La cultura corporativa de Silicon Valley discrimina a las personas mayores

31/10/2018 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Español

Las empresas tecnológicas de Silicon Valley discriminan a las personas mayores. La edad promedio de los empleados en Facebook y LinkedIn es de 29 años. En Google llega a los 30. “Los jóvenes son simplemente más inteligentes”, como supuestamente dijo Mark Zuckerberg. Y si acaso no son más inteligentes, no hay duda de que son más baratos.

Hay muchas anécdotas sobre personas infelices de cuarenta y cincuenta años de edad que compran sudaderas con capucha y se ponen al día sobre los superhéroes antes de salir a la calle en búsqueda de un trabajo. Eventualmente algunos son contratados, pero la mayoría parece que no. Todo esto me recuerda lo que las mujeres llevan décadas haciendo para encajar en un mundo dominado por los hombres: vestir trajes de pantalón y aprender a jugar al golf, sólo que esta vez es peor. San Francisco se ha convertido en una sede clave del Botox, donde los trabajadores del sector de la tecnología — incluso aquellos que tienen entre veinte y cuarenta años de edad — se inyectan la cara con algo que los deja sin expresión, para encajar con sus colegas de “cara de bebé”.

Pero hay barreras mayores que nadie menciona para los mayores que trabajan en el sector de la tecnología y que ninguna capucha o jeringuilla llena de toxina botulínica va a derrumbar. No tiene nada que ver con el prejuicio de que los empleados de más de 40 años son lentos en dominar la tecnología o que carecen de espíritu empresarial. En cambio, la barrera es precisamente lo que hace que estas compañías sean alabadas: su nueva estructura organizativa.

He estado leyendo The Conversational Firm de Catherine Turco, una socióloga del MIT que ha pasado meses infiltrada en “TechCo”, una empresa de software con un rápido crecimiento en EEUU. Esta compañía ha desechado las viejas costumbres y se ha organizado según pautas más abiertas y menos jerárquicas. Todo esto es producto de la era de las redes sociales, donde las personas se comunican dentro de las compañías de formas muy diferentes. El resultado, dice la Sra. Turco, es una organización basada en la conversación. Hasta aquí, todo va bien. La gente de mi edad está a favor de la conversación. Sólo que no de este tipo.

El libro comienza con una entusiasta descripción de “Hack Night” en TechCo. Cientos de empleados se reúnen en un salón en la sede central de la compañía; la noche empieza con una llamada para que cualquiera que tenga una idea la comparta con el público. Entonces cada idea se asigna a un sector de la sala, y mientras suena música a todo volumen todo el mundo se dirige a cualquier idea que le apetezca. Hay cerveza, pizza y mucha conversación. Sigue así durante horas. Cerca de las 9 de la noche, todos se van a casa.

En TechCo les encanta Hack Night. Era de esperar, ya que la edad promedio de sus 600 empleados es 26 años. Yo me imagino una noche así con un gran terror. No porque no pudiera funcionar, o que nunca pudiera resultar una discusión fructífera. Simplemente no funcionaría para mí si yo participara, ya que tengo por lo menos dos décadas de más para tal cosa. TechCo lo llama “caos controlado.” Yo soy anticaos de todo tipo, basado en la noción de que el caos es caótico y por lo tanto es menos eficiente que algo más estructurado. Peor aún, la idea misma de Hack Night me ofende porque, como la mayoría de los de mi edad, soy una cínica. Las organizaciones tradicionales pueden tolerar un poco de cinismo, pero esta nueva empresa sólo funciona cuando todo el mundo es un verdadero creyente.

Cuantas más empresas se decidan alrededor de este tipo de “conversación”, más cerradas estarán sus puertas para mi generación, aún si sus jóvenes jefes dejan de expresar prejuicios indignantes contra los mayores y ven que tiene sentido contratar algunos empleados de mayor edad. En algún momento todos entenderán — incluso los multimillonarios veinteañeros con más prejuicios — que discriminar no sólo es ilegal e injusto sino también estúpido. Cuando los consumidores con más edad son los que más dinero tienen y son necesarios para que siga adelante casi cualquier negocio, no tenerlos en la fuerza laboral no tiene sentido.

Lo que más me preocupa es que, tarde o temprano, estas ideas organizativas van a escaparse de Silicon Valley, ya que así son estas cosas. El decorado infantil de las oficinas, con colores primarios y sillones puff, se inventó en California, pero hace mucho tiempo que emigró, así que ahora las empresas de apariencia más descuidada de todo el planeta tienen oficinas que parecen salones de kindergarten. Esto es lamentable pero no desastroso; los más ancianos simplemente pueden cerrar los ojos.

Pero en una empresa conversacional no puedes simplemente cerrar los ojos… o los oídos. Es una estructura, una filosofía y un modo de vida; en esta conversación, las personas de más de 40 años de edad, mucho menos los de 50 ó 60, no tendrán nada que decir.

Silicon Valley’s corporate culture is ageist

31/10/2018 | Lucy Kellaway (Financial Times) – English

Tech companies in Silicon Valley are ageist. The median age of workers at Facebook and LinkedIn is 29. At Google it is all of 30. “Young people are just smarter,” as Mark Zuckerberg is supposed to have said. And even if they are not smarter, they are certainly cheaper.

There are lots of stories of tragic people in their 40s and 50s buying hoodies and boning up on superheroes before they pound the virtual pavements in search of a job. Some eventually get hired, but most appear not to. It all reminds me of the things women have been doing for decades to try to fit into a male world — wearing trouser suits and taking up golf, only this time it is worse. San Francisco has become a hotspot for Botox, with tech workers in even their late 20s and 30s seeking to inject their faces with stuff that renders them expressionless, to fit in with their baby-faced colleagues.

Yet there are bigger barriers to older people working in tech that no one is talking about and which no hoodie or syringe full of botulinum toxin will take care of. It has nothing to do with any prejudice that the over-40s are slow at mastering technology or that they lack entrepreneurial spirit. Instead, the barrier is the very thing that these companies are being praised for: their new organisational structure.

I’ve been reading The Conversational Firm by Catherine Turco, a sociologist at MIT, who has spent months infiltrating “TechCo”, a rapidly growing software company in the US. It has chucked out the old ways of working and arranged itself on more open, unhierarchical lines. It is the product of a socially networked age, in which people communicate within companies in quite different ways. The result, says Ms Turco, is an organisation built around conversation. So far, so good: people my age are all in favour of conversation. Only not of this variety.

The book starts with a glowing description of Hack Night at TechCo. Hundreds of employees assemble in a hall at the company HQ; the evening begins with a call for anyone with an idea to tell the audience what it is. Then each idea is assigned to a part of the room, and as music is pumped up everyone moves around to discuss whichever idea appeals to them. There’s beer, pizza and a lot of talk. It goes on for hours. At about 9pm, everyone goes home.

At TechCo, they love Hack Night. But they would, because the median age of their 600 staff is 26. I view an evening like this with unmitigated horror. Not because I think it couldn’t work, or that no fruitful discussion could ever result. It simply would not work with me as a part of it as I am at least two decades too old for it. TechCo calls it “controlled chaos”, but I am anti-chaos of any sort, on the grounds that it is chaotic and therefore a less efficient way of organising than something more structured. Worse, the very idea of Hack Night offends me because, like most people my age, I’m a cynic. Traditional organisations can tolerate moderate amounts of cynicism, but this new company functions only when everyone is a true believer.

The more companies that model themselves around this sort of “conversation”, the more my generation will be locked out — even if their young bosses stop saying outrageously ageist things and see some sense in trying to hire a few older people. At some point the penny must drop, even with the most bigoted 20-something billionaire, that age discrimination is not just illegal or unfair but is also stupid. When older customers are the ones with most of the money needed to keep almost any business going — not having them in your workforce makes no sense.

What worries me most is that these organisational ideas are bound to escape from Silicon Valley before long, as that is the way of these things. The infantile office decor with primary colours and bean bags was invented in California but has long since migrated, so now the frumpiest businesses all over the world have offices that look like kindergartens. This is regrettable but not a disaster — older people can simply close their eyes to it.

But with the conversational firm you can’t just close your eyes — or ears. It is a structure, a philosophy and a way of life; in this conversation, people in their 40s, let alone in their 50s or 60s, will have nothing to say.


Copyright &copy “The Financial Times Limited“.

“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.


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