El valor añadido del español

José Luís García Delgado. Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Complutense.

El siglo XXI ha comenzado muy esperanzadoramente para los intereses del español como lengua global. Las cada vez más tenues fronteras para la producción y los intercambios de mercancías y para las transacciones financieras, y el despliegue incesante de la sociedad del conocimiento otorgan mayor utilidad y revalorizan a las lenguas de comunicación internacional; el español entre ellas. Es un fenómeno de alcance general, desde luego, pero en el caso del español los primeros pasos del nuevo recorrido secular están siendo especialmente prometedores. Tres acontecimientos recientes permiten afirmar lo que antecede con rotundidad; son de distinta naturaleza, pero su trascendencia —también desde la perspectiva económica— apunta en la misma dirección.

Novedades coincidentes
Uno es el formidable avance conseguido en la normativización consensuada, gracias al desarrollo del programa de política lingüística panhispánica desarrollado desde 1999 con la participación de las 22 corporaciones que integran la Asociación de Academias de la Lengua Española. Sus frutos son tangibles: el Diccionario panhispánico de dudas (publicado en 2005), la Nueva gramática de la lengua española (en 2009), la Ortografía de la lengua española (en 2010) y la ya inminente nueva edición del Diccionario de la lengua española (2013). Se trata de un hecho de naturaleza lingüística —homogeneidad que hace más atractivo el aprendizaje y facilita la comunicatividad, esto es, el entendimiento mutuo—, con efectos positivos sobre la expansión, la funcionalidad y, en definitiva, la economía del español en tanto que lengua de comunicación internacional.

La segunda novedad de gran alcance para la proyección del español con el que ha arrancado el siglo pertenece más bien al campo de la demolingüística, y atiende a la creciente penetración del español en dos extensos territorios de América: Estados Unidos y Brasil. En Estados Unidos la primera década de esta centuria ha sido testigo de un aumento de la población hispana que cabe calificar de histórico por su magnitud, un 43 por 100, mitad por inmigración, mitad por nacimiento, alcanzando un total de 50 millones en el censo de 2010, con la previsión de que antes del ecuador de la centuria, entre 2040 y 2050, uno de cada tres norteamericanos será de origen hispano. Y no hace falta elucubrar con la posibilidad —en todo caso, remota— de un bilingüismo “social” inglés-español; si el español consigue asentarse como segunda lengua de los Estados Unidos, tendrá también prácticamente asegurado ser la segunda lengua internacional durante todo el tiempo que se prolongue la preponderancia económica y la hegemonía política y militar de ese gran país. En Brasil, a su vez, el primer lustro de la nueva centuria ha visto promulgarse la ley que hace obligatoria, de manera gradual, la oferta del español en toda la enseñanza media, y opcional en los tres últimos cursos de la enseñanza primaria. Determinante apoyo oficial al español que está en consonancia con la declarada voluntad de liderazgo político y económico de Brasil en Suramérica. También en este caso la geopolítica, además de la economía, no se separa de la demolingüística.

Junto al agrandamiento del territorio físico y humano del español, hay que referirse, en tercer lugar, a ese otro ensanchamiento de fronteras convencionales que es la apertura y la internacionalización empresarial de España y de los principales países de la América hispana: México, Colombia, Perú, Argentina, Chile. Es un importante proceso de internacionalización de empresas que hablan español en sus matrices —con el Banco Santander a la cabeza—, que aumenta la consideración de esta lengua como lengua de negocios, elevando, en todo caso, su atractivo en los círculos de directivos y emprendedores de los países receptores de los proyectos productivos e inversiones.

Datos significativos

¿Qué valor económico cabe asignar a tal activo intangible? Pues se trata de un activo inmaterial, dotado de importantes externalidades, incapaz de ser apropiado en exclusividad por los agentes económicos que acceden a su uso, que carece de costes de producción —en tanto que lengua materna— y que no se agota al ser consumido. Son características que hacen de la lengua una suerte de bien público—bien público de club—, cuyo valor aumenta conforme crece el número de sus hablantes y conforme crece su capacidad para servir de medio de comunicación internacional.

La lengua, por lo demás, no se materializa —ni materializa su valor— en un único tipo o clase de bienes o de servicios. La lengua, en unas ocasiones, es la materia prima o insumo esencial de bienes que se producen o servicios que se prestan; en otras, aunque no sea su soporte esencial, constituye un recurso básico para la actividad de que se trate y se erige en una fuente de ventaja competitiva, facilitando la comercialización e intercambio de sus productos; en fin, la lengua también conforma actividades cuya razón de ser descansa en la provisión de la infraestructura necesaria para la comunicación humana.

Y no terminan aquí los conductos por los que una lengua aporta valor económico: en todas las actividades económicas, sin excepción, el recurrir a un idioma compartido por parte de los agentes implicados reduce los costes de transacción; esto es, los costes asociados a la fijación de las condiciones de todo contrato y a las garantías de su cumplimiento. La posesión de una lengua común y de cuanto ésta incorpora de pautas culturales, esto es, de cuanto transmite en términos de comprensión, confianza y reducción de la distancia psicológica entre los agentes, ayuda a reducir los costes de los flujos comerciales y financieros en el ámbito internacional, así como los asociados a la emigración; dimensión esta última que habrá de ser de la máxima importancia para una lengua, como el español, que abarca un gran condominio lingüístico.

Por todas estas razones, tan sumariamente expuestas, la lengua constituye un activo económico capaz de añadir valor y ayudar a competir; y tanto más cuanto mayor sea su condición de lengua internacional.

En la investigación que he codirigido para Fundación Telefónica, valor económico del español, se pone la atención precisamente en los efectos multiplicadores que tiene el español como lengua global. Las cifras obtenidas son contundentes. He aquí algunas a título de muestra:

• el español ha multiplicado por 3 la atracción de emigrantes de la América hispana hacia España en el período 1997-2007;
• el español multiplica por 4 los intercambios comerciales entre los países hispanohablantes, y
• compartir el español multiplica por 7 los flujos bilaterales de inversión directa exterior (IDE), actuando así la lengua común de potente instrumento de internacionalización empresarial: de hecho, para las multinacionales españolas los países de habla hispana han constituido durante los años noventa del siglo XX el gran “banco de pruebas”, el lugar de aprendizaje de la gestión internacionalizadora.

Buenas credenciales
El español, así pues, ha conseguido alcanzar hoy la posición de segunda lengua de comunicación internacional —tras el inglés— por número de hablantes maternos, pero también como lengua extranjera —por delante del francés y el alemán—, siendo también la segunda lengua de comunicación internacional en la Red. El español abre puertas, ensancha fronteras, salta océanos; el español, para quienes lo hablamos, nos facilita, de partida, un cierto estatus de internacionalidad, con todas las ventajas y potencialidades que ello supone en un mundo intercomunicado y en una economía globalizada.

Tiene pleno sentido, en consecuencia, pedir que, por parte de la política económica y de la política cultural en cada uno de los países hispanohablantes, al español se le considere como bien preferente, y que su promoción internacional se conciba como política de Estado con las prioridades que ello debe comportar dentro y fuera de las fronteras de los países en donde es lengua originaria. Para su enseñanza como lengua extranjera. Para su defensa como lengua de trabajo en foros internacionales y organismos multilaterales. Para apoyar a las industrias culturales que tienen al español como materia prima. Y a la hora, en fin, de potenciar el español como lengua vehicular en la “cultura superior” (Ortega) que es la ciencia.

Por José Luís García Delgado

Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Complutense. Ha sido Rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas y Director del proyecto de investigación “El valor económico del español” de la Fundación Telefónica.

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