Las empresas necesitan enfrentarse a la extrema derecha

27/03/2014 | Michael Skapinker – Financial Times Español

Austriaco, judío, escritor, humanista y pacifista. Así era como se auto describía el escritor Stefan Zweig. Pero sobre todo era un europeo, cómodo en cualquier parte del continente donde se encontrara, formando parte de la multitud en la cual las nacionalidades y lenguas se mezclaban confortablemente.

Zweig escribió su emotivo diario, El mundo de ayer, durante su exilio de los Nazis, mientras Europa se resquebrajaba por segunda vez en menos de medio siglo. Su libro es de lo más emotivo cuando reflexiona acerca de la distancia que hay entre su vida cosmopolita y la cerrada visión nacionalista de los otros millones.

El medio cultural europeo de Zweig – él describe sus reuniones con W. B. Yeats, Rainer Maria Rilke y James Joyce – ya no posee el peso intelectual y la influencia que alguna vez tuvo.

Al leer su libro me acuerdo de otra clase que se siente a sus anchas al cruzar fronteras – los hombres de negocios de hoy, quienes se sienten cómodos entre ellos tal y como Zweig y sus contemporáneos literarios. Se reúnen y mezclan en conferencias y reuniones, sus preocupaciones personales y profesionales combinando a la perfección.

Tal y como en los tiempos de Zweig, hay una gran distancia entre ellos y quienes sienten rabia, desconcierto y extrañeza por la facilidad con la que otros cruzan sus fronteras. En toda Europa estos votan por partidos políticos que prometen revertir esta tendencia.

El Frente Nacional francés obtuvo buenos resultados en la primera ronda de las elecciones municipales, y se espera que otros partidos anti-inmigración y anti-UE superen a sus rivales tradicionales en las elecciones europeas de mayo.

La semana pasada, el Financial Times invitó a uno de los que parece desequilibrarán el viejo orden electoral, Nigel Farage, líder del partido Independencia del Reino Unido (Ukip), para hablar durante la cena de la entrega de premios Audacia en los Negocios.

La invitación generó críticas. Yo me alegré de tener la oportunidad de ver y oír, de cerca, a alguien con creciente protagonismo en la vida política.

El Sr. Farage habló de los hombres de negocios, pero lo hizo cuidadosamente. No atacó al hombre de negocios común; de los cuales dice que muchos están de su lado. Se refirió a “La voz de la empresa”, los dirigentes que presumen de hablar en representación de todos los demás.

Su mensaje fue: hasta ahora ellos han malentendido todo. Decían que el Reino Unido tenía que unirse al mecanismo de tipo de cambio; también decían que tenía que unirse al euro. ¿Por qué escucharles cuando ahora dicen que será un desastre para el Reino Unido el dejar a la Unión Europea?

Él no está en contra del libre comercio. Él quiere que el Reino Unido sea capaz de lograr acuerdos bilaterales. Tampoco es anti-Europa. “Mi esposa es una chica de Hamburgo”. Y bromeó acerca de que “Nadie necesita decirme lo peligroso que es vivir en un hogar dominado por los germanos”, haciendo honor a su imagen de sábelo-todo.

Sin embargo, mientras más hablaba el Sr. Farage menos impresionante parecía. No mencionó la inmigración – el tema que según las encuestas preocupa más a sus simpatizantes que la UE. Quizás se dio cuenta que esta audiencia multirracial y multinacional no estaba de humor para oír hablar de ello.

Parte de su discurso fue malentendido. Cuando la gente le preguntó si “¿No sería lamentable ser como Noruega o Suiza?”, su respuesta fue que él desearía que el Reino Unido fuera tan rico como esos países – lo que es algo superficial para la gente que sabe que la riqueza de Suiza y Noruega va más allá de por no ser miembros de la UE.

A pesar de lo que diga, las encuestas dicen que los hombres de negocios del Reino Unido dicen que quieren seguir siendo parte de la UE. Algunos dicen que esto no importa. Los votantes del Sr. Farage no están interesados en los detalles. Pero yo creo que él encontrará difícil soportar un escrutinio más profundo. Él será preso de sus opiniones, incluyendo su reclamo de ser, al contrario de sus contrincantes, una persona ordinaria. (De hecho él es el hijo de un intermediario financiero que ha sido educado en escuelas privadas). Si alguna vez obtiene un puesto público, en cualquier nivel, sospecho que será puesto en evidencia de manera ostensible.

Lo mismo se cumple en otros partidos de extrema derecha a lo largo de Europa. Algunos son mucho más desagradables que Ukip, el cual no tiene una tradición fascista, pero se necesita enfrentarse a todos ellos.

Los votantes necesitan ser cuestionados acerca de cuánto dependen sus empleos del comercio intraeuropeo. ¿Se darán cuenta de cuán difícil sería mantener esos empleos si cada país europeo solo se preocupara por sí mismo? ¿Si están entre los muchos que no tienen empleo, no desearían tener la oportunidad de poderse mudarse a cualquier parte de la UE? ¿Querrán los británicos perder la oportunidad de jubilarse en España?

En 1942, Zweig, habiendo huido a Brasil, se suicidó. La Europa que él había amado había desaparecido. La Europa de hoy tiene robustas instituciones democráticas y la UE, a pesar de todos sus errores, ha sido imprescindible para mantenerlas. Las empresas necesitan aprovechar esto – y salir y hacer campaña.

Business needs to take on the far right

03/27/2014 | Michael Skapinker – Financial Times English

An Austrian, a Jew, a writer, a humanist and a pacifist. That was how the author Stefan Zweig described himself. But he was, above all, a European, at ease wherever he travelled on the continent, part of a crowd in which nationalities and languages comfortably mingled.

Zweig wrote his searing memoir, The World of Yesterday, in exile from the Nazis, as Europe tore itself apart for the second time in less than half a century. His book is never more poignant than when he reflects on the gulf between his cosmopolitan life and the narrow national instincts of millions of others.

Zweig’s European cultural milieu – he describes his meetings with WB Yeats, Rainer Maria Rilke and James Joyce – no longer has the intellectual weight and influence that it did.

But reading his book reminds me of another comfortable cross-border class – today’s business people, who have the same ease with each other as Zweig had with his literary contemporaries. They meet and mix at conferences and meetings, their personal and professional preoccupations perfectly matched.

And just as in Zweig’s day, there is a gulf between them and those who feel angry, left out and disconcerted by the ease with which others cross their borders. All over Europe, they are voting for parties that promise to reverse that.

France’s National Front did well in Sunday’s first round of municipal elections, and other anti-immigration, anti-EU parties are expected to outscore their traditional rivals in May’s European polls.

Last week, the Financial Times invited one of those who is likely to up-end the old political order, Nigel Farage, UK Independence party leader, to address our Boldness in Business Awards dinner.

Some criticised the invitation. I welcomed the chance to see and hear, up close, someone with a growing role in political life.

Mr Farage ripped into the business class, although he did it carefully. He did not attack ordinary business people; he claims many are on his side. His target was “the voice of business”, the high-ups who presume to speak on everyone else’s behalf.

His message was: they have got everything wrong so far. They said the UK had to join the exchange rate mechanism. They said it had to join the euro. Why listen to them when they now say it will be a disaster for Britain to leave the EU?

He wasn’t opposed to free trade. He wanted the UK to be able to conclude bilateral agreements. Nor was he anti-Europe. “My wife is a girl from Hamburg. Nobody needs to tell me about the danger of living in a German-dominated household,” he joked, playing up to his image of the bloke down the pub.

The more Mr Farage talked, however, the less impressive he seemed. He did not mention immigration – the issue the polls say worries his supporters more than the EU. Perhaps he realised that his multinational, multiracial audience was in no mood to hear about it.

Some of his speech was ill-judged. When people asked him, he said, “wouldn’t it be dreadful to be like Norway and Switzerland?”, his answer was he would like the UK to be as rich as they were – a facile view to people who know there is more to Switzerland’s and Norway’s wealth than not being EU members.

Whatever he says, polls indicate UK business people want to stay in the EU. Some argue this does not matter. Mr Farage’s voters are not interested in detail. But I think he will find deeper scrutiny hard going. He will be grilled on his views, including his claim to be, unlike, his opponents, an ordinary guy. (He is, in fact, the privately educated son of a stockbroker.) If he ever wins a share of power, at any level, I suspect he will be horribly exposed.

The same is true of far-right parties throughout Europe. Several are far nastier than Ukip, which does not have a fascist tradition, but they all need to be challenged.

Voters need to be asked how dependent their jobs are on cross-border European trade. Do they realise how difficult it would be to keep those jobs if every European country looked out for itself? If they are among the many who don’t have work, wouldn’t they like to hold on to the opportunity to move elsewhere in the EU? Do Brits want to give up the chance of retiring to Spain?

In 1942, Zweig, having fled to Brazil, killed himself. The Europe he had loved had gone. Europe today has robust democratic institutions and the EU, for all its blunders, has been central to maintaining those. Business needs to take advantage of that – and get out and campaign.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.
Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
¿Te ha resultado interesante? ¡Compártelo!