El reto del buen gobierno de la empresa y la necesidad de la presión de la propiedad

Álvaro Cuervo García

Las exigencias del buen gobierno se centran en tres demandas: más información, más transparencia, más mercado y, si fuera posible, pocas leyes, pero que se apliquen eficaz y eficientemente.

El modelo de buen gobierno -enfoque financiero- dice tener como objetivos la alineación de los intereses de directivos y/o grupos de control con los accionistas, la minimización del riesgo de expropiación –al limitar conductas oportunistas-, y la generación de confianza en el sistema y de legitimidad de la empresa y los mercados. Con dicha finalidad se ha desarrollado una cultura de cumplimiento formal de unos supuestos principios con discutida o nula base científica, que generan murallas de papel y suponen una fructífera línea de negocio para consultoras y auditoras.

Ante tanta lógica financiera y formalismos de códigos nos hemos olvidado de que la razón de ser del gobierno de la empresa es la de crear valor, es decir identificar oportunidades de inversión, asumir riesgos y responsabilidades. Las empresas se deben juzgar por sus resultados en el mercado con transparencia e información; no por el cumplimiento formal de supuestas recomendaciones de buen gobierno.

Por ello, lo relevante en el gobierno de la empresa es el desarrollo de la función emprendedora, asegurar el apoyo de agentes con recursos e integrar a todos los participes en la empresa. Igualmente, es muy importante la presión de la propiedad y la exigencia de responsabilidades en el gobierno de las empresas. Una parte importante de nuestras cajas de ahorros se ha evaporado –se decía que tenían un fin social y muchas se proyectaron como bancos de desarrollo regional-. Ahora nadie es responsable de la desaparición de casi el cuarenta por ciento del sistema financiero (ni reguladores, ni supervisores, consejos o dirección). Todo se explica por el entorno sin autocrítica ni exigencias de responsabilidad, en lo que puede ser una lógica consecuencia de lo que mi abuelo no deseaba, “una casa sin amo”. La creación de riqueza empresarial depende en buena medida del buen funcionamiento de las instituciones, las normas y los valores de la sociedad; volvamos a lo simple, la información y la transparencia, la creación de oportunidades y la toma de riesgos como elementos centrales de la acción empresarial. Debemos de rencontrar el valor económico de la confianza, la ética y el sentido de la responsabilidad, que reducen el oportunismo y aumentan la eficiencia.

Vivimos en una sociedad que ha valorado, en exceso, la ganancia rápida. Las operaciones financieras singulares, el coste de capital negativo y la disponibilidad ilimitada de fondos han sido un velo que impidió ver el riesgo y llevó a inversiones sin futuro. Igualmente, hemos vivido de negocios basados en relaciones con la administración, recalificaciones, concesiones, sin que se desconozcan las consecuencias que estas aptitudes encierran: culto al corto plazo a los buscadores de rentas. Todo ello lejos de la cultura de empresa que es un proceso incremental que requiere tiempo y esfuerzo, innovación y creatividad y la tensión de los mercados abiertos.

Nadie quiere enfrentarse al mercado y sus consecuencias (quiebras, exigencias de responsabilidad). Las cosas se han hecho mal, con expansiones basadas en la disponibilidad de dinero fácil, inversiones con escaso o nulo estudio previo, o márgenes mantenidos gracias a falta de competencia en los mercados, una auténtica febre d’or. Por ello, lo primero que seria de esperar es la autocrítica y una responsabilización de las consecuencias, no trasladarlas a la sociedad. Ante la crisis actual se constata que la sociedad civil, los líderes empresariales no ven posible sobrevivir sin la ayuda del Estado. Ello implica negar la razón de ser de la sociedad civil.

La futura –y presente- creación de riqueza se sustentan sobre las capacidades empresariales, que permiten percibir oportunidades, reconfigurar el conocimiento disponible y diseñar nuevas formas de organización y de modelos de negocio., donde la flexibilidad y la cooperación sean cruciales.

Ante la crisis, hay que tener rigor y mirar de frente los problemas. Ni el pesimismo, ni el entorno son justificaciones para no hacer. Tampoco debemos demandar soluciones unidas a aplazamientos del ajuste, subvenciones, precios regulados o transferencia a las generaciones futuras de nuestras ineficiencias para mantener actividades y empresas.

Se debe huir de la tentación de legislar sobre cómo deben ser dirigidas las empresas, e imponer por ley lo que es propio de los mecanismos disciplinarios del mercado. Por el contrario, la transparencia y la información no sólo permiten que el mercado valore la empresa sino que ponen coto a los excesos y permiten exigir responsabilidades y castigar comportamientos inadecuados.

Sobrevivir –y crecer- exige sensibilidad, cohesión y responsabilidad con el entorno, explorar oportunidades de negocio, reconfigurar conocimientos, “seguid buscando, no os conforméis”, “seguid hambrientos”, “seguid locos” pedía Steve Jobs a los graduados de Stanford. La solución no vendrá con lamentaciones ni pesimismos que terminan demandando apoyos públicos, ni con el rechazo a los cambios, a las nuevas formas de hacer para enfrentarse al futuro.

Por Álvaro Cuervo García

Catedrático de Economía de la Empresa de la Universidad Complutense de Madrid y anteriormente de la Universidad de Oviedo. Director del Colegio Universitario de Estudios Financieros (CUNEF), centro adscrito a la Universidad Complutense. Premio Rey Jaime I de Economía en 1992. Doctor Honoris Causa por varias universidades. Está considerado como maestro de la principal corriente académica de Economía de la Empresa de la universidad española. Su presencia en el mundo empresarial y financiero es muy destacada, como consejero y asesor de importantes empresas y entidades.

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