Enero es para reducir las largas horas de trabajo, no el alcohol

25/01/2016 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Financial Times Español

 

La semana pasada, en un evento social para banqueros principales, me hallé en un círculo de seis hombres hablando de tonterías. Al mirar al grupo, noté que cinco tenían vasos de agua con gas, mientras que sólo uno se había unido a mí en aceptar una copa de champán ofrecido por un camarero vestido de frac.

Cometí el error de comentar sobre la abstinencia del grupo, lo cual resultó en una inconexa conversación sobre el enero seco de todo el mundo. Después de un rato, el hombre con la copa de champán declaró que él había dejado algo mucho más difícil que el alcohol.

Su resolución era abstenerse del trabajo excesivo, no sólo por 31 días, sino por el resto de su vida. Estaba harto de las reuniones inútiles y de enviar correos electrónicos a las 11 de la noche.

Durante las últimas tres semanas había logrado lo mismo que antes, pero en general había trabajado no más de siete horas al día… y había pasado el resto del tiempo divirtiéndose.

Aquí no hay nada extraordinario. Tiene un sentido perfecto. El trabajo se expande para llenar el tiempo disponible, y todo eso. Y él es lo suficientemente importante para dictar su propio horario.

La razón por la que me gusta tanto esta historia es que podría ser el motivo que yo esperaba. Durante las últimas dos décadas los profesionales excesivamente remunerados han estado atascados en un eterno invierno de trabajar a todas horas, y considerándolo no sólo normal sino impresionante.

Sin embargo, aquí estaba alguien en la cima de una competitiva industria con excesivo trabajo, tratando de lucirse frente a sus compañeros no diciendo lo mucho que trabajaba sino lo poco.

Es posible que esto sea el principio de algo grande. Bertrand Russell y John Maynard Keynes pronosticaron ambos esto en la década de 1930. Ha tardado mucho tiempo en llegar pero quizás por fin está sucediendo.

El año pasado, pasé un par de meses preparando un documental en la radio sobre el trabajo excesivo. Salí a entrevistar a personas que habían escogido trabajar todo el tiempo y expertos que han estudiado el fenómeno.

Lo que descubrí fue más o menos lo que esperaba: que los profesionales trabajan largas horas por cuatro razones.

Algunos lo hacen por competitividad o por estar a la par con sus colegas. Algunos lo hacen porque son ineficientes y pasan tanto tiempo en el trabajo distrayéndose con el ordenador que tienen que quedarse tarde para terminar sus tareas. Unos pocos lo hacen porque les gusta la emoción que provoca el trabajo; puede ser mucho más fácil y más gratificante que la vida real. Pero casi todos lo hacen por lo menos en parte por el prestigio que lo acompaña. Somos lo que hacemos. Y cuanto más hacemos, más somos.

Algo que no esperaba, sin embargo, surgió de una entrevista con la autora Margaret Heffernan. Ella me dijo que en los círculos ejecutivos de la élite en EEUU las cosas están comenzando a cambiar. Al igual que es vulgar jactarse de cuánto consume uno, se está volviendo vulgar jactarse de cuántas horas se trabaja.

Existe una vanguardia, dijo ella, que está comenzando a hacer el tipo de alarde que hacía mi banquero. Pocas horas equivalen a un elevado prestigio.

En el momento me gustó su teoría, pero no veía indicios de que fuera verdad. Por ejemplo, lo que veía era a los amigos de mis hijos que comenzaban sus carreras en consultoría y derecho. No sólo parecían trabajar más horas que nunca, miraban con desprecio a cualquiera que dejara el trabajo a las 6 p.m. Pero ahora me pregunto si la Sra. Heffernan no tendría razón.

Durante años los empresarios en Suecia (un país que nunca fue fanático del excesivo trabajo) han estado experimentando con la jornada laboral de seis horas. Hay indicios de que los anglosajones adictos al trabajo lo están observando, aprobándolo en vez de verlo con superioridad. El periódico Independent la semana pasada publicó una encuesta preguntando si un experimento similar en Gran Bretaña haría a todo el mundo más productivo y más feliz.

Cerca de un 95 por ciento dijo que sí. Agent, una compañía de marketing en el Reino Unido, lo ha puesto a prueba en un experimento que acaba de sacarse en un artículo en la revista estadounidense Fast Company.

Yo misma he completado una prueba interesante examinando los perfiles de ejecutivos y abogados en un portal online de citas. A cada uno se le preguntó cuántas horas trabajaban por semana. No pude encontrar ni uno que admitiera trabajar más de 40 horas.

Por supuesto, una cosa es hacer alarde frente a potenciales relaciones (quienes presumiblemente no quieren salir con alguien que nunca deja la oficina) sobre cuánto tiempo libre tienen. ¿Pero y hacerlo con los colegas? ¿Mi banquero era un tipo raro o estaba al frente de las tendencias?

Mientras hablaba, estudié las caras de los que estaban bebiendo agua a quienes se dirigía. Uno bufó y dijo: “Buena suerte con eso”, pero los otros cuatro lo miraron con lo que parecía resentimiento mezclado con pura envidia. En otras palabras, su alarde funcionó magníficamente.

January is for cutting down on long hours, not alcohol

01/25/2016 | Lucy Kellaway (Financial Times) – Financial Times English

 

Last week, at a social event for senior bankers, I found myself standing in a circle with six men making small talk. As I looked around the group, I noticed that five were clutching tumblers of sparkling water, while only one had joined me in accepting a flute of cold champagne offered by a waiter in a tailcoat.

I made the mistake of remarking on the abstemiousness of the group — with the result that a desultory conversation struck up about everyone’s dry January. After a while the man with the champagne glass declared that he had given up something much harder than alcohol.

His resolution was to abstain from excessive work, not just for 31 days, but for the rest of his life. He was fed up with pointless meetings and of emailing at 11pm.

For the past three weeks he had achieved just as much as before but on average had worked no more than seven hours a day…?and spent the rest of his time enjoying himself.

There is nothing extraordinary about this. It makes perfect sense — work expands to fill the time available, and all that. And he is senior enough to dictate his own schedule.

The reason I make so much of this story is that it may be the swallow I have been waiting for. For the past two decades overpaid professionals have been stuck in an eternal winter of working round the clock — and seeing it not only as normal but as impressive.

Yet here was someone at the top of a competitive,workaholic industry, trying to make himself seem bigger in the eyes of his peers not by saying how much he worked but how little.

It is possible that this is the beginning of something big. Bertrand Russell and John Maynard Keynes both predicted this in the 1930s. It has been a long time coming but maybe it is happening at last.

Last year, I spent a couple of months making a radio documentary about overwork. I went around interviewing people who choose to work all the time and to experts who had studied the phenomenon.

What I found was roughly what I had expected: that professionals work long hours for four reasons.

Some do it out of competitiveness or to keep up with the Joneses. Some do it because they are inefficient and spend so much time at work cyber-skiving they have to stay late to get the job done. A few do it because they love the rush that comes from work — it can be so much easier and more gratifying than real life. But almost all do it at least in part for the status that goes with it. We are what we do. And the more we do, the more we are.

Something I didn’t expect, though, emerged from an interview with the authorMargaret Heffernan. She told me that in elite executive circles in the US things are beginning to change. Just as it is vulgar to boast about how much you consume, it is now becoming vulgar to boast about how long you work.

There is a vanguard of people, she claimed, who are starting to make the sort of boast my banker was making. Short hours equal high status.

At the time I liked her theory but saw no signs of it being true. Instead what I saw were the friends of my children starting out in consulting and the law. Not only did they seem to work longer hours than ever, they looked down on anyone who left work at 6pm. But now I’m wondering if Ms Heffernan might be right.

For years employers in Sweden (a country that was never a fan of overworking) have been experimenting with the six-hour day. There are signs that workaholic Anglo Saxons are looking on with approval rather than superiority. The Independent newspaper last week ran an online poll asking whether a similar experiment in Britain would make everyone more productive and happier.

About 95 per cent said it would. Agent, a marketing company in the UK, has even put it to the test in an experiment that has just had a rapturous write-up in the US magazine Fast Company.

I’ve completed an interesting test of my own, looking at profiles of executives, bankers and lawyers on a dating website. Each was asked to say how much they worked every week. I couldn’t find a single one admitting to working more than 40 hours.

It is, of course, one thing to be boasting to potential partners (who presumably don’t want to date someone who never leaves the office) about how much spare time they have. But what about to colleagues? Was my banker a weirdo or a trendsetter?

As he spoke, I studied the faces of the water-swilling men he was addressing. One snorted and said: “Good luck with that”, but the other four eyed him with what looked like resentment laced with pure envy. In other words, his boast worked magnificently.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Finanzas para Mortales with the authorization of “Financial Times”.
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