Los rascacielos pueden transformar nuestra forma de trabajar

06/03/2017 | Emma Jacobs y Andrew Hill (Financial Times) –

En un día no muy lejano, es posible que te encuentres trabajando en un rascacielos. Conforme los diseñadores de ciudades — que cuentan con cada vez menos espacio — construyen hacia arriba en su búsqueda de más espacio para oficinas, y los arquitectos compiten para construir llamativas propiedades, muchos de nosotros nos encontraremos trabajando en las nubes muy por encima de la vida urbana.

El Financial Times se trasladó del primer piso al último piso del Shard en Londres, el edificio más alto en Europa occidental que mide 310 metros de altura. Queríamos saber cómo sería trabajar en un rascacielos y qué se necesitaba para hacer funcionar una superestructura 24 horas al día.

Para Alina Artamonova, una asistente de 23 años de edad quien recibe a los visitantes en la plataforma de observación en el piso 72, trabajar en el cielo es emocionante y te ayuda a meditar. “Siento mucha paz aquí arriba. Te impulsa a pensar en tu vida… y en lo que quieres hacer con ella algún día”, afirmó.

Según algunos pronósticos, la vida laboral se llevará a cabo en edificios cada vez más altos y con mayor densidad, aun cuando la tecnología continúa facilitando el trabajo online.

“Somos una especie social y nuestro principal talento es vivir y trabajar con las personas que nos rodean”, dice Edward Glaeser, un economista de Harvard. “Los rascacielos van a facilitar ese aspecto”.

¿Pero qué significa para los humanos que trabajan en esos edificios, y cuál es el beneficio de ocupar estas propiedades elevadas para los propios empresarios?

Los primeros rascacielos concebidos en el siglo XIX en Nueva York y Chicago, “les proporcionaron a los dueños de las fábricas y a sus trabajadores un espacio más humano y más eficiente” que las plantas de baja altura a las que reemplazaron, según argumentó el Profesor Glaeser en su libro “El triunfo de las ciudades” en 2011.

Los edificios elevados evolucionaron en EEUU en respuesta a la urbanización al igual que por los avances en la tecnología en el sector de la construcción y de la ingeniería, especialmente con respecto a los ascensores.

A finales del siglo XX, impulsados por la globalización y la migración de los trabajadores hacia las ciudades, el resto del mundo acogió a los rascacielos. Actualmente, el edificio más alto del mundo es el Burj Khalifa en Dubái de 828 metros de altura, seguido por la Torre de Shanghái (632 metros) y la Torre Abraj Al-Bait en La Meca (601 metros).

Hong Kong, Nueva York, Tokio y Chicago encabezan la lista de Emporis de las ciudades con el mayor número de rascacielos. Sin embargo para 2025, según la consultoría McKinsey, más de la mitad de las 500 compañías más grandes del mundo tendrán su sede — a menudo en rascacielos — en mercados emergentes.

Jason Barr, profesor adjunto de economía en la Universidad de Rutgers-Newark y autor de “Building the Skyline” (Construir el horizonte), dice que los edificios altos envían un mensaje que comunica que los países o regiones están “abiertas a los negocios”.

En EEUU, los jóvenes quieren vivir y trabajar en los centros de las ciudades, afirma Jaana Remes, una socia de McKinsey Global Institute, en San Francisco. Tal vez los rascacielos no parezcan una opción obvia para trabajadores jóvenes, pero piensan que pueden atraerlos si combinan modernos espacios de trabajo compartidos y el prestigio de estar ubicados en un lugar emblemático.

El Profesor Glaeser piensa que la idea de que la tecnología podría volver obsoletas a las ciudades al permitir que más personas trabajen a distancia, no implica que una deba sustituir a la otra. La tecnología y las ciudades se complementan, confirma el profesor. Trabajar en edificios de gran altura seguirá impulsando la productividad.

Lee Elliott, el director de investigación comercial de Knight Frank, piensa que la tecnología está cambiando la función de las oficinas, conforme incrementan los teléfonos inteligentes y la incidencia del trabajo en casa y se eliminan muchos trabajos debido a la automatización y la inteligencia artificial.

Las oficinas se convertirán en salas de exposición, salas para reuniones con clientes, dice el Sr. Elliott, en vez de ser “cajas para personas”. Este tipo de espacio laboral se volverá una manera de reclutar y retener a los empleados.

Si él tiene razón, entonces cuanto más alto y más conocido sea el edificio, más poder de atracción tendrá. El prestigio desempeña un papel en atraer a las compañías a los rascacielos. El estudio del Sr. Barr muestra que las compañías pagan más para ocupar espacios en los pisos más altos. En parte porque los empleados que trabajan en un mismo edificio tienden a ser más productivos, ya que se eliminan los viajes entre varias oficinas. Pero estar en un piso elevado es una clara señal de superioridad.

Richard Florida, profesor y director del Martin Prosperity Institute en la Facultad de Negocios Rotman en la Universidad de Toronto, es un poco más cauteloso: “¿Qué tipo de medioambiente impulsa la innovación, las nuevas empresasstartup” y las industrias de alta tecnología? ¿Puedes nombrar una instancia, sólo una, en que este tipo de creatividad esté ocurriendo en una oficina en un edificio de gran altura ubicado en un distrito de rascacielos? La repuesta es claramente, no”.

Los rascacielos — remotos y artificialmente ventilados — pueden aislar a las personas de la naturaleza, añade Philip Vivian, director de la firma de arquitectura Bates Smart en Sídney, Australia. Los arquitectos han respondido introduciendo espacios abiertos y cafeterías, en los que las personas se pueden reunir.

El horror de la destrucción del World Trade Center causado por los ataques terroristas en 2001 fue un mal comienzo de siglo para estos edificios que tratan de alcanzar el cielo. Pero los rascacielos son resistentes, según sus defensores. Para los arquitectos, planificadores y desarrolladores, construir hacia arriba sigue siendo una opción rentable en ubicaciones densas y urbanas. El reto es seguir encontrando formas innovadoras para presentar la idea de un escritorio en el cielo como una opción atractiva, aun mientras cambien las prácticas laborales.

How skyscrapers will transform working life

06/03/2017 | Emma Jacobs y Andrew Hill (Financial Times) – English

One day soon, you may find yourself working in a skyscraper. As developers in cramped cities around the world build upwards in the quest for office space, and ambitious developers and architects vie to construct trophy properties, more of us will find ourselves working in the clouds, high above urban life.

The Financial Times went from the bottom to the top of London’s Shard, the tallest building in western Europe at 310m. We wanted to find out what working life was like inside a skyscraper, and what it took to make a superstructure run 24 hours a day.

For Alina Artamonova, a 23-year-old who greets visitors to the viewing platform on the 72nd floor, working in the sky is both exciting and meditative. “Up so high is very peaceful. It makes you think about your life… and what you want to do one day,” she says.

Forecasts suggest working life will be spent in ever-taller buildings of increasingly high density, even as technology makes it easier to work at a distance.

“We are a social species and our greatest talent is to live and work with the people around us,” says Edward Glaeser, a Harvard economist. “Skyscrapers make that easier.”

But what does that mean for the humans who work in such buildings, and what is the value to employers of occupying high-rise properties?

The birth of the skyscraper in the 19th century in New York and Chicago “gave factory owners and workers space that was both more humane and more efficient” than the low-rise sweatshops they replaced, argued Prof Glaeser in his 2011 book Triumph of the City.

High-rise buildings evolved in the US in response to urbanisation as well as improvements in construction and engineering technology, particularly lifts.

In the late 20th century, spurred by globalisation and workers flocking to cities, the rest of the world embraced skyscrapers. Today, the tallest building is Burj Khalifa in Dubai at 828m, followed by Shanghai Tower (632m) and Abraj Al-Bait Clock tower in Mecca (601m).

Hong Kong, New York, Tokyo and Chicago top the Emporis ranking of cities with the most skyscrapers. However, all but two of the 20 tallest office blocks in the world, either existing or under construction, are to be found elsewhere. By 2025, McKinsey, the consultancy, forecasts that more than half of the world’s largest 500 companies will have headquarters — often a proxy for high-rise offices — in emerging market countries.

Jason Barr, associate professor of economics at Rutgers University-Newark and author of Building the Skyline, says tall buildings send a message that countries or regions are “open for business”.

In the US, young people increasingly want to live and work in city centres, Jaana Remes, a San Francisco-based partner with the McKinsey Global Institute, says. Skyscrapers may not seem the obvious hangout for younger workers, but “the demographics don’t necessarily go against high-rise environments”. If high-rise offices can combine hip modern shared workspaces and the prestige of a landmark location, they will hold their allure.

As for the idea that technology could make cities obsolete by allowing more people to work remotely, Prof Glaeser believes it is far from obvious that one can substitute the other. Technology and cities are complementary, he says. In large conurbations, high-rise working will continue to encourage productivity.

Lee Elliott, head of commercial research at Knight Frank, believes technology is changing what offices are for. Not just with smartphones and homeworking but also the elimination of swaths of white-collar jobs through automation and artificial intelligence.

Offices will become more like showcases — places to hold meetings and show off to clients, rather than a “box to put people in”. Design-led workplaces will increasingly become a way to recruit and retain talent, he says.

If he is right, then the taller and better known the building, the greater the likely attraction. Prestige plays a role in tempting companies to skyscrapers. Mr Barr’s research finds companies pay more to occupy offices on higher floors. The premium is partly because workers housed in one building tend to be more productive, as travel between different offices is eliminated. But being high up is clearly a sign of superior status — like a “peacock’s tail”, as Mr Barr puts it.

Richard Florida, professor and head of the Martin Prosperity Institute at the Rotman School of Management at the University of Toronto, is more cautious. “What kind of environments spur new innovation, start-ups and high-tech industries? Can you name one instance, one, of this sort of creative destruction occurring in high-rise office or residential towers, in skyscraper districts? The answer is no.”

Skyscrapers — airless and remote — can cut people off from nature, adds Philip Vivian, director at Bates Smart architects in Sydney. In response, architects have tried to introduce open spaces and cafés, in which people can congregate.

The horror of the destruction of the World Trade Center by terrorist attacks in 2001 was an inauspicious start to the century for buildings that reach for the sky. But skyscrapers are more resilient than they seem, according to their advocates. For architects, planners and developers, building upwards remains a cost-effective option in dense, urban landscapes. The challenge is to continue to find innovative ways to make a desk in the clouds attractive, even as working practices change.


Copyright &copy “The Financial Times Limited“.

“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.


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