De cómo las guerras pueden ser iniciadas por los libros de historia

18/03/2014 | Gideon Rachman – Financial Times Español

Cuando los políticos empiezan a reescribir el pasado deberías temer por tu futuro. En Rusia, Hungría, Japón y China, los recientes esfuerzos apoyados por los políticos para cambiar la historia en los libros de texto eran señales alarmantes de un nacionalismo creciente.

En enero Vladimir Putin presidió una reunión encargada de elaborar un nuevo libro de historia para su uso en las escuelas. El presidente ruso se quejó de que los actuales libros de texto son “basura ideológica” y “denigran el papel del pueblo soviético en la lucha contra el fascismo”. A él no le gusta que se sugiera que en 1945 los países del este de Europa fueran ocupados por la Unión Soviética. La versión de la historia que él prefiere es que la URSS salvó a estas naciones del fascismo.

La importancia política de esta disputa histórica quedó clara con la crisis con Ucrania. Moscú ha intentado de manera constante etiquetar al nuevo gobierno de Ucrania como “fascista”, argumentando que sus líderes son los herederos ideológicos de los ucranianos que lucharon junto con los nazis en contra de la Unión Soviética de Stalin. Esa versión de los hechos es la que se promueve intensamente en los medios rusos.

Irónicamente, la Rusia de Putin disfruta de buenas relaciones con Hungría – el único gobierno del ex bloque soviético que puede ser justamente acusado de adoptar una actitud inequívoca de extrema derecha. El movimiento conservador de Hungría, liderado por Viktor Orbán, parece apoyar la rehabilitación de Miklos Horthy, quien fuera el dirigente húngaro del periodo de entreguerras y que fue marcadamente autoritario y anti semítico. Numerosas estatuas de Horthy han sido erigidas a lo largo del país, así como una placa en Budapest. También hay esfuerzos para reescribir los libros de texto de historia para darles un tono más “patriótico”.

Como con Rusia, los vecinos de Hungría tienen razones para preocuparse por este brote de revisionismo histórico. Una de las razones por las que los derechistas húngaros miran afectuosamente a Horthy es que él creía en una “Gran Hungría” que algún día pudiera reclamar los territorios que el país había perdido al terminar la primera guerra mundial, un reclamo muy presente en los modernos nacionalistas húngaros.

Los esfuerzos nacionalistas para reescribir los libros de texto de historia también causan preocupación en Asia. Shinzo Abe, primer ministro japonés, ha sugerido que algunos libros de texto adoptan una visión demasiado “masoquista” de la historia del país. Esta sugerencia ha enfurecido a los gobiernos de China y Corea del Sur, los cuales aún antes de la llegada al poder del Sr. Abe llevaban tiempo quejándose de que los libros de texto japoneses minimizaban crímenes tales como la masacre de Nanjing de 1937 o el uso de esclavas sexuales por parte del ejército imperial japonés.

Pero Beijing tampoco es inocente con respecto al uso de la historia con fines nacionalistas. El presidente Xi Jinping desveló sus planes de una “gran renovación de la nación China” en un discurso pronunciado en el recientemente rediseñado Museo Nacional de Historia en Beijing. El edificio dedica acres de espacio a la invasión japonesa de China en los años 1930, así como a los crímenes de los británicos, franceses y otros extranjeros imperialistas que “asolaron a China como un enjambre de abejas”. Pero el museo nacional – como los libros de texto que utilizan los niños chinos – no dice nada de los millones que murieron bajo el régimen del partido comunista, ya sea en las hambrunas causadas por el “gran salto adelante” de Mao Zedong o durante la Revolución cultural. Un retrato de Mao cuelga todavía en la plaza Tiananmen. Para la indulgente Rusia de Putin que se permite ser revisionista, sería impensable (uno esperaría) que un retrato de Stalin estuviera permanentemente expuesto en la Plaza Roja. El objetivo de la versión oficial de la historia es obvio: dirigir la angustia popular hacia el exterior, a los vecinos de China, en lugar de al interior hacia su propio gobierno.

Incluso el Reino Unido ha tenido controversias acerca de la historia que se enseña en las escuelas. Michael Gove, secretario de educación, ha provocado duras críticas por parte de reconocidos historiadores por sugerir que a los niños se les enseña una visión negativa de la primera guerra mundial. El Sr. Gove sostiene que se les debería enseñar que fue una defensa justificada de la libertad, y no un simple e inútil derramamiento de sangre.

Esto ilustra que no hay nada inusual en los esfuerzos de los líderes políticos – incluyendo a Putin o Abe – en tratar de influenciar la manera en que la historia de la nación es enseñada y recordada. Pero hay que señalar importantes diferencias entre el debate legítimo y la utilización del pasado con malos fines políticos.

La primera, a los políticos nunca se les debería permitir el negar hechos históricos. El Sr. Gove puede argumentar si la primera guerra mundial fue un conflicto justo. Pero no está intentando negar que la batalla del Somme se llevara a cabo, de la misma manera en que algunos nacionalistas japoneses, cercanos al Sr. Abe, han negado que la masacre de Nanjing haya ocurrido.

La segunda diferencia importante es entre animar el debate – y el acallarlo. Es triste y siniestro que algunos nacionalistas rusos continúen promoviendo una visión positiva de Stalin. Pero esa visión del estalinismo es mucho más peligrosa cuando se convierte en la versión oficial de la historia, y no encuentra oposición a ser promovida en las escuelas y los medios.

Los políticos, así como los académicos o los ciudadanos, tienen derecho a expresar su visión de la historia de su país. Pero el abuso del poder político para imponer una sola y autorizada versión de la historia en las escuelas y los medios de la nación es cuando la educación cruza la línea y se vuelve lavado de cerebro. Como estamos viendo en la Rusia actual, un público atrapado en la versión nacionalista de la historia puede ser algo peligroso.

How wars can be started by history textbooks

03/18/2014 | Gideon Rachman – Financial Times English

When political leaders start rewriting the past you should fear for the future. In Russia, Hungary, Japan and China, recent politically sponsored efforts to change history textbooks were warning signs of rising nationalism.

In January Vladimir Putin presided over a meeting designed to produce a new standardised history book for use in schools. The Russian president complained that many current textbooks are “ideological garbage” and “denigrate the Soviet people’s role in the struggle with fascism”. He dislikes the suggestion that the countries of Eastern Europe were occupied by the Soviet Union in 1945. His preferred vision of history is that the USSR saved these nations from fascism.

The political significance of this historical dispute became clear in the crisis over Ukraine. Moscow has consistently attempted to tar the new government of Ukraine as “fascist”, arguing that its leaders are the ideological heirs of the Ukrainians who fought with the Nazis against Stalin’s Soviet Union. That version of events is now being energetically promoted by the Russian media.

Ironically, Mr Putin’s Russia enjoys warm relations with Hungary – the one government in the former Soviet bloc that could justly be accused of adopting a dangerously equivocal attitude to the history of the far right. Hungary’s conservative government, led by Viktor Orbán, seems to be encouraging the rehabilitation of Miklos Horthy, Hungary’s authoritarian and anti-semitic leader of the interwar years. Several statues to Horthy have been erected around the country, as a well as a plaque in Budapest. Efforts are also under way to rewrite school history textbooks to give them a more “patriotic” tone.

As with Russia, Hungary’s neighbours have reason to be concerned by this outbreak of historical revisionism. One of the reasons that some of the country’s rightists look kindly on Horthy is that he was a believer in a “Greater Hungary” that would one day reclaim the territories that the country had lost after the First World War, a cause that remains dear to modern Hungarian nationalists.

Nationalist efforts to rewrite history textbooks are also cause for concern in Asia. Shinzo Abe, Japan’s prime minister, has suggested some school textbooks adopt too “masochistic” a view of the country’s history. This suggestion has outraged the governments of China and South Korea, which even before Mr Abe’s advent had long complained that Japanese textbooks play down crimes such as the Nanjing massacre of 1937 or the use of sexual slaves by the Japanese imperial army.

Yet Beijing is itself hardly innocent of the abuse of history for nationalist purposes. President Xi Jinping unveiled his plans for the “great rejuvenation of the Chinese nation” in a speech given at the recently redesigned National History Museum in Beijing. The building devotes acres of space to the Japanese invasion of China in the 1930s, as well as the crimes of the British, French and other foreign imperialists who “descended on China like a swarm of bees”. But the national museum – like the textbooks that teach Chinese children – is virtually silent on the many millions who died under the rule of the Communist party, whether in the famines caused by Mao Zedong’s “great leap forward” or during the cultural revolution. A portrait of Mao still hangs over Tiananmen Square. For all the revisionism indulged in by Mr Putin’s Russia, it would be unthinkable (one hopes) for a portrait of Stalin to be on permanent display in Red Square. The point of the official version of history is obvious: to direct popular anger outwards, at China’s neighbours, rather than inwards towards its government.

Even Britain has experienced a controversy about the history taught in schools. Michael Gove, education secretary, has provoked fierce criticism from some eminent historians by suggesting children are being given an overly negative view of the First World War. Mr Gove argues they should be taught that it was a justified defence of freedom, and not just a futile bloodletting.

This illustrates that there is nothing unusual in the efforts of political leaders – including Mr Putin or Mr Abe – to try to influence the way their nation’s histories are taught and remembered. But there are still important distinctions to be made between legitimate debate and the politicised misuse of the past.

First, politicians should never be allowed to deny historical facts. Mr Gove may argue that the First World War was a just conflict. But he is not attempting to deny that the battle of the Somme took place, in the way that some Japanese nationalists, close to Mr Abe, have denied that the Nanjing massacre ever occurred.

The second important distinction is between encouraging debate – and shutting it down. It is sad and sinister that some Russian nationalists continue to promote a positive view of Stalin. But that view of Stalinism is much more dangerous if it becomes the unchallenged, official version of history, promoted in schools and on the media.

Politicians, like academics or ordinary citizens, will naturally have competing views about how to view their national history. But the abuse of political power to impose a single, authorised version of history on a nation’s schools and mass media is when education crosses the line into brainwashing. As we are seeing in Russia today, a public in the grip of a nationalist version of history can be a dangerous thing.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.
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