¿Deberían Amazon y Google pagarnos por nuestros datos?

05/10/2018 | Gillian Tett (Financial Times)

Este mes, la poderosa Reserva Federal de Cleveland publicó numerosos tuits de forma constante sobre una de sus herramientas educativas, un juego gratuito online llamado “Escape from the Barter Islands!”. (Escapa de las islas de trueque). Está diseñado para enseñarles a los niños (y a los adultos) cómo funciona la economía, utilizando islas ficticias con naranjas, bananas, uvas, cocos, etc.

El mensaje implícito es que las sociedades primitivas (o islas) se ven obligadas a usar el trueque, ya que aún no han descubierto los placeres del dinero en efectivo, de las tarjetas de crédito, y otras formas de pago; sin embargo, una vez que estas economías “crecen”, recurren al dinero (y a los bancos centrales), volviéndose más eficientes. En lo que a herramientas de enseñanza se refiere, ésta es una oferta atractiva, y yo aplaudo a la Reserva Federal de Cleveland por haberla ideado. Sin embargo, hay un pequeño problema con el juego: realmente aún no hemos escapado del trueque.

El trueque sigue siendo parte de nuestra moderna economía cibernética. Tanto es así, de hecho, que no se puede esperar tener una conversación inteligente sobre cómo reformar a los titanes tecnológicos, o “Big Tech”, a menos que se empiece por reconocer su existencia. Para recapitular: muchas de las transacciones que se llevan a cabo online involucran dinero. Por ejemplo, si se descarga música de iTunes o se paga la factura de teléfono, habrá dinero involucrado. Pero si se intercambian mensajes con amigos, se navega por el Internet, se utiliza un servicio de mapas o se examina un sitio de compras, no existe un “pago” monetario.

A veces estas transacciones se describen como “gratuitas”. Pero ése es un nombre inapropiado. Lo que realmente está sucediendo es un intercambio que ocurre sin efectivo: las compañías de tecnología nos brindan valiosos servicios, pero también recopilan nuestros valiosos datos. No siempre lo notamos o lo medimos, ya que los economistas tienden a centrarse en las transacciones que involucran dinero o crédito. Pero este intercambio es crucial para la economía de Amazon, de Google y de Facebook, y cuanto más exijamos servicios personalizados, más prosperará este trueque.

Esta situación conlleva implicaciones más amplias y bastante oportunas, dado que los políticos en Washington esta semana se han metido de lleno en un debate sobre si regular las redes sociales; sus contrapartes en Bruselas amenazan también con controlarlas.

Hoy en día, es muy habitual que los políticos critiquen la forma en que los titanes tecnológicos han explotado a los consumidores tomando sus datos “gratuitamente” y luego abusando de esto. Estas preocupaciones son válidas. Una encuesta reciente realizada por el Centro de Investigación Pew indica que el 91% de los estadounidenses temen haber perdido el control de sus datos y el 64% desea que el gobierno introduzca más controles.

Pero si se quieren debatir soluciones reglamentarias, no sirve para nada hablar de la mitad de esta ecuación (los datos que obtienen las compañías tecnológicas); una forma mejor de enmarcar el problema es reconocer que se está produciendo un trueque, y luego preguntarse si los términos de intercambio son “justos” y, de no ser así, cómo pudieran mejorarse.

Existen formas en las que los consumidores pudieran obtener más poder. En este momento, yo sospecho que la mayoría de nosotros no queremos abandonar el comercio del trueque, ya que dependemos cada vez más de estos servicios “gratuitos”. De hecho, probablemente nos horrorizaríamos si nos viéramos obligados a pagarlos con dinero en efectivo. Pero es perfectamente posible imaginarse formas de otorgarles a los consumidores más poder de negociación. Los reguladores pudieran introducir mecanismos que les permitieran a los consumidores saber cómo se utilizan sus datos; de hecho, ésta es una de las ideas que Ed Markey, un senador demócrata de EEUU, está planteando actualmente.

Los consumidores podrían, y deberían, obtener una verdadera posibilidad de elegir con quién hacen trueques. Esto significa que los reguladores deben tomar medidas para garantizar que las grandes compañías no sean monopolios. Los reguladores europeos ya son conscientes de esto: en julio, a Google se le multó por 4,3 mil millones de euros por imponer condiciones anticompetitivas a las empresas que usaban el sistema operativo móvil Android. La semana pasada, la Comisión Europea (CE) anunció que estaba investigando a Amazon en relación con la manera en que usa los datos de sus comerciantes. Hasta ahora, los reguladores estadounidenses se han mostrado más reacios a intervenir.

Si se quisiera ser realmente radical, podría ser posible idear un sistema en el que los consumidores pudieran “poseer” sus datos y venderlos por un precio. De hecho, algunos empresarios en Silicon Valley están tratando de idear innovaciones que lograrían eso exactamente, creando una nueva forma de derechos de propiedad digital. Si esto ocurriera, le brindaría más transparencia al valor de la economía digital. Wibson, un mercado descentralizado de datos, estima que los datos que Facebook recolecta cada año valen, en promedio, 240 dólares por cada adulto estadounidense; otros han hecho estimaciones más altas y más bajas.

La logística técnica involucrada en la creación de derechos de propiedad digital sigue siendo extremadamente compleja. Y si las compañías tecnológicas empezaran a pagar en efectivo por los datos, inevitablemente darían un paso más: también cobrarnos por los servicios “gratuitos”. ¿A los consumidores les gustaría más esto? ¿O realmente prefieren el actual comercio de trueque? Nadie lo sabe con certeza. Pero me arriesgaría a apostar que este nuevo cibertrueque permanecerá vigente durante mucho tiempo. Tal vez la Reserva Federal de Cleveland debiera actualizar su herramienta educativa y usar datos en lugar de cocos.

Should Amazon and Google pay us for our data?

05/10/2018 | Gillian Tett (Financial Times)

Over the past month, the mighty Cleveland Federal Reserve has been sending out a steady stream of tweets about one of its educational tools, a free online game called “Escape from the Barter Islands!”. It’s designed to teach kids (and adults) about how the economy works, using a fictional island with oranges, bananas, grapes, coconuts etc.

The implicit message is that primitive societies – or islands – are forced to use barter, since they have not yet discovered the joys of cash, notes, credit cards and so on; but, once these economies “grow up”, they turn to money (and central banks), thus becoming more efficient. As teaching tools go, it is a catchy offering, and I salute the Cleveland Federal Reserve for coming up with it. However, I do have one issue with the game: we haven’t really escaped from barter.

As I wrote earlier this year, barter is very much still part of our modern cyber economy. So much so, in fact, that you cannot possibly hope to have an intelligent conversation about how to reform Big Tech unless you start by recognising its existence. To recap: many of the transactions you perform online involve money. For example, if you download music from iTunes or pay your phone bill, money will be involved. But if you exchange messages with friends, browse the internet, use a map service or peruse a shopping site, there is no monetary “payment”.

Sometimes these transactions are described as “free”. But that is a misnomer: what is really going on is an exchange that occurs without cash – tech companies give us valuable services but they also collect our valuable data. We do not always notice or measure this, since economists tend to focus on transactions that involve money or credit. But this exchange is crucial to the economy of Amazon, Google and Facebook, and the more we demand customised services, the more this barter thrives.

This state of affairs has wider and rather timely implications, given that politicians in Washington have dived into a debate this week about whether to regulate social media – and their counterparts in Brussels are threatening to clamp down too.

Today, it is popular for politicians to decry the way that Big Tech has exploited consumers by taking their data “for free” and then abusing this. These are valid concerns. A recent survey by the think-tank Pew Research Center suggests that 91 per cent of Americans are worried that they have lost control of their data and 64 per cent want the government to introduce more controls.

But if you want to discuss regulatory solutions it is no good simply talking about half of this equation (the data that tech companies grab); a better way to frame the issue is to recognise that a barter trade is occurring, and then ask whether the terms of trade are “fair” – and, if not, how they could be improved.

There are certainly ways that consumers could get more power. Right now, I suspect that most of us do not want to abandon barter trade, since we increasingly rely on these “free” services. Indeed, we would probably be horrified if we were forced to pay for them with cash. But it is perfectly possible to envisage ways to give consumers more bargaining power. Regulators could introduce mechanisms that let onsumers know how their data is being used; indeed, this is one idea currently being floated by Ed Markey, a Democrat senator.

Consumers could – and should – get real choice about who they barter with. This means that regulators need to take steps to ensure that big companies are not monopolies. European regulators are already keenly aware of this: in July, Google was fined €4.3bn for imposing anti-competitive terms on companies using the Android mobile operating system. Just last week, the European Commission announced it was investigating Amazon regarding how it uses its merchants’ data. So far, American regulators have been more reluctant to intervene.

If you wanted to be truly radical, it might be possible to devise a system where consumers were able to “own” their data and to sell it for a price. Indeed, some entrepreneurs in Silicon Valley are trying to devise innovations that would do precisely this, creating a new form of digital property rights. If this ever occurred, it would deliver more transparency to the value of the digital economy. Wibson, a decentralised data marketplace, estimates that the data Facebook harvests each year is worth, on average, $240 from every American adult; others have made higher and lower estimates.

The technical logistics of creating digital property rights remain extremely complex. And if tech companies did start paying cash for data, they would inevitably take another step: charging us for the “free” services too. Would consumers like that better? Or do they actually prefer the current barter trade? Nobody knows for sure. But I would hazard a bet that this new cyber barter will remain in place for a long time. Maybe the Cleveland FED should update its educational tool – and use data instead of coconuts.

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