La banca y las finanzas han absorbido a los grandes talentos

05/04/2018 | Andrew Hill (Financial Times)

“A diferencia de la mayoría de la gente, yo realmente disfruto con la fabricación”, comentó James Dyson, “pero yo sinceramente creo que la clase media británica la desprecia, en gran parte gracias al libro Tiempos difíciles de Charles Dickens y a los oscuros molinos satánicos de William Blake”.

El diseñador de aspiradoras y secadoras de manos del Reino Unido disfruta criticando el “desprecio cultural nacional por las fábricas”.

Durante los premios “Boldness in Business” (Audacia en los Negocios) del Financial Times, donde hizo estas declaraciones, él también criticó al director de cine Danny Boyle por su ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Dyson dijo que la ceremonia transmitió la imagen de que “la tierra verde y apacible de Blake está siendo destruida” por las chimeneas de la revolución industrial.

Dyson tiene, en parte, razón acerca de los Sres. Dickens y Blake. El Sr. Dickens fue uno de los numerosos escritores y pensadores del siglo XIX consternados por las consecuencias sociales y ambientales de la rápida industrialización. En el Reino Unido, sus novelas aún forman parte de los exámenes de los adolescentes.

Sin embargo, yo creo que él está equivocado en lo que respecta al Sr. Boyle. Es cierto que el director llamó a la dramática sección industrial de su ceremonia de apertura “Pandemonio”. Pero él también les dijo a sus artistas voluntarios que eran los trabajadores quienes habían “construido las ciudades que ahora son escenarios para cada juego”. Y él también convirtió a Isambard Kingdom Brunel, un ingeniero de principio a fin, en el héroe de la pieza.

Si la ceremonia molesta a los burgueses británicos uniéndose a la marcha de los fabricantes, resulta difícil de determinar y de saber si ellos le prestan atención a la “Jerusalén” del Sr. Blake — en la actualidad es la banda sonora de todos los acontecimientos deportivos nacionales — y mucho menos si leen “Tiempos difíciles” y su versión de la ciudad industrial del norte, “Coketown”.

Una razón más creíble de por qué las fuentes de innovación están siendo canalizadas fuera del campo de la fabricación pudiera ser el sonido de “succión” proveniente de la City de Londres. Las recompensas que ofrecen la banca y las finanzas aún “absorben” a los graduados con talento.

Adair Turner, el por aquel entonces principal regulador financiero, implicó este hecho en 2009, cuando comentó que el sector había “crecido más allá de su tamaño socialmente útil”.

“Consideren cuál es el porcentaje de personas increíblemente inteligentes de nuestras mejores universidades que se han incorporado a los servicios financieros“, dijo durante una mesa redonda acerca de “Cómo contener las finanzas globales” organizada por la revista “Prospect”.

Dos académicos ahora lo han considerado, aunque analizaron datos de EEUU, no del Reino Unido, y los hallazgos son fascinantes.

El auge de los servicios financieros en la década previa a la crisis de 2008 atrajo a los más prometedores ingenieros y científicos informáticos estadounidenses, es la conclusión a la que ellos han llegado. Alrededor del 10% se trasladó al campo de las finanzas dentro de los cinco años siguientes a su graduación. A su vez, era mucho menos probable que esos ingenieros fundaran sus propias compañías o que se convirtieran en innovadores empresarios dueños de patentes. La mayoría terminó dejando de lado sus habilidades en ingeniería y trabajando como operadores y como analistas.

Y la tendencia continúa. “Después de una breve calma posterior a la crisis, los ingenieros están nuevamente volviendo a las finanzas”, me comentó Nandini Gupta, coautora del estudio.

La profesora Gupta e Isaac Hacamo, ambos de la Escuela de Negocios Kelley de la Universidad de Indiana, no juzgan de ninguna manera el valor relativo de tener iniciativa empresarial, de la ingeniería y, por ejemplo, de la banca de inversión. Ellos señalan que su muestra de ingenieros incluía al fundador de la plataforma educativa en línea Khan Academy, quien anteriormente había trabajado en la industria de las finanzas.

Cuando é con el señor Turner, me dijo que él todavía creía que el auge de principios de la década de 2000 se había llevado los talentos a las áreas menos útiles de las finanzas de alto nivel. Algunos de ellos probablemente desplegaron sus habilidades empresariales allí. Pero él reiteró que “si básicamente están jugando al póker, eso no aumenta la totalidad del bienestar humano”.

Sin embargo, el fenómeno no era tan marcado en el Reino Unido. Incluso cuando la burbuja estaba en su máximo nivel en 2007, el porcentaje de graduados en ingeniería que entró al campo de finanzas y seguros dentro de los tres años posteriores a la culminación de su educación superior no alcanzó el 5%. Esta cifra ha bajado al 3,4% en los últimos años. Un 25,5%, seguramente satisfactorio para James, actualmente se incorpora a la fabricación; no lo suficiente como para cubrir un déficit anual proyectado de 20.000 ingenieros en el Reino Unido, pero aun así respetable.

Fue el gran éxito y la poca preocupación de los fabricantes victorianos lo que los convirtió en un blanco para el Sr. Dickens. Conforme el Sr. James continúa acumulando éxitos, él debe tener cuidado con lo que desea. Él mismo ha establecido el Instituto Dyson para formar a una generación de ingenieros.

Pero su fanfarria a favor de la marcha de los fabricantes también tiene notas discordantes. Los críticos señalan que los motores para las máquinas Dyson no se fabrican en el Reino Unido, sino en Singapur, y se ensamblan en Malasia y en Filipinas.

Sin embargo, si el Sr. Dickens estuviera vivo, seguramente apuntaría sus comentarios satíricos hacia los acumuladores de dinero en Wall Street, en la City y en Silicon Valley.

Banking and finance have vacuumed up the talent

05/04/2018 | Andrew Hill (Financial Times)

“Unlike most people I actually enjoy manufacturing,” James Dyson says, “[but] I genuinely believe that the British middle class despises it, largely thanks to Charles Dickens’ Hard Times and William Blake’s ‘dark satanic mills’.”

The UK designer of vacuum cleaners and hand-dryers enjoys railing against national “cultural disdain for factories”.

At the FT Boldness in Business awards, where he made these remarks, he also laid into the film director Danny Boyle for his London 2012 Olympic Games opening ceremony. He said it conveyed an image of Blake’s “green and pleasant land being besmirched” by the chimneys of the industrial revolution.

Sir James is half right about Dickens and Blake. Dickens was one of many 19th-century writers and thinkers appalled by the social and environmental fallout from rapid industrialisation. In the UK, his novels are still set for teenagers’ exams.

I think he is wrong about Mr Boyle, though. True, the director called the dramatic industrial section of his opening ceremony “Pandemonium”. But he also told his volunteer-performers that it was the workers who “built the cities that are now settings for every games”. And he made Isambard Kingdom Brunel, an engineer through and through, the hero of the piece.

Whether the ceremony put bourgeois Brits off joining the march of the makers is as hard to measure as whether they pay attention to Blake’s “Jerusalem” — now part of the muzak for all national sporting occasions — let alone read Hard Times and its account of northern industrial city “Coketown”.

A more plausible reason why innovative juices are channelled away from manufacturing could be the sucking sound from the City of London. The rewards of banking and finance still vacuum up talented graduates.

Adair Turner, then the chief financial regulator, implied as much in 2009, when he remarked that the sector had become “swollen beyond its socially useful size”.

“Consider what percentage of highly intelligent people from our best universities went into financial services,” he told a round table on “How to tame global finance”, organised by Prospect magazine.

Two academics have now considered just that — though they have analysed the US, not the UK — and the findings are fascinating.

The boom in financial services in the decade to the 2008 crisis did indeed attract the most promising US engineers and computer scientists, they conclude. Some 10 per cent moved to finance within five years of graduation. In turn, those engineers were much less likely to found their own companies or become innovative patent-holding entrepreneurs. Most ended up shelving engineering skills and working as traders and analysts.

The trend continues. “After a brief [post-crisis] lull, engineers are moving again into finance,” Nandini Gupta, co-author of the study, told me.

Prof Gupta and Isaac Hacamo, both of Indiana University’s Kelley School of Business, make no judgment on the relative value of entrepreneurship, engineering and, say, investment banking. They point out that their sample of engineers included the founder of online education platform Khan Academy, who had previously worked in the finance industry.

When I ed Lord Turner, he told me he still believed the boom of the early 2000s had pulled stars into less useful areas of high finance. Some of them probably deployed their entrepreneurial skills there. But he reiterated that “if they are ultimately just playing poker, [that] doesn’t increase the sum total of human welfare”.

The phenomenon was not as marked in the UK, though. Even when the bubble was at full stretch in 2007, the percentage of engineering graduates who moved into finance and insurance within three years of leaving higher education did not top 5 per cent. Lately, the figure has dropped to 3.4 per cent. A Dyson-pleasing 25.5 per cent now go into manufacturing — not enough to cover a projected annual shortfall of 20,000 engineers in the UK, but still respectable.

It was the sheer success and smug complacency of Victorian manufacturers that made them a target for Dickens. As Sir James goes from strength to strength, he should be careful what he wishes for. He has set up a Dyson Institute to train a generation of engineers.

But his fanfare for the march of the makers also has discordant notes. Critics point out that motors for Dyson machines are made not in the UK but in Singapore, and assembled in Malaysia and the Philippines. If Dickens were around today, however, he would surely train his satirical barbs on the moneypots of Wall Street, the City and Silicon Valley.

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