Los efectos del parón hacen que los EE. UU. se parezcan a Italia

08/10/2013 | John Plender – Financial Times Español

¿Son los EE. UU. la nueva Italia? Sí lo son por los niveles similares de disfuncionalidad política con el parón gubernamental y el fiasco del techo de la deuda. ¿O sería más apropiado hacer un paralelismo con Bélgica, que recientemente se pasó casi dos años sin liderazgo político mientras sus políticos bravuconeaban y prevaricaban sobre la formación de un gobierno?

Felizmente, ninguna comparación es del todo apta porque los EE. UU. continúan siendo una economía gigantesca, con un gran potencial de crecimiento y una deuda de su desordenado sector público más manejable. Para un país tan obviamente solvente el declararse en suspensión de pagos sería algo surrealista. Las comparaciones de que una suspensión de pagos tendría las mismas consecuencias que el colapso de Lehman Brothers en 2008 están fuera de lugar, ya que no hay problemas de solvencia.

Dicho esto, si la estrategia republicana lleva a una suspensión de pagos soberana significaría el caso desastroso de quemar la casa para asar un cerdo. La suspensión de pagos del mercado de bonos soberanos más grande del mundo – una posible consecuencia de no lograr un acuerdo en elevar el techo de la deuda- seguramente llevaría a una extrema volatilidad del mercado de bonos y a una desagradable caída de las acciones.

Y a diferencia del pánico sobre el techo de la deuda de 2011, y con la crisis de deuda soberana de la eurozona en suspensión, el paraíso representado por los bonos del Tesoro será menos atractivo para los prestamistas extranjeros. Luego habrá serios efectos reales para la economía. La disminución de la confianza empresarial junto a un duro apretón fiscal regresarán al país a una recesión, especialmente si el presidente Obama aprieta excepcionalmente fuerte para evitar la suspensión de pagos.

Mientras tanto, el panorama de los inconvenientes en política monetaria se ha ampliado porque la reserva federal hará importantes valoraciones a ciegas mientras el parón gubernamental retrase la publicación de importantes estadísticas. Las posibilidades se decantan más del lado de una reducción más lenta en la compra de activos por parte de la Fed que si la situación fuera diferente.

También hay otra cuestión, sobre qué efecto tendría una declaración de suspensión de pagos en los (supuestamente) valores más seguros del mundo en el papel del dólar como la divisa principal usada como reserva. En el corto plazo, creo que no tendría mucho efecto. Muchos de los tenedores de bonos del Tesoro estadounidense podrían cambiarlos por bienes más arriesgados. Pero para los grandes tenedores de bonos del Tesoro como los administradores de las reservas de los bancos centrales no hay una alternativa real.

James Carville, asesor de Bill Clinton, hizo famosa la frase de que si se pudiera reencarnar preferiría no hacerlo como presidente, o Papa o bateador estrella de beisbol, sino como el mercado de bonos. De esa manera podría intimidar a cualquiera. Sin embargo la inmensa acumulación de reservas globales después de la crisis asiática de 1997-8 ha desplazado a los inversores que vigilan el mercado de bonos.

Esto se resaltó el lunes cuando los chinos, quienes junto con los japoneses son los acreedores más grandes de los EE. UU., suavemente presionaron a los EE. UU. para garantizar la seguridad de sus inversiones.

Es, de hecho, dudoso que el comportamiento irresponsable de los EE. UU. pudiera terminar ayudando a su rival estratégico. El “privilegio exorbitante”, como lo llaman los franceses, de poder emitir la divisa global tiene la enorme ventaja de que reduce los costes de pedir prestado tanto para el sector público como para el privado. Se estima que la reducción en la factura de los EE.UU. por intereses pasa de los 100 mil millones de dólares anuales.

La falta de cuidado con la calificación crediticia del país solo puede reducir a la larga este subsidio. Lo que podría implicar que cuando las medidas poco convencionales aplicadas por la Fed se dejen de utilizar, los rendimientos del mercado de bonos no solo se inclinen hacia la media sino que la rebasen significativamente.

Más aún, los EE. UU. podrían estar bajando el listón para que una divisa pudiera ser considerada como una reserva monetaria. Hasta ahora la mayoría de los inversores en el mundo desarrollado tendían a pensar que China, con aspiraciones para expandir el papel del Renmimbi en los mercados globales, no tenía la credibilidad para administrar una divisa como reserva monetaria debido a su régimen antidemocrático y su falta de respeto a la propiedad. Y es la disfuncionalidad de la política democrática de los EE. UU. y el potencial daño que esto puede hacer a su política monetaria lo que significa que China parece menos carente de credibilidad, en términos relativos, como emisor rival de una divisa con valor de reserva.

El mensaje que China y otros países asiáticos deberían captar de toda esta debacle es que deberían acelerar el desarrollo de su propio mercado financiero. La condición sine qua non para cualquier reserva de divisas es tener mercados con liquidez y profundidad. Es por ello que el dólar conserva la preeminencia a pesar de la ineptitud de sus políticos. Los mercados de los EE. UU. continúan siendo los más líquidos del mundo, pero podrían aceptar algún competidor.

Lo irónico de todo esto es que el partido Republicano debería aplicarse la misma rectitud fiscal. Porque su propio historial en la Casa Blanca, combinando recortes en impuestos con aumento en el gasto en defensa, ha sido lastimoso. El hecho es que el intento más serio de atacar el problema de la deuda se llevó a cabo bajo un demócrata, Bill Clinton.

Shutdown effects make US look like Italy

10/08/2013 | John Plender – Financial Times English

Is the United States the new Italy? Certainly it is demonstrating comparable levels of political dysfunctionality with the government closure and debt ceiling fiasco. Or is the more appropriate parallel Belgium, which recently spent the best part of two years without political leadership as politicians bickered and prevaricated over the formation of a government?

Happily, neither comparison is entirely apt because the US remains a huge, flexible economy with far greater growth potential and a more manageable burden of public sector debt. For such an obviously creditworthy country to default would be almost surreal. Suggestions that default would wreak havoc on the scale of the Lehman Brothers collapse in 2008 are thus wide of the mark, not least because there is no solvency issue.

That said, if the Republican strategy leads to sovereign default it would amount to a disastrous case of burning down the house to roast the pig. Default in the largest sovereign bond market in the world – a possible consequence of a failure to lift the debt ceiling – would surely lead to extreme bond market volatility and a nasty fall in equities.

And unlike the comparable panic over the debt ceiling in 2011, the eurozone sovereign debt crisis is in abeyance, so the safe haven quality of US Treasuries will look less compelling to foreign creditors. Then there will be serious real economy effects. Declining business confidence together with a tough fiscal squeeze would return the country to recession, especially if President Obama squeezes exceptionally hard to avoid a default.

Meantime, the scope for monetary policy accidents has widened because the Federal Reserve will be making important judgments in the dark as the government shutdown is delaying the release of important statistics. The odds must surely be on a slower reduction in the Fed’s asset purchases than would otherwise have been the case.

There is the question, too, of what a default on the world’s (supposedly) safest assets would do to the dollar‘s role as the world’s pre-eminent reserve currency. In the short run, I suspect not very much. Many holders of US Treasuries might move into riskier assets. But for the really big holders of Treasuries such as reserve managers at central banks there is no realistic alternative.

Bill Clinton’s adviser James Carville famously argued that if there was reincarnation he would like to come back not as the president, the Pope or a top baseball hitter, but as the bond market. That way you could intimidate everybody. Yet the huge accumulation of global reserves since the Asian crisis in 1997-8 has crowded out the bond vigilantes.

That was underlined on Monday when the Chinese, who with the Japanese are the biggest creditors of the US, lamely urged the US to ensure the safety of their investments.

It is, in fact, arguable that irresponsible US behaviour could end up helping America’s chief strategic rival. The “exorbitant privilege”, as the French call it, of being able to issue the global reserve currency has the enormous advantage that it reduces the borrowing costs of both the public and private sector. Estimates of the reduction in the country’s interest bill are generally put at more than $100bn a year.

Carelessness with the country’s credit rating can only reduce that subsidy in the long run. The implication could be that when the Fed’s unconventional measures are finally abandoned, bond market yields will not just revert to the mean but overshoot significantly.

Moreover, the US may be lowering the bar to eligibility for reserve currency status. Until now most developed world investors have tended to think that China, which has aspirations to expand the role of the renminbi in global markets, was not a credible manager of a reserve currency because of its undemocratic rule and lack of property rights. Yet the dysfunctionality of democratic US politics and the potential damage that this could do to US monetary policy making means that China looks less devoid of credibility, in relative terms, as an issuer of a rival reserve currency.

Certainly the message that China and other Asian countries should take from this debacle is that they should speed up their own financial market development. The sine qua non for any reserve currency is deep and liquid markets. That is why the dollar remains pre-eminent despite the ineptness of its politicians. US markets remain the most liquid in the world, but they could do with some competition.

The irony in all this is that the Republican party should have clothed itself in such fiscal rectitude. For its own record in office, combining tax cuts with increased defence spending, has been dismal. The fact is that the last serious stab at addressing the debt problem took place under a Democrat, Bill Clinton.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
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