Halloween es una fiesta y no una oportunidad política

26/10/2013 | Christopher Caldwell – Financial Times Español

Cuando este jueves que viene se celebre Halloween en los EE. UU., muchos de los preadolescentes, disfrazados de payaso o Beyoncé haciendo truco o trato, pedirán algo más que chuches. Después de presentar la bolsa (o funda de almohada en EE. UU) y exigir las gominolas a los vecinos, sacarán una hucha naranja con el logo de Unicef pidiendo donaciones para los pobres del mundo.

Los representantes de Unicef en Canadá dejaron de pedir puerta a puerta en 2006, favoreciendo eventos educativos en su lugar, pero todavía se hace a menudo en los EE. UU. Los estadounidenses creen que las limosnas forman parte de la fiesta tanto como las telarañas falsas. El programa de truco o trato de Unicef ha recaudado unos 170 millones de dólares durante los últimos 63 años. Eleanor Roosevelt, el Papa Pablo VI, el expresidente Lyndon Johnson, Bianca Jagger y la poeta Maya Angelou lo habían elogiado.

Ellos están equivocados. Canadá tiene razón. Puede que no haya una causa más noble que proteger a los niños del mundo de la malaria, la giardia o la esquistosomiasis pero sí hay maneras mejores para luchar contra ellas, y la campaña de caridad de Unicef tiene el precio de enseñar a los niños algunas malas lecciones. “Niños ayudando a niños”, en referencia a un eslogan patentado por Unicef, suena positivo. Sin embargo, en la práctica significa utilizar a los niños como escudos humanos por parte del entusiasmo político o caritativo de sus padres. No es común que los niños hagan truco o trato más allá del sexto curso de primaria cuando tienen unos 11 años. Estos niños no han llegado a la edad de tomar responsabilidades políticas. No deben de presionar a los vecinos a luchar contra el hambre mundial como tampoco deben llevar carteles en protestas antibélicas. Esto no es dar “una voz” a los niños; es usarles como utilería.

El origen de hacer truco o trato para Unicef data del principio de la guerra fría. Mary Emma Allison, esposa de un pastor presbiteriano, veía cómo sus hijos recogían los dulces y pensaba: “Qué pena que no podemos convertir esto en algo bueno.” Su hija contó hace algunos años al periódico Chicago Sun-Times: “Ella vio Halloween como una oportunidad perdida”. Eso es muy de los estadounidenses: no va a ser un día de importancia sin el factor económico.

Pero Halloween no es ni un bien de nadie ni una manera para fomentar la reputación caritativa estadounidense hacia los países no desarrollados, ni tampoco cualquier otro tipo de “oportunidad”. Sólo es una fiesta. Igual no va con todo el mundo – aunque la rapidez con que se la ha adoptado en Francia, el Reino Unido, Irlanda y otros sitios indica que a mucha gente le gusta. Halloween es un tipo de celebración pre-moderna especial. Es el único día del año en que se permite a los jóvenes entrar en la casa de los vecinos después del atardecer y exigir algo de comida y bebida. Es un poco como ensayar a ser adulto.

Esto hace que la recaudación para Unicef acabe siendo una mala lección en educación. No se debe machacar moralmente a la gente mientras aceptas su hospitalidad, sobre todo en el nombre de una institución política. Vale, es difícil identificar hasta qué punto las instituciones como Unicef juegan un papel en el “gobierno”. Pero probablemente no deben gastar el dinero de sus contribuyentes para pedir a esos mismos contribuyentes que den más dinero – con la amenaza implícita que los niños del barrio les vean como tacaños sin corazón.

Siempre hay el riesgo de la ostentación en las causas caritativas. Ésta es demasiado ostentosa como para enseñar a los niños sobre la caridad. Hace publicidad para la conciencia social del recolector – o de los padres del recolector – enfrente de sus colegas. Como con los “recaudadores políticos”, una práctica habitual durante las campañas políticas en los EE. UU. en el que los recaudadores influyentes llevan personalmente las contribuciones recogidas de los que han intimidado (suelen ser empleados de rango inferior u otros socios) a los candidatos, se recaudan recursos monetarios de varios hogares para aumentar el prestigio de un cabecilla.

Este año los profesores que promocionan a Unicef dentro de sus aulas pueden competir para ganar premios, como por ejemplo un viaje a Tanzania. Unicef permite el uso de su logo por parte de sus patrocinadores, y a nivel global trabaja con la empresa de ropa H&M, con American Airlines, con el fabricante de chocolate Cadbury y con el equipo de fútbol FC Barcelona. En los EE. UU., la Home Shopping Network (Tu tienda en la tele) es el mayor patrocinador de la campaña de Halloween del sector privado. No hay que ser “ciego” al hambre mundial para ver que hay otros participantes en esta transacción que no son Unicef y los niños que dan la cara.

Parece que la caridad se ha vuelto como un modelo a seguir en los EE. UU. Se nota el acoso por todas partes, y viene cada vez más a través de medios tecnológicos. Los terminales punto de venta (TPVs) de las farmacias y supermercados preguntan si el cliente comprador quiere donar $1, $5 o $20 para luchar contra el cáncer de mama. Las facturas de luz solicitan fondos para luchar contra el analfabetismo. La idea que empieza a difundirse entre la gente filantrópica es que si su causa es lo suficientemente noble, prácticamente tiene el derecho al dinero de los demás. Esto dificulta distinguir entre el motivo de la causa caritativa y el motivo de la presión social. Al largo plazo, las causas caritativas no saldrán beneficiadas.

Halloween is a holiday not a political opportunity

10/26/2013 | Christopher Caldwell – Financial Times English

When the US celebrates Halloween next Thursday, many of its preadolescent trick-or-treaters, decked out as clowns or Beyoncé, will ask for something extra. After presenting a pillowcase and demanding candy of neighbours, they will hold out an orange box with the logo of the UN Children´s Fund and solicit for the world´s poor.

Canada´s Unicef representatives stopped such door-to-door solicitation in 2006, favouring educational events instead, but it is alive and well in the US. Americans consider alms as much a part of the holiday as fake spider webs. Unicef´s trick-or-treat programme has raised $170m in the past 63 years. Eleanor Roosevelt, Pope Paul VI, President Lyndon Johnson, Bianca Jagger and poet Maya Angelou have all praised it.

They are wrong to do so. Canada is right. There may be no cause more noble than protecting the world´s children from malaria, giardia and bilharzia, but there are better ways to serve it, and Unicef´s charitable haul comes at the price of teaching children some bad lessons. “Kids Helping Kids”, to quote one slogan Unicef has registered as a trademark, sounds good. But in practice it means kids being used as human shields for their parents´ charitable and political enthusiasms. Children seldom trick-or-treat past sixth grade, when they are 11 years old. Such children are below the age of political responsibility. They should not be pressing neighbours to fight world hunger any more than they should be carrying placards at anti-war rallies. This is not giving children a “voice”; it is using them as props.

The origins of trick-or-treating for Unicef lie in the early cold war period. Mary Emma Allison, wife of a Presbyterian minister, saw her children collecting candy and mused: “It´s too bad we can´t turn this into something good.” Her daughter told the Chicago Sun-Times years ago: “She saw Halloween as a wasted opportunity.” How American: it cannot be a big day unless cash changes hands.

But Halloween is neither a piece of property nor a means to enhance America´s reputation for openheartedness among the nonaligned nations nor any other kind of “opportunity”. It is just a holiday. It may not be everybody´s cup of tea – although the speed with which trick or treating has spread to France, Britain, Ireland and elsewhere indicates people like it a great deal. Halloween is a particular kind of pre-modern celebration. It is one day of the year when young children are allowed to enter the houses of neighbours after dark and demand their food and drink. It is a bit of a trial run for being an adult.

And this makes Unicef collecting a terrible lesson in manners. One should not browbeat people while accepting their hospitality, especially not in the name of a political institution. Granted, it is hard to pin down to what extent bodies such as Unicef constitute “government”. But they should probably not be spending money provided by world taxpayers in order to ask those same taxpayers for more money – with the implicit threat that neighbours´ children will see them as heartless misers.

There is a risk of ostentation in all charities. This one is more ostentatious than one would wish for teaching kids about giving. It advertises the social conscience of the collector – or the collector´s parents – in front of classmates. Like “bundling”, the US political campaign practice in which influential supporters get to “deliver” to the candidate the contributions of those (often dependent employees and business associates) they have bullied into paying up, it uses resources from several households to win kudos for one ringleader.

This year, teachers who promote Unicef in their classrooms can compete for prizes, including trips to Tanzania. Unicef permits sponsors to use its logo, and it has, at global or country level, partnered with clothing retailer Hennes & Mauritz, American Airlines, confectioner Cadbury and FC Barcelona, the football team. In the US, the Home Shopping Network is the most prominent private-sector sponsor of the Halloween drive. One need not be “soft” on world hunger to point out that there are parties to this transaction other than Unicef and the kids who provide its public face.

It appears to have become a US model, though. One is hounded for charity everywhere, and by means ever more high-tech. Pin pads at drugstores and supermarkets ask if the customer wants to donate $1or $5 or $20 to fight breast cancer. Electricity bills solicit funds to fight illiteracy. The idea seems to be spreading among the philanthropically minded that, if their cause is noble enough, they are practically entitled to other people´s money. This makes it harder to distinguish between the motive of charity and the motive of peer pressure. Charity will not be the beneficiary in the long term.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.
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