El Reino Unido va por la senda equivocada de la recuperación económica

10/09/2013 | John Plender – Financial Times Español

¿Por qué toda esta alegría por la economía del Reino Unido? Datos recientes son, y es cierto, modestamente esperanzadores y efectivamente una recuperación está en proceso. Pero gracias a la austeridad impulsada por el Ministro de Hacienda todavía no está donde estaba hace cinco años. En el primer trimestre de este año la Oficina Nacional de Estadística estimaba que el crecimiento del PIB era 3,9 por ciento más bajo que en el primer trimestre del 2008 antes de que llegara el torbellino financiero. Igualmente desesperanzador es que el R. U. se ha embarcado de nuevo en el camino equivocado de la recuperación.

Después de que la burbuja inmobiliaria alimentada por el crédito explotara, era clara la necesidad de redirigir la economía lejos del consumo y orientarla hacia las exportaciones y la inversión. Pero de hecho poco se ha reorientado hasta ahora. De hecho el consumo está guiando a la recuperación y está siendo financiado por la reducción de los ahorros de los hogares. En el primer trimestre los ahorros de los hogares estaban en promedio en su punto más bajo desde 2009. Los programas gubernamentales de Fondos para préstamos y Ayuda a la compra están dando a la recuperación un notable impulso. Este impulso aumentará cuando la quijotesca segunda fase de Ayuda a la Compra se amplíe a las propiedades de segunda mano.

La manera lógica de ayudar a los que por primera vez compran casas es bajar los precios de las viviendas a niveles asequibles. Desgraciadamente esto no se puede hacer sin amenazar la solvencia del todavía inestable sistema financiero. En su lugar tenemos a la vista otro aumento en el precio de las viviendas – sin duda lo que mejorará las perspectivas electorales de los Conservadores – junto con continuos déficits de comercio exterior, sub inversiones en industria y una “solución” a la deuda acumulada que requiere que los hogares se endeuden aún más.

El problema con esta muy británica obsesión por la propiedad es que daña la estructura de la economía. Mientras suben los precios de las casas, el efecto riqueza anima a los propietarios a gastar más, lo que aumenta el tamaño del sector servicios. Los trabajadores son expulsados del sector servicios mientras aumenta la demanda de mano de obra en el sector servicios. El problema es que el crecimiento de la innovación y la tecnología son más bajos en el área de servicios que en el sector de la industria. En efecto, las burbujas inmobiliarias animan la desindustrialización y reducen el crecimiento potencial de la economía.

Lo que empeora esto es que la obsesión con la propiedad abunda también en el sector bancario. Los bancos del R.U. confían más en una propiedad como colateral que los de otros lugares. Así es que si los bancos no confían en el mercado inmobiliario, dan menos crédito para financiar una recuperación. Si los bancos requieren que los emprendedores avalen los préstamos con viviendas el sector de las pequeñas empresas también necesita un creciente mercado inmobiliario para prosperar y generar empleos.

Reestructurar la economía se hace más difícil por la cultura del mercado de capital anglosajón. Cuando los fabricantes del R.U. tienen el beneficio de una devaluación tienden a responder al incremento de demanda subiendo los precios, en lugar de aumentar su cuota de mercado. Esto aumenta los beneficios a corto plazo, en los cuales se basan los incentivos de los ejecutivos y anima a los administradores de fondos de inversión que tienen una estrecha visión financiera cortoplacista de desempeño corporativo. Pero hay, naturalmente, un coste a largo plazo.

En todo esto hay un fuerte sentimiento de deja-vu. Recuerdo que durante la recesión de principios de los años 1970 un alto cargo del Tesoro respondió a la quejas sobre una falta de inversión en el R.U. preguntando de qué otra manera se iba a iniciar una recuperación si no era a través de un aumento en el consumo. Y siendo justos con el canciller, George Osborne, esa observación tiene la misma validez ahora. El sector público se está contrayendo. El ambiente externo es triste, con la eurozona batallando y los mercados emergentes ralentizándose de manera aguda. El Sector manufacturero aporta solo el 11 por ciento del PIB, por lo que hay límites sobre lo que puede aportar aún si las perspectivas de exportación fueran halagüeños. En esta fase de cambio las empresas están en la incertidumbre sobre el potencial de demanda de sus productos como para invertir de manera significativa.

Es tentador para los británicos, en este momento, echar un vistazo a Alemania con envidia, que se ha recuperado de la recesión de manera más vigorosa y donde las exportaciones han sido el motor del crecimiento económico. No solo la propiedad inmobiliaria es menor en Alemania; los precios de la vivienda han disminuido en términos reales durante la primera década del nuevo milenio. Aun así la obsesión alemana por las exportaciones es tan dañina como la obsesión de los británicos por la propiedad. Adam Posen, presidente del Instituto Petersen de Economía Internacional, justamente señaló en el Financial Times la semana pasada que la dependencia en la demanda externa ha privado a los trabajadores alemanes de lo que han ganado, y deberían ser capaces de ahorrar y gastar. La obsesión exportadora también ha distraído a los legisladores de la recapitalización de los bancos, la desregulación del sector de servicios y el incentivar la transferencia de capitales fuera de las industrias tradicionales.

A los británicos les gustan sus casas, a los alemanes sus exportaciones. A cada uno su propio veneno.

UK gets wrong kind of economic recovery

09/10/2013 | John Plender – Financial Times English

Why all the excitement about the UK economy? Recent data have, it is true, been modestly encouraging and a rebound is certainly under way. Yet thanks to the chancellor’s front-loaded austerity the economy is still not back to where it was five years ago. In the first quarter of this year the Office for National Statistics estimated that gross domestic product was 3.9 per cent lower than in the first quarter of 2008 before the financial whirlwind struck. Equally dispiriting is that the UK has once again embarked on the wrong kind of recovery.

After the credit-fuelled boom and bust in property there was a clear need to rebalance the economy away from consumption towards exports and investment. Very little rebalancing has actually happened. Instead consumption is driving the recovery financed in part by reduced household savings. In the first quarter the household savings ratio was at its weakest since early 2009. Giving the rebound a notable push are the government’s Funding for Lending and Help to Buy schemes. That push will be further increased when the quixotic second phase of Help to Buy is extended to existing properties.

The logical way to help first time buyers is to reduce house prices to more affordable levels. Unfortunately that cannot be done without threatening the solvency of a still shaky banking system. So instead we have the prospect of another house price inflation – no doubt very helpful for Tory election prospects – along with continuing trade deficits, under-investment in industry and a “solution” to an overhang of debt that requires households to take on more debt.

The trouble with this very British property obsession is that it damages the structure of the economy. As house prices rise, the wealth effect encourages homeowners to spend more, which inflates the size of the non-tradeable sector. Workers are sucked out of the tradeable sector as the demand for labour in the non-tradeable sector increases. The difficulty is that innovation and technological growth are lower in the non-tradeable area than in the tradeable sector. So, in effect, housing bubbles encourage deindustrialisation and reduce the growth potential of the economy.

What makes this worse is that the property obsession is rife in the banking sector too. UK banks rely more heavily on property collateral than those elsewhere. So if bankers are not confident about the housing market, they extend less credit to finance an upturn. Since banks require entrepreneurs to back their borrowings with housing collateral the small business sector also needs a rising housing market to prosper and generate jobs.

Rebalancing the economy is made more difficult by the Anglo-Saxon capital market culture. When UK manufacturers are given the benefit of a devaluation they tend to respond to increased export demand by raising prices rather than reaching for market share. This boosts the short-term profits on which executives’ incentive pay is based and cheers up all those fund managers who take a narrowly financial, short-term view of corporate performance. But there is, naturally enough, a long-term cost.

There is a strong sense of déjà vu in all this. I recall in the recession of the early 1970s a top Treasury official responding to complaints about under-investment in the UK by asking how else a recovery was going to start if not through increased consumption. And in fairness to the chancellor, George Osborne, that point can be made with equal validity today. The public sector is contracting. The external environment is dismal, with the eurozone struggling and emerging markets slowing down sharply. The manufacturing sector accounts for a mere 11 per cent of GDP, so there are limits to what it could do even if export prospects were rosy. At this stage of the upturn companies are too uncertain about potential demand for their products to increase investment significantly.

It is tempting for the British, at this point, to cast an envious glance at Germany, which has rebounded more strongly from the recession and where exports have been the chief motor of economic growth. Not only is home ownership much lower in Germany; house prices there fell in real terms over the first decade of the new millennium. Yet the German export obsession is arguably as damaging as the British property obsession. Adam Posen, president of the Petersen Institute for International Economics, rightly pointed out in the FT last week that dependence on external demand has deprived German workers of what they have earned, and should be able to save and spend. The export obsession has also distracted policy makers from recapitalising the banks, deregulating the service sector and incentivising the reallocation of capital away from old industries.

The Brits like their houses, the Germans their exports. To each, his own poison.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.
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