.

She thought this terrific and looked a bit dashed when I pointed out it was both dangerous and unrealistic. No one has the right to love their jobs. Not only that, most people hate them.

If you type into Google “my job is —” the search engine predicts the way your sentence is going: “so boring” or “making me suicidal” or “ making me miserable”. If you start “my boss is —”, Google offers: “lazy”, “ is bullying me” or (my favourite) “a cow”. Even more alarming, if you type “my job is stimulating”, it assumes you have made a typo and suggests what you must have meant “not stimulating”.

The internet has a way of whipping up bad feeling. Yet in this case workplace disaffection is real and growing. We are in the middle of what Tomas Chamorro-Premuzic, a professor at UCL in London, calls an “epidemic of disengagement”. Most surveys show less than a third of workers care for their jobs, and the long-term trend is getting worse. In the UK there is some evidence we like our jobs a good deal less than we did in the 1960s.

This is most peculiar. I was not in the workforce in the 1960s. But I was in the 1980s, and can confirm things are better than they were back then. When I joined the City pre-Big Bang, it was stuffed with upper-class men in pinstripes, many of whom were astonishingly dim. Jobs were still for life, so if you landed one you did not like, you were trapped. Promotions took ages, and even then were largely based on Buggins’ turn and who you played golf with. Bullying was so normal no one thought to complain. Office buildings were dingy, dirty and uncomfortable. There were no such thing as ergonomic chairs, and you were likely to get lung cancer from all the passive smoking.

Now, not only are offices bright and beautiful, we do not even have to go to them if we do not feel like it — we can work at home instead. Bosses have been taught not to shout. There are gyms and free fruit. And if you happen to be a woman, things have improved beyond recognition. In the 1960s you were limited to filing and shorthand, while now (at least in theory) you can run the show. So why are we so miserable?

The most common reason is having a bad manager. But this is a puzzle as managers are surely less hopeless now than they were half a century ago.

All those MBA degrees, mentoring, coaching and training — none of which existed 50 years ago — cannot have been entirely in vain.

Part of our modern disaffection may be due to job hopping. Because we can leave at the drop of a hat, we are less likely to make a go of wherever we are. If everyone is constantly coming and going, no one ever feels secure or has any sense of belonging.

But the biggest reason for unhappiness is that we expect too much. Office jobs may have improved, but our expectations have far outstripped them. Better education has not helped. People with university degrees tend to dislike their jobs more than people without them. And so as more people have degrees, unhappiness rises. As we march up Maslow’s hierarchy of needs, it is harder to enjoy the view from the top.

Things are made worse by the well-meaning actions of the companies themselves. Faced with a disaffected workforce, they insist it is vital for us to be happy. They trumpet their values. They tell us they are changing the world. They demand we are all not merely engaged but passionately so. They encourage us to volunteer at good work — all in the name of meaning.

The result is not happiness. According to new research from Sussex university, when done crassly this sort of thing makes workers unhappier and more disenchanted than they were before.

The corporate obsession with happiness is part of the cause of our unhappiness. When everyone around you is claiming to feel passion or to have found meaning, or when managers say you have a right to love what you do, it is only natural — at the smallest hint of boredom or after a minor run-in with a manager — to conclude that your job makes you suicidal and your boss is a cow.


Copyright &copy “The Financial Times Limited“.

“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.


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