Paul Romer

Se llama Paul, tiene 42 años y es muy probable que sea Premio Nobel de en el futuro. Estudió física y matemáticas en Chicago y en 1983 se doctoró en Economía con una tesis sobre el crecimiento, que cambió totalmente la perspectiva que la ortodoxia económica tenía sobre dicho proceso.

ROMER: LA ECONOMÍA DE LAS IDEAS.

Por Cándido Pañeda, Catedrático de la Universidad de Oviedo

De los objetos a las ideas
La hipótesis de partida de Romer es que las ideas son más importantes que los objetos. Ello significa que, para él, la clave del éxito de un espacio económico está, no en su cantidad de recursos, sino en la calidad de las ideas que genera o aplica. Para darse cuenta de la importancia de su aportación es preciso recordar que, durante muchos años, los principales economistas pensaron que la clave de un buen guiso estaba en los recursos (los objetos). Frente a ellos, lo que nos viene a decir Paul Romer es que lo importante es la receta de la cocinera, su toque, sus ideas. Nos dice también que si nos empecinamos en hacer una fabada con los mejores ingredientes, pero siempre con la misma receta, nunca avanzaremos. Y es que “la historia humana… nos enseña que el crecimiento económico surge de mejores recetas”. Ahora ya podemos cerrar el círculo de Romer: la clave está en las ideas… y como las ideas son inagotables resulta que podemos crecer indefinidamente.

Educación e investigación básica…
Lógicamente, si las ideas son lo más importante ello implica que debemos reflexionar sobre ellas. Ahora bien, el pasar de los objetos a las ideas ocasiona, a su vez, otro cambio fundamental. Y es que “pensar acerca de ideas y recetas cambia la forma en que uno piensa sobre ”. Efectivamente, si la clave está en las ideas, resulta que debemos transmitirlas y generarlas. De ahí el papel estratégico de la formación: “La educación es la más importante que puede hacer un gobierno”, puesto que “no sólo es un único que contribuye de forma decisiva a aumentar el crecimiento económico, sino que también reduce las desigualdades”. La historia es como sigue: el avance tecnológico lleva a una creciente desigualdad entre los trabajadores más cualificados (que ganan) y los no cualificados (que pierden). Ante una situación como ésta hay dos salidas: competir sobre la base de muy bajos y trabajo poco cualificado o trasvasar la población hacia los sectores que requieren trabajo cualificado y que, consecuentemente, pueden pagar salarios más altos. Está claro que la única salida sensata en los países desarrollados es la última y de ahí el carácter estratégico de la educación, que, ojo al dato, debe centrarse en los sectores con futuro. A este respecto, Romer nos recuerda algo que cualquier estudiante de economía aprende en primero pero que mucha gente no acaba de entender: que no todos los sectores tienen el mismo futuro y que “indudablemente las mayores bolsas de empleo surgirán en los servicios”.

Además de mejorar la educación, es preciso impulsar la investigación básica. En ambos casos hay lo que en economía se denominan “efectos externos”: beneficios sociales además de los beneficios privados (por ejemplo, que una persona tenga una buena educación beneficia a dicha persona –previsiblemente tendrá un mayor sueldo- y, también, a la convivencia general –previsiblemente, tirará menos papeles en las aceras-) y, si no se “paga” de una u otra forma por dichos beneficios sociales (por ejemplo, subvencionando la educación), es muy probable que el nivel educativo o investigador sea menor del deseado (por seguir con el ejemplo anterior, si no hubiera subvenciones a la educación es muy probable que tuviéramos un menor bienestar social, al haber más papeles en las aceras). Por todo ello, porque la inversión en ideas (educación e investigación) es un gran para la sociedad y un mal negocio para las que las producen, es por lo que es necesaria la intervención pública y de ahí que Romer afirme que: “La mayor parte de los economistas apoyan tres políticas gubernamentales destinadas a alentar la producción, la transmisión y la puesta en práctica de ideas: subsidios universales para la educación, subvenciones competitivas para la investigación básica, y patentes… que ofrecen un monopolio temporal de los beneficios obtenidos de las ideas”.

… y muchas pequeñas ideas aplicadas…
Como se puede apreciar, Romer le da a la investigación básica toda la importancia que tiene, pero ello no le hace olvidarse de la investigación aplicada. Y es que la ciencia básica es necesaria pero no es suficiente: “los economistas reconocen también, sin embargo, que tales políticas (se refiere a las tres mencionadas previamente) puede que no proporcionen incentivos adecuados para descubrir las muchas pequeñas ideas aplicadas para convertir una idea básica como el transistor en un como una memoria de ordenador”. A este respecto, Romer compara los casos de Estados Unidos y Japón y resalta el hecho de que las empresas japonesas “han conseguido un nivel de investigación y desarrollo mucho más alto que el de las firmas que existen en los Estados Unidos”. Todo ello ocurre en un contexto en el que “la cantidad y calidad de la investigación básica es mucho más alta en los Estados Unidos”. En resumen, no hay una relación directa entre la investigación básica y la aplicada de cada país, debido a los “efectos externos” (en este caso internacionales), debido a que, por ejemplo, “los beneficios de la ciencia pura básica en los Estados Unidos pueden ser capturados por cualquier país del mundo”.

Las ideas de Romer pueden ser de gran para avanzar en un debate (el de si es preferible optar por la ciencia básica o por la ciencia aplicada) que muchas veces se desarrolla de una forma muy elemental. Paul Romer nos muestra, en definitiva, que la complementariedad entre ambas (inevitable desde una perspectiva mundial) no implica dicha complementariedad en el entorno nacional. Vale decir: si bien es cierto que, globalmente hablando, no hay ciencia aplicada sin ciencia básica, también lo es que un país o una región pueden optar por la ciencia aplicada sin mayores problemas.

Al decir de Romer, el reto al que deben enfrentarse en el próximo futuro los países más avanzados es “inventar nuevas instituciones que apoyen un alto nivel de investigación aplicada, comercialmente relevante, en el sector privado. Estas instituciones no deben imponer altos de eficiencia y, lo que es más importante, no deben ser vulnerables a su captura por intereses mezquinos”. Como se puede apreciar, Romer nos da ideas y recetas respecto al qué, al dónde y al cómo y, por otra parte, nos dice que precisamos, además de educación e investigación básica, a) ideas aplicadas, b) pequeñas ideas y c) muchas ideas.

… en un entorno abierto
Romer nos señala lo que, a su juicio, tienen que hacer los países más avanzados y, además, nos indica también lo que piensa sobre los espacios económicos más rezagados. A este respecto, sus ideas surgen de la comparación de los casos de Japón y la India: “El compromiso de la India de cerrarse sobre sí misma y luchar por la autosuficiencia ha sido tan fuerte como el compromiso de Japón de adquirir ideas extranjeras y participar plenamente en los mundiales. El resultado (una extrema en la India y opulencia en Japón) difícilmente puede ser más dispar”. Por ello, porque su diagnóstico es que la autarquía nunca es buena es por lo que apuesta por el libre comercio de los objetos y las ideas y por lo que da la siguiente receta: “Si una nación pobre invierte en educación y no destruye los incentivos para que sus ciudadanos adquieran ideas del resto del mundo, puede aprovechar rápidamente la parte públicamente disponible del fondo mundial de conocimientos. Si, además, ofrece incentivos para que las ideas privadas sean puestas en ejecución dentro de sus fronteras… sus ciudadanos podrán trabajar pronto en actividades productivas de última hornada”.

En síntesis, para las naciones pobres (y quizás también para las regiones en declive), la receta de Romer se resume en tres mandamientos: educa a los de dentro, aprende de los de fuera y, vengan de donde vengan, apoya a los que tienen ideas.

LNE, 22 de febrero de 1999

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