Donald Trump: Cómo las grandes repúblicas llegan a su fin

02/03/2018 | Martin Wolf (Financial Times) – Español

¿Qué significa el ascenso de Donald Trump? Es natural pensar en comparaciones con los demagogos populistas pasados y presentes. También es natural preguntarse por qué el Partido Republicano (GOP, por sus siglas en inglés) pudiera elegir un abusador narcisista como su candidato a presidente. Pero esto no se trata sólo de un partido, sino de un gran país. EEUU es la mayor república desde Roma; el bastión de la democracia; el garante del orden mundial liberal. El que el Sr. Trump se convirtiera en presidente sería un desastre global. Incluso si fracasa, ya ha hecho que lo impensable sea “decible”.

El Sr. Trump es un promotor de fantasías paranoicas, un xenófobo y un ignorante. Su negocio consiste en la erección de feos monumentos a su propia vanidad. No tiene experiencia en ningún cargo político. Algunos lo comparan con populistas latinoamericanos. También pudiera considerársele un Silvio Berlusconi estadounidense, aunque sin el encanto o la visión para los negocios. Pero Berlusconi, a diferencia del Sr. Trump, nunca amenazó con capturar y expulsar a millones de personas. El Sr. Trump carece completamente de las cualificaciones para ejercer el cargo político más importante del mundo.

Sin embargo, tal y como lo expresó Robert Kagan, un intelectual neoconservador, en una elocuente columna en el Washington Post, el Sr. Trump es también el “monstruo Frankenstein del GOP”. Él es, escribió el Sr. Kagan, el monstruoso resultado del “descontrolado obstruccionismo” del partido; de su demonización de las instituciones políticas; de su flirteo con la intolerancia; y de su “síndrome de locura con matices raciales” en relación con el presidente Obama. Él añadió que “se supone que debamos creer que la legión de personas “enojadas” de Trump están enojadas por el estancamiento de los salarios. No, están enojadas por todas las cosas por las que los Republicanos les han dicho que deben estar enojadas durante estos últimos siete años y medio”.

El Sr. Kagan tiene la razón, pero no va lo suficientemente lejos. No se trata de los últimos siete años y medio. Estas actitudes se vislumbraban en la década de 1990, con el juicio político llevado a cabo contra el presidente Clinton. De hecho, incluso se remontan a la oportunista respuesta del partido ante el movimiento de los derechos civiles en la década de 1960. Por desgracia, se han empeorado, no mejorado, con el tiempo.

¿Por qué ha sucedido esto? La respuesta es que una clase de donantes ricos — dedicada a los objetivos de recortar los impuestos y reducir el tamaño del Estado — obtuvo los “soldados” y los votantes que requería. Por lo tanto, esto es un “plutopopulismo”: el matrimonio de la plutocracia con el populismo derechista. El Sr. Trump encarna esta unión. Pero él lo ha hecho mediante el abandono parcial de los objetivos de la clase dirigente del partido — libre mercado, bajos impuestos, y un gobierno de menor tamaño — a la cual sus rivales económicamente dependientes permanecen aferrados. Eso le proporciona una ventaja aparentemente insuperable. La élite conservadora se queja de que el Sr. Trump no es un conservador. Precisamente. Lo mismo cabe decir de la base del partido.

El Sr. Trump es ofensivo. Sin embargo, en algunos aspectos, las políticas de sus dos principales rivales, los senadores Cruz y Rubio, son igualmente perjudiciales. Ambos proponen recortes de impuestos altamente regresivos, al igual que el Sr. Trump. El Sr. Cruz incluso desea regresar a un patrón oro. El Sr. Trump dice que los enfermos no debieran morir en las calles. El Sr. Cruz y el Sr. Rubio parecen no estar tan seguros.

Sin embargo, el fenómeno Trump no representa la historia de un solo partido. Representa la del país y, por lo tanto, inevitablemente la del mundo. Al crear la república estadounidense, los padres fundadores estaban conscientes del ejemplo de Roma. Alexander Hamilton argumentó en los Documentos Federalistas que la nueva república necesitaría de un “ejecutivo enérgico”. Él mismo indicó que la misma Roma, con su cuidadosa duplicación de magistraturas, dependía en los momentos difíciles de la concesión de poder absoluto, aunque temporal, a un solo hombre, llamado un “dictador”.

EEUU no tendría tal cargo. Al contrario, tendría un ejecutivo unitario: el presidente como monarca electo. El presidente cuenta con gran, aunque limitada, autoridad. Para el Sr. Hamilton, el peligro del poder desmesurado sería contenido por “en primer lugar, una debida dependencia en el pueblo; y en segundo lugar, una debida responsabilidad“.

Durante el siglo I a.C., la riqueza del imperio desestabilizó la república romana. Al final, Augusto, heredero del partido popular, puso fin a la república y se instaló como emperador. Lo hizo mediante la preservación de todas las formas de la república, pero prescindió de su significado.

Es imprudente suponer que las limitaciones constitucionales sobrevivirían a la presidencia de alguien elegido porque ni las entiende ni cree en ellas. El capturar y expulsar a 11 millones de personas es una enorme iniciativa coercitiva. ¿Sería posible detener a un presidente que ha sido electo para hacer tal cosa? Y, si es así, ¿quién lo haría? ¿Qué podemos interpretar del entusiasmo del Sr. Trump por las barbaridades de la tortura? ¿Encontraría a personas dispuestas a llevar a cabo sus deseos?

Para un líder decidido no es difícil hacer lo impensable recurriendo a las condiciones de emergencia. Tanto Abraham Lincoln como Franklin Delano Roosevelt hicieron cosas extraordinarias en tiempos de guerra. Pero estos hombres entendían el significado de los límites. ¿Lo entendería Trump? El ejecutivo “enérgico” del Sr. Hamilton es peligroso.

Fue el presidente ultraconservador Paul von Hindenburg quien convirtió al Sr. Hitler en canciller de Alemania en 1933. Lo que hizo que el nuevo dirigente fuera tan destructivo no fue sólo el hecho de que era un loco paranoico, sino también que gobernaba una gran potencia. El Sr. Trump puede que no sea el Sr. Hitler. Pero EEUU tampoco es la Alemania de Weimar. Es un país mucho más importante.

Puede que el Sr. Trump no logre ganar la nominación republicana. Pero, si la obtuviera, la élite republicana tendrá que hacerse algunas preguntas difíciles: tanto en relación a cómo sucedió esto, como en relación a cómo debe responder correctamente. Más allá de eso, el pueblo de EEUU tendrá que decidir qué tipo de ser humano quiere colocar en la Casa Blanca. Las implicaciones de esta elección para los estadounidenses y para el mundo serán extremadamente significativas. Sobre todo, puede que el Sr. Trump resulte no ser un caso único. Ya se ha materializado un “cesarismo” estadounidense. Y, hoy en día, parece ser un preocupante peligro real. Pero pudiera regresar en el futuro.

Donald Trump embodies how great republics meet their end

02/03/2018 | Martin Wolf (Financial Times) – English

What is one to make of the rise of Donald Trump? It is natural to think of comparisons with populist demagogues past and present. It is natural, too, to ask why the Republican party might choose a narcissistic bully as its candidate for president. But this is not just about a party, but about a great country. The US is the greatest republic since Rome, the bastion of democracy, the guarantor of the liberal global order. It would be a global disaster if Mr Trump were to become president. Even if he fails, he has rendered the unthinkable sayable.

Mr Trump is a promoter of paranoid fantasies, a xenophobe and an ignoramus. His business consists of the erection of ugly monuments to his own vanity. He has no experience of political office. Some compare him to Latin American populists. He might also be considered an American Silvio Berlusconi, albeit without the charm or business acumen. But Mr Berlusconi, unlike Mr Trump, never threatened to round up and expel millions of people. Mr Trump is grossly unqualified for the world’s most important political office.

Yet, as Robert Kagan, a neoconservative intellectual, argues in a powerful column in The Washington Post, Mr Trump is also “the GOP’s Frankenstein monster”. He is, says Mr Kagan, the monstrous result of the party’s “wild obstructionism”, its demonisation of political institutions, its flirtation with bigotry and its “racially tinged derangement syndrome” over President Barack Obama. He continues: “We are supposed to believe that Trump’s legion of ‘angry’ people are angry about wage stagnation. No, they are angry about all the things Republicans have told them to be angry about these past seven-and-a-half years”.

Mr Kagan is right, but does not go far enough. This is not about the last seven-and-a-half years. These attitudes were to be seen in the 1990s, with the impeachment of President Bill Clinton. Indeed, they go back all the way to the party’s opportunistic response to the civil rights movement in the 1960s. Alas, they have become worse, not better, with time.

Why has this happened? The answer is that this is how a wealthy donor class, dedicated to the aims of slashing taxes and shrinking the state, obtained the footsoldiers and voters it required. This, then, is “pluto-populism”: the marriage of plutocracy with rightwing populism. Mr Trump embodies this union. But he has done so by partially dumping the free-market, low tax, shrunken government aims of the party establishment, to which his financially dependent rivals remain wedded. That gives him an apparently insuperable advantage. Mr Trump is no conservative, elite conservatives complain. Precisely. That is also true of the party’s base.

Mr Trump is egregious. Yet in some respects the policies of his two leading rivals,Senators Ted Cruz and Marco Rubio, are as bad. Both propose highly regressive tax cuts, just like Mr Trump. Mr Cruz even wishes to return to a gold standard. Mr Trump says that the sick should not die on the streets. Mr Cruz and Mr Rubio seem to be not quite so sure.

Yet the Trump phenomenon is not the story of just one party. It is about the country and so, inevitably, the world. In creating the American republic, the founding fathers were aware of the example of Rome. Alexander Hamilton argued in the Federalist Papers that the new republic would need an “energetic executive”. He noted that Rome itself, with its careful duplication of magistracies, depended in its hours of need on the grant of absolute, albeit temporary, power to one man, called a “dictator”.

The US would have no such office. Instead, it would have a unitary executive: the president as elected monarch. The president has limited, but great, authority. For Hamilton, the danger of overweening power would be contained by “first, a due dependence on the people, secondly, a due responsibility”.
During the first century BC, the wealth of empire destabilised the Roman republic. In the end, Augustus, heir of the popular party, terminated the republic and installed himself as emperor. He did so by preserving all the forms of the republic, while he dispensed with their meaning.

It is rash to assume constitutional constraints would survive the presidency of someone elected because he neither understands nor believes in them. Rounding up and deporting 11m people is an immense coercive enterprise. Would a president elected to achieve this be prevented and, if so, by whom? What are we to make of Mr Trump’s enthusiasm for the barbarities of torture? Would he find people willing to carry out his desires or not?

It is not difficult for a determined leader to do the previously unthinkable by appealing to conditions of emergency. Both Abraham Lincoln and Franklin Delano Roosevelt did some extraordinary things in wartime. But these men knew limits. Would Mr Trump also know limits? Hamilton’s “energetic” executive is dangerous.

It was the ultra-conservative president Paul von Hindenburg who made Hitler chancellor of Germany in 1933. What made the new ruler so destructive was not only that he was a paranoid lunatic, but that he ruled a great power. Trump may be no Hitler. But the US is also no Weimar Germany. It is a vastly more important country even than that.

Mr Trump may still fail to win the Republican nomination. But, should he do so the Republican elite will have to ask themselves hard questions — not only how this happened, but how they should properly respond. Beyond that, the American people will have to decide what sort of human being they want to put in the White House. The implications for them and for the world of this choice will be profound. Above all, Mr Trump may not prove unique. An American “Caesarism” has now become flesh. It seems a worryingly real danger today. It could return again in future.


Copyright &copy “The Financial Times Limited“.

“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
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