Pesimismo global: el mundo entero está inquieto

29/12/2015 | Gideon Rachman (Financial Times) – Español

Durante 2015, una sensación de inquietud y aprensión pareció adueñarse de los principales centros de poder mundiales. Desde Beijing hasta Washington, desde Berlín hasta Brasil, y desde Moscú hasta Tokio, los gobiernos, los medios de comunicación y los ciudadanos se sentían nerviosos y asediados.

Este tipo de ansiedad globalizada es inusual. Durante los últimos 30 años, e incluso durante más tiempo, ha habido al menos una potencia mundial que ha sido increíblemente optimista. A finales de 1980, los japoneses todavía estaban disfrutando de un auge que había durado décadas, y continuaban confiadamente comprando a nivel mundial. En la década de 1990, EEUU disfrutaba de la victoria sobre la guerra fría y de una larga expansión económica. En la década de 2000, la (UE) contaba con un excelente estado de ánimo, lanzando una única y casi duplicando sus miembros. Y durante la mayor parte de la última década, el creciente poder político y económico de China ha inspirado respeto en todo el mundo.

Sin embargo, en este momento, todos los grandes protagonistas de la escena mundial parecen sentir e incluso temor. La única excepción parcial que yo encontré este año fue la India, en donde la élite empresarial y política todavía parecía estar impulsada por el entusiasmo reformista del primer ministro Narendra Modi.

Por el contrario, en Japón, la fe en que las reformas radicales — la Abeconomía como se les conoce — puedan realmente romper el ciclo de y del país, se está desvaneciendo. Las continuas tensiones con China fomentan la ansiedad japonesa. Sin embargo, la impresión principal generada por mi visita a China a principios de año es que también es un país que se siente mucho menos estable de lo que se sentía incluso hace un par de años. La época durante la que el gobierno fácilmente producía un crecimiento del 8 por ciento o más al año ha llegado a su fin. Las preocupaciones sobre la estabilidad financiera doméstica continúan aumentando, tal como lo revelaron los trastornos en la de Shanghái durante el verano.

Sin embargo, la principal fuente de ansiedad es de carácter político. El del presidente Xi Jinping es más dinámico, pero también es menos predecible que el de sus predecesores. El miedo se está extendiendo entre los funcionarios gubernamentales y entre los empresarios, quienes temen verse involucrados en una campaña contra la corrupción que ha llevado a la detención de más de 100.000 personas.

La de la china ha tenido ramificaciones globales. Cuando China estaba impulsando un auge de las , Brasil fue arrastrado como un esquiador acuático halado por una lancha de carreras. Este año, sin embargo, la economía brasileña se hundió bajo las olas, reduciéndose en un 4,5 por ciento. La presidenta Dilma Rousseff se ha visto atrapada en un escándalo de corrupción en medio de intentos de destituirla.

El estado de ánimo en Europa también es sombrío. El año estuvo enmarcado por los sangrientos atentados terroristas en París. La económica que ha plagado al continente desde hace varios años amenazó con alcanzar su punto más álgido en julio, ya que Grecia estuvo al borde de la expulsión de la . Mientras tanto, Alemania — el cual se ha destacado como un modelo de fuerza política y económica — está actualmente luchando para hacer frente a la llegada de más de 1 millón de refugiados, quienes en su mayoría están huyendo de los conflictos en Oriente Medio. El ya había creado divisiones entre Alemania y los países del sur de Europa, y la crisis de refugiados ha abierto una brecha entre Alemania y los países al este. Mientras tanto, Gran Bretaña con abandonar la UE, y los votantes franceses están recurriendo a la extrema derecha en cantidades cada vez mayores.

EEUU debería ser una excepción a todo este pesimismo. El país se encuentra en el sexto año de una expansión económica. El está alrededor del 5 por ciento. EEUU domina la economía de Internet. Y sin embargo, el estado de ánimo del público es de resentimiento. La perspectiva de que los republicanos, uno de los dos grandes partidos políticos del país, pudiera realmente nombrar a Donald Trump, un impertinente demagogo, como su candidato a la presidencia, no sugiere que EEUU esté a gusto consigo mismo. De hecho, toda la campaña del Sr. Trump — así como la de sus principales rivales para la nominación del Partido Republicano — se basa en la idea de que EEUU se encuentra en un peligroso declive.

En el frente político y de seguridad, la implosión de Oriente Medio continúa. Las potencias extranjeras han demostrado ser incapaces de restablecer el orden en la región y están dándose cuenta de que el caos se está extendiendo a África y a Europa en la forma de refugiados y de terrorismo yihadista.

El factor común más significativo puede ser la propagación de un sentimiento anti-élite, el cual combina la ansiedad acerca de la desigualdad y la rabia acerca de la corrupción que es visible en países tan diferentes como Francia, Brasil, China y EEUU. En EEUU y Europa, tales quejas a menudo están vinculados a una narrativa generalizada sobre la decadencia nacional. Estas ansiedades sociales y económicas tienen efectos políticos secundarios, y fomentan una de líderes “fuertes” — como el Sr. Xi, el Sr. Trump o el Sr. Putin de Rusia — que prometen (aunque hipócritamente) hacer frente a las élites corruptas, luchar por los menos influyentes y defender a la nación.

El pesimismo mundial hace que el sistema político internacional se sienta como un paciente que todavía está luchando para recuperarse de una grave enfermedad que se originó a causa de la crisis financiera de 2008. Si no se presentan sacudidas negativas adicionales, la recuperación debiera proceder gradualmente y los peores síntomas políticos se desvanecerían. Sin embargo, el paciente es vulnerable. Otra conmoción severa — como un ataque terrorista o una económica grave — pudiera implicar un verdadero problema.

 

Battered, bruised and jumpy — the whole world is on edge

12/29/2015 | Gideon Rachman (Financial Times) – English

In 2015, a sense of unease and foreboding seemed to settle on all the world’s major power centres. From Beijing to Washington, Berlin to Brasília, Moscow to Tokyo — governments, media and citizens were jumpy and embattled.

This kind of globalised anxiety is unusual. For the past 30 years and more, there has been at least one world power that was bullishly optimistic. In the late 1980s the Japanese were still enjoying a decades-long boom — and confidently buying up all over the world. In the 1990s America basked in victory in the cold war and a long economic expansion. In the early 2000s the EU was in a buoyant mood, launching a single and nearly doubling its membership. And for most of the past decade, the growing political and economic power of China has inspired respect all over the world.

Yet at the moment all the big players seem uncertain — even fearful. The only partial exception that I came across this year was India, where the and political elite still seemed buoyed by the reformist zeal of prime minister Narendra Modi.

By contrast, in Japan, faith is fading that the radical reforms, known as , can truly break the country’s cycle of and . Japanese anxiety is fed by continuing tensions with China. However, my main impression from a visit to China, early in the year, is that this too is a country that feels much less stable than it did even a couple of years ago. The era when the government effortlessly delivered growth of 8 per cent or more a year is over. Concerns about domestic financial stability are mounting, as the upheavals in the Shanghai over the summer revealed.

However, the main source of anxiety is political. President Xi Jinping’s leadership is more dynamic but also less predictable than that of his predecessors. Fear is spreading among officials and business people, who are scared of being caught up in an anti-corruption drive that has led to the arrest of more than 100,000 people.

The slowing of the Chinese has had global ramifications. When China was fuelling a commodities boom, Brazil was pulled along like a water-skier attached to a speedboat. This year, though, the Brazilian economy sank beneath the waves, contracting by 4.5 per cent. President Dilma Rousseff has been caught up in a corruption scandal amid attempts to impeach her.

The mood in Europe is also bleak. The year was framed by two bloody terrorist attacks in Paris. The economic that has bedevilled the continent for several years threatened to come to a head in July, as Greece teetered on the edge of expulsion from the . Meanwhile, Germany — which has stood out as a beacon of political and economic strength — is now struggling to cope with the arrival of more than 1m refugees, mostly fleeing conflict in the Middle East. The had already created divides between Germany and the nations of southern Europe, and the refugee has driven a wedge between it and countries to the east. Meanwhile, Britain is threatening to leave the EU and French voters are turning to the far-right in ever greater numbers.

If you judge by the economic figures, the US should be an exception to all this gloom. The country is in the sixth year of an economic expansion. is about 5 per cent. The US dominates the internet economy. And yet the public mood is sour. The prospect that the Republicans, one of America’s two great political parties, might genuinely nominate Donald Trump, a boorish demagogue, as its candidate for the presidency, does not suggest that the US is at ease with itself. Indeed, Mr Trump’s entire campaign — and that of his main rivals for the GOP nomination — is based around the idea that America is in dangerous decline.

On the political and security front, the implosion of the Middle East continues. Outside powers have proved unable to restore order to the region and are finding that disorder is spreading to Africa and Europe, in the form of refugees and jihadi terrorism.

The biggest common factor is also the hardest to pin down — a bubbling anti-elite sentiment, combining anxiety about inequality and rage about corruption that is visible in countries as different as France, Brazil, China and the US. In America and Europe, such complaints are often linked to a pervasive narrative of national decline. These social and economic anxieties have political side effects, fuelling a demand for “strong” leaders, such as Mr Xi, Mr Trump or Vladimir Putin of Russia, who promise (however hypocritically) to tackle the corrupt elites, fight for the little guy and stand up for the nation.

The global gloom makes the international political system feel like a patient that is still struggling to recover from a severe illness which began with the financial crisis of 2008. If there are no further bad shocks, recovery should proceed gradually and the worst political symptoms may fade. The patient is vulnerable, however. Another severe shock, such as a major terrorist attack or a serious economic downturn, could spell real trouble.

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“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.
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