La economía de la felicidad

22/02/2018 | Tim Harford (Financial Times)

“El dinero no puede comprar el amor”, cantaban los Beatles, aunque es dudoso que ésta fuera una afirmación empírica rigurosa. Aun así, nadie niega que hay cosas más importantes en la vida que el dinero, y un nuevo libro, “The Origins of Happiness” (Los orígenes de la felicidad), sostiene que la felicidad debería ser una guía para crear políticas gubernamentales.

Hace dos años, esto habría sido parte del espíritu de la época: uno de los principales asesores de Barack Obama, el economista Alan Krueger, era un destacado experto en el “bienestar subjetivo” o felicidad, mientras que el ex primer ministro británico David Cameron también defendió la idea. Ahora parece extrañamente fuera de sintonía: no importa que opinemos sobre lo que está impulsando a Theresa May, la actual primera ministra de Gran Bretaña, o al presidente estadounidense Donald Trump, parece poco probable que sean encuestas de satisfacción con la vida.

Aun así, es fácil estar de acuerdo con la observación que hizo Thomas Jefferson, poco después de finalizar su mandato como presidente de EEUU: “El cuidado de la vida y la felicidad humanas, y no su destrucción, es el primer y único objeto legítimo del buen gobierno”.

La pregunta es qué significa todo esto para establecer políticas del gobierno y si el estudio académico del bienestar puede ayudar.

Los cinco autores de “The Origins of Happiness”, incluyendo al profesor Richard Layard de la London School of Economics, se centran en las respuestas a la pregunta “En general, ¿cuánto de satisfecho estás con tu vida actualmente, en una escala de 0-10?”.

No es una pregunta absurda. Sin embargo, si un grupo de académicos propusiera reformar las instituciones económicas y la estrategia industrial de un país en base a las respuestas a la pregunta: “En general, ¿cuánto de rico crees que eres actualmente, en una escala de 0-10?”, podríamos argumentar — con razón — que la base empírica es demasiado imprecisa para ser una buena guía.

Tampoco resulta claro si alguien que se mueve de tres a cuatro en la escala está disfrutando del mismo impulso hacia la felicidad que alguien que se mueve de siete a ocho. ¿Y qué significa realmente “10”? ¿Es literalmente imposible volverse más feliz más allá de ese nivel?

Estas preguntas tal vez sólo les preocupen a los filósofos, excepto que Lord Layard y sus coautores escriben sobre una “revolución en la formulación de políticas” basada en hallazgos tales como “un año adicional de educación aumenta directamente tu propia felicidad en un promedio de 0,03 puntos durante tu vida”. Esto sugiere una confianza en la política que confieso que a mí me falta. Aun así, un poco de conocimiento es mejor que ningún conocimiento, y sería un error ignorar lo que las personas nos dicen sobre cómo se sienten. Entonces, ¿qué podemos aprender?

Primero, tenemos una relación de amor-odio con nuestros trabajos. Sabemos por datos de panel (entrevistas realizadas con las mismas personas más de una vez a través de un periodo de tiempo) que estar desempleado es un estado miserable y que sigue siendo miserable durante muchos años. Esto es un buen argumento a favor de las políticas que promueven el bajo desempleo, algo que Japón, Alemania, el Reino Unido y EEUU han logrado y Francia, Italia y España no.

Sin embargo, aunque el desempleo es deprimente, el trabajo en sí mismo no es un paraíso. Las personas que trabajan por cuenta propia son más felices que las personas empleadas por el mismo margen que las personas desempleadas son menos felices. Y el Sr. Krueger y el psicólogo galardonado con el Premio Nobel, Daniel Kahneman, han demostrado que de todas las actividades cotidianas en las que participamos, los desplazamientos diarios y el trabajo son las menos agradables; y de todas las personas con las que pasamos nuestro tiempo, los colegas son malos y los jefes son peores.

La respuesta, por supuesto, es más trabajos y mejores trabajos. Y también, parece que más tiempo para satisfacer las relaciones románticas también ayudaría, pero prefiero dejar al gobierno fuera de eso.

Lord Layard y sus colegas argumentan a favor de evaluar el gasto del gobierno usando “un análisis de coste-efectividad en el que los beneficios se miden en unidades de felicidad”. Algunas políticas — como proporcionar pisos prefrabricados a hogares pobres en México — pasan esta prueba fácilmente. Otras no.

Durante muchos años, Lord Layard ha sido un defensor de dedicar más recursos al tratamiento de la depresión y la ansiedad. Él está en lo correcto. Incluso un éxito modesto en este área podría tener un gran impacto positivo.

Pero más allá de eso, mucho depende de la capacidad del gobierno para proveer lo que realmente importa. Según nos han dicho, tener mejores escuelas mejora el bienestar emocional de los niños, lo cual es una excelente inversión en la felicidad. Sin embargo, aunque nadie está a favor de tener malas escuelas, los investigadores confiesan saber muy poco sobre cuáles son las características de las escuelas que se correlacionan con alumnos felices.

La política activista de la felicidad tiene mucho que tal vez divierta u horrorice a cualquiera con instintos laissez-faire. Pero en la medida en que creemos que los gobiernos a veces pueden crear un lío al intentar mejorar la condición humana, existe un argumento a favor de considerar lo que las personas piensan que los hace felices en sus vidas.

Como nota de advertencia, sin embargo, ofrezco la admonición de Adam Smith contra la persona que “parece imaginar que puede organizar a los diferentes miembros de una gran sociedad con tanta facilidad como la mano organiza las diferentes piezas sobre un tablero de ajedrez”. Ya sea que un político busque maximizar el ingreso nacional o la felicidad nacional, el consejo del Sr. Smith parece estar en lo cierto.

The economics of happiness

22/02/2018 | Tim Harford (Financial Times)

Money can’t buy me love,” sang The Beatles, although it is doubtful that this was a rigorous empirical claim. Still, nobody disputes that there’s more to life than money and a new book, The Origins of Happiness, argues that happiness should be a guide to government policy.

Two years ago this would have been part of the zeitgeist: one of Barack Obama’s senior advisers, the economist Alan Krueger, was a noted expert in “subjective wellbeing” (happiness to you and me), while former UK prime minister David Cameron also championed the idea. It now seems strangely out of step with the times: whatever you think is driving Britain’s current PM Theresa May or US president Donald Trump, it seems unlikely to be surveys of life satisfaction.

Still, it is easy to sympathise with Thomas Jefferson’s remark, shortly after he stepped down as US president, that “The care of human life & happiness, & not their destruction, is the first & only legitimate object of good government.”

The question is what that means for government policy — and whether the academic study of wellbeing can help.

The five authors of The Origins of Happiness, including Professor Richard Layard of the London School of Economics, focus on answers to the question “Overall, how satisfied are you with your life these days?” on a scale of 0-10.

It’s not an absurd question, but if a group of academics proposed reforming a nation’s economic institutions and industrial strategy on the basis of answers to the question, “Overall, how rich do you think you are these days, on a scale of 0-10?” we might reasonably object that our evidence base was too fuzzy to provide much guidance.

Nor is it clear whether someone moving from three to four on the scale is enjoying the same boost to happiness as someone moving from seven to eight. And what does “10” really mean? Is it literally impossible to become happier from there — or, Spinal Tap-style, should there be room to go up to 11?

These questions might trouble only the philosophers, except that Lord Layard and his co-authors write of a “revolution in policymaking” based on findings such as “an extra year of education directly raises your own happiness by 0.03 points on average throughout life”. This suggests a confident policy swagger that I confess to lacking myself.

Still, a meagre kind of knowledge is better than no knowledge at all, and it would be wilful to ignore what people tell us about how they are feeling. So what do we learn?

First, we have a love-hate relationship with our jobs. We know from panel data (interviewing the same people more than once over time) that being unemployed is miserable and stays miserable for many years. This is a good argument in favour of policies that promote low unemployment — something Japan, Germany, the UK and the US have managed to do, and France, Italy and Spain have not.

But while unemployment is depressing, work itself is no paradise. Self-employed people are happier than employed people by the same margin that unemployed people are less happy. And Mr Krueger and Nobel laureate psychologist Daniel Kahneman have shown that of all the day-to-day activities we engage in, commuting and work are the least enjoyable — while of all the people we spend time with, colleagues are bad and bosses are worse.

The answer, of course, is more jobs, and better jobs, please. And for that matter, it seems that more time in satisfying romantic relationships would also help — but I prefer to leave the government out of that.

Lord Layard and his colleagues argue in general for evaluating government spending using “a method of cost-effectiveness in which the benefits are measured in units of happiness”. Some policies — such as providing ready-mix concrete floors to poor households in Mexico — pass this test easily. Others do not.

Lord Layard has long been an advocate of devoting more resources to treatment for depression and anxiety. He is right. Even a modest success rate would go a long way here.

But beyond that, much depends on the capacity of government to deliver what matters. Better schools, we’re told, improve the emotional wellbeing of children, which is an excellent investment in happiness. Fine, but nobody is in favour of worse schools and the researchers confess to knowing very little about what features of a school are correlated with happy pupils.

There is much in the idea of an activist happiness policy to amuse or horrify anyone with laissez-faire instincts. But to the extent that we think governments can sometimes bodge their way into bettering the human condition, there’s a case to look at what people say makes them happy with their lives.

As a cautionary note, however, I offer Adam Smith’s warning against the person who “seems to imagine that he can arrange the different members of a great society with as much ease as the hand arranges the different pieces upon a chessboard”. Whether a politician seeks to maximise national income or national happiness, Smith’s critique rings just as true.

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