La muerte puede revivir tu carrera profesional

27/02/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Español

En noviembre escribí un artículo estimulando a las personas de cierta edad a que dejaran sus lujosos empleos y se unieran a mí para entrenarse a ser maestros en una escuela de bajos recursos en Londres. Era mucho pedir, pero yo esperaba fomentar suficiente interés para iniciar un pequeño programa piloto. Unas cuantas docenas de solicitudes hubieran sido suficientes. Hasta ahora, Now Teach (Ahora Enseña), la organización que yo he cofundado, ha recibido casi 800 solicitudes.

Revisándolas, he estado buscando patrones, muchos de los cuales ya me esperaba, que me han reafirmado en la idea de que los encantos del mundo corporativo se desvanecen conforme pasa el tiempo, mientras que el deseo de hacer algo más útil se vuelve más fuerte.

Pero hay algo que me ha sorprendido: el papel que juega la muerte.

La semana pasada, un candidato me dijo que lo que le convenció fue el funeral de alguien que había sido su compañero en la facultad de negocios. Este hombre había sido un destacado médico que había hecho mucho bien en su vida. Su antiguo compañero contempló sus propios logros en el sector de mercadotecnia y bienes raíces, por lo que decidió hacer algo mejor con su vida.

En la mayoría de los casos, la muerte en cuestión es la de un padre, y con frecuencia el último padre que estaba vivo. Quedarse huérfano a los cincuenta y tantos años de edad parece animar a todo tipo de personas a abandonar algo cómodo (como ser socio en una firma de auditoría) y solicitar un trabajo agotador y posiblemente muy incómodo (como ser maestro de física).

No me debería de sorprender ya que es precisamente lo que me pasó. En mayo, murió mi padre. Tenía 90 años y había disfrutado una larga vida. Un par de días después de su muerte me forcé a regresar al trabajo, sabiendo que a mi padre no le hubiera gustado que me quedara en casa.

Recuerdo haber escuchado a unos colegas discutiendo sobre un titular y haberlos mirado con incredulidad. ¿En serio?, pensé. No podía imaginar como a personas adultas, inteligentes, les podría importar tanto cuál de dos casi idénticos grupos de palabras era mejor.

Al final de esa miserable semana, les dije a mis amigos más cercanos que necesitaba hacer algo diferente con mi vida, a lo cual todos dijeron lo mismo: no lo hagas. Me advirtieron que sería una locura hacer algo drástico cuando uno está de luto. Esta disociación que yo sentía, me aseguraron, no duraría.

Yo sabía que tenían razón sobre esto último. Cuando mi madre murió, diez años antes, yo contemplé la posibilidad de ser maestra pero no duró, y en un par de meses, el periodismo me pareció tan encantador como antes.

Pero cuando murió mi padre, sabía que esperar sería lo peor. Dentro de seis semanas había encontrado un socio que me iba a ayudar a establecer Now Teach y un par de semanas después le informé al Financial Times sobre mis planes.

Ahora que descubro que mi historia es típica, me pregunto qué es lo que hace que la muerte sea tan transformadora. Lo más obvio es que te obliga a preguntarte si estás haciendo lo que quieres hacer. Hay un vulgar truco que practican los “coach”, en el que te piden que imagines tu propio discurso de funeral. Esto siempre me pareció demasiado artificial, pero la verdadera muerte de alguien querido te obliga a evaluar tu propia vida, quieras o no.

En segundo lugar, la muerte desgarra nuestros hábitos. Parte de la razón porque la gente sigue rodando en el mismo trabajo es porque es más fácil hacerlo que parar. La brutalidad de la muerte la convierte en una fuerza disruptiva de la rutina y para en seco a los vivos.

Quedarme huérfana a esta edad ha sido liberador. Me ha hecho más propensa a tomar riesgos, sin padres que complacer o que cuidar al final de sus años. Con mis hijos ya crecidos, tengo menos ataduras. Así que si quiero hacer algo arriesgado, no hay nadie que me detenga.

El último punto es sobre la mortalidad. Todo el mundo dice que la muerte de tus padres te obliga a pensar: pronto será mi turno. Pero para mí ha sido lo contrario. Ya que mi padre vivió hasta los 90, yo probablemente viviré más. Acabo de introducir mis datos en un programa de esperanza de vida, el cual me asegura que viviré hasta los 94. “¡Te quedan treinta y siete años!”, declaró.

En vez de ser un plazo temiblemente corto, puede que sea aún más temiblemente largo. Lo que la muerte de mi padre me ha enseñado es que en la mediana edad que nos encontramos es suficiente tiempo para empezar de nuevo.

Death can bring your career back to life

27/02/2017 | Lucy Kellaway (Financial Times) – English

In November I wrote an article inciting people of a certain age to jack in their fancy jobs and join me in training to be a teacher at a tough London school. It was a tall order, but I hoped to rustle up enough interest for a small pilot project. A few dozen applications would have been decent. So far, Now Teach, the organisation I co-founded, has received nearly 800.

While sifting through them I have been looking for patterns, many of which are much as I expectednotably that the charms of the corporate world dwindle with time, while the desire to do something more useful gets stronger.

But there is one thing that has surprised me: the part played by death.

Last week, a prospective teacher told me that what did it for him was the funeral of someone he had been at business school with. This man had become a distinguished doctor who had done so much good in his life. His former classmate looked at his own achievements in marketing and in property and resolved to do better.

Mostly, the death in question is that of a parent, and often the last remaining one. Becoming an orphan in your fifties seems to encourage all sorts of people to stop doing something comfortable (like being a partner in an accountancy firm) and apply to do something exhausting and possibly very uncomfortable indeed (like being a physics teacher).

I ought not to be surprised by this, given it is precisely what happened to me. In May, my father died. He was 90 and had had a good innings. A couple of days after his death I dragged myself into work, knowing that Dad would have disapproved of my malingering at home.

I remember listening to colleagues arguing over a headline and gawping at them with incredulity. Seriously? I thought. I could not imagine how intelligent, grown-up people could care so much about which of two almost identical sets of words was better.

At the end of that miserable first week, I told close friends I needed to do something different with my life, to which they all said the same thing: don’t. They pointed out that it would be mad to do anything rash when you are bereaved. This disconnected feeling, they warned, would not last.

I knew they were right about the last bit. When my mother died 10 years earlier, I had entertained a brief teacher fantasy but it did not last and, within a couple of months, journalism seemed as charming as it had before.

But when Dad died, I knew that waiting would be fatal. Within six weeks I had found a partner to help me set up Now Teach and a couple of weeks after that I had told the Financial Times about my plans.

Now that I discover my story is commonplace, I have been wondering what it is about death that is quite so galvanising. Most obviously, it forces you to ask yourself if you are doing what you really want to do. There is a cheesy trick practised by career coaches, in which they make you imagine your own eulogy. This has always struck me as too morbid and artificial to work, but the real death of someone you love makes you take stock, whether you want to or not.

Second, death tears into routine. Part of the reason people trundle along in the same jobs is because it is easier to keep doing them than to stop. The brutality of death is a disrupter of habit — it stops the living in their tracks.

Becoming an orphan in late middle age can be liberating. It has made me more willing to take risks, with no parents to try to please or to care for in their declining years. With my children grown, I have fewer ties. So if I want to do something risky, there is no one to stop me.

The final point is about mortality. Everyone says the death of both parents forces you to think: it is my turn soon. But for me the reverse has been true. Given my father lived to 90, I will probably live longer still. I have just typed my details into an online life expectancy tool, which assures me that I will live until I am 94. “Thirty-seven years left!” it declared.

Instead of time being frighteningly short, it may be even more frighteningly long. What the death of my father has taught me is that in late middle age there is plenty of time to start all over again.


Copyright &copy “The Financial Times Limited“.

“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.


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