Dani Rodrik

Cándido Pañeda. Catedrático de la Universidad de Oviedo.

Se llama Dani y es un tanto travieso pues, aunque es un hombre de orden, anda por la vida rompiendo moldes. No es un crío, pero está hecho un chaval, pues nació en Turquía en 1957. Se licenció en Harvard y posteriormente continuó estudios (master) en Princeton. Las matemáticas no eran su fuerte y ello estuvo a punto de costarle su admisión al doctorado en Economía en dicha Universidad. Afortunadamente, el profesor Peter Kenen inclinó la balanza de su parte y terminó doctorándose bajo la dirección de Avinash Dixit, uno de los economistas que mejor habla el lenguaje de las matemáticas. En la actualidad es profesor en la Universidad de Harvard, en la Kennedy School of Government (KSG), donde enseña e investiga sobre las cuestiones de economía internacional y desarrollo desde la perspectiva de la denominada Economía Política Internacional, un enfoque consistente, básicamente, en centrarse en las interdependencias entre la política y la economía, dándole preferencia al contenido sobre la forma.

LAS ESTRATEGIAS DEL CRECIMIENTO ECONÓMICO DE DANI RODRIK. Por Cándido Pañeda, Catedrático de la Universidad de Oviedo

Su libro y su gente

Si se le obliga a elegir un libro se decanta por uno de los más inteligentes que se han escrito en las últimas décadas en las ciencias sociales: el titulado “Micromotivos y macroconducta” en el que Thomas Schelling se enfrenta a uno de los problemas clásicos de las ciencias sociales, esto es, cómo se construye lo agregado (lo macro; por ejemplo, el ambiente apasionado de un partido de fútbol) partiendo de lo individual (lo micro; los aficionados uno a uno, gente en general bastante tranquila cuando están solos). Sin duda alguna, esta preferencia revela su amplitud de miras, que también se pone de manifiesto en la lista de economistas que (además del ya citado Peter Kenen) han influido en su trayectoria: desde los grandes clásicos del desarrollo como el antillano Arthur Lewis o el alemán Albert Hirschman hasta modernos de la economía internacional como el hispano Carlos Díaz Alejandro (“quien sigue siendo uno de mis gurús en el terreno intelectual”, “un economista de extraordinarias intuiciones y un maravilloso escritor, lo cual es una muy, muy rara combinación”), los norteamericanos (de nación, pues de pación lo son prácticamente todos los citados) Bill Branson, Gene Grossman (maestros en Princeton) o Raymond Vernon (avanzado de las multinacionales y de la globalización, quien confió en él y le llevó a la KSG) o el indio Avinash Dixit, ya citado, cuya clarividencia siempre le persigue (cuando termina un trabajo, siempre se pregunta ¿qué diría Dixit de esto?).

Su método
Aunque las matemáticas no son su fuerte y no las utiliza en muchos casos, es perfectamente consciente de la necesidad de los modelos matemáticos en el análisis económico, ya que “son una herramienta que garantiza que tus conclusiones se derivan de tus premisas”. Además, y esto es tan o más importante que lo anterior, sirven para llevarnos por nuevos caminos, hacia nuevas ideas: “No es habitual que un modelo vaya por donde uno pensaba que iría. Los modelos me enseñan siempre alguna cosa porque permiten apreciar que faltaba algo en mi razonamiento previo o, como suele ocurrir a menudo, llevan a un resultado nuevo en el que no había pensado”. Es decir, las matemáticas le sirven para precisar el razonamiento y para enriquecerlo con nuevas hipótesis. Ahora bien, a Rodrik no le gustan los modelos que sirven para congelar los hechos que no le gustan al autor que los elabora y, frente a ellos, usa los modelos que no abusan de la realidad: “soy partidario de la modelización que se adapta a los problemas del mundo real y se deja conducir por ellos”. Al final, su última justificación para utilizar las matemáticas es que sirven para compensar nuestras limitaciones: “a veces se malinterpreta nuestra utilización de la modelización matemática: no la empleamos porque seamos muy inteligentes, sino porque no lo somos en un grado suficiente. Si fuéramos suficientemente inteligentes, podríamos ver si el razonamiento estaba completo y era coherente e internamente consistente, y todas sus implicaciones. Es precisamente porque no podemos hacer todo esto sin formularlo en ecuaciones que las empleamos”.

Su diagnóstico
En todo caso, lo que nos debe importar son las conclusiones a las que llega y las bases que las sustentan, con el fin de ver si el travieso de Dani nos ayuda a entender mejor el problema del desarrollo, que afecta a los países pobres y, también, aunque sea con otros matices, a las regiones que deben realizar un cambio estructural y que, consecuentemente, deben esforzarse más de lo habitual si quieren crecer. En este sentido, el punto de partida es el denominado “Consenso de Washington”. El padre de esta denominación (John Williamson la trajo al mundo en 1990) la formuló, en principio, en unos nueve puntos (entre otros, disciplina fiscal, liberalización del comercio internacional, privatización y desregulación). En definitiva, un programa liberal que, por la magia de los números y sin habérselo propuesto inicialmente, redondeó con un décimo mandamiento muy diferente de los anteriores, de carácter institucional, cual es el de garantizar los derechos de propiedad. Así, por una cuestión estética (diez mandamientos en vez de nueve), Williamson nos plantea un consenso de mucho mercado (nueve puntos) y una gota (un punto) de instituciones. El Consenso de Washington evolucionó y dio lugar al Consenso de Washington ampliado (plus), en el que las instituciones adquieren mucha mayor importancia (a los puntos anteriores se unen, por ejemplo, otros relacionados con la gobernabilidad de las empresas, la flexibilidad del mercado de trabajo, la independencia de los bancos centrales, la necesidad de atajar la corrupción, el respeto de los acuerdos internacionales, o la importancia de contar con redes de seguridad y con sistemas de reducción de la pobreza). La segunda versión era, sin duda, más completa y mejor que la primera y de ahí hubiera mucho más consenso respecto a la versión ampliada del Consenso, pero, al decir de Rodrik, se cometió un grave error al ponerla en práctica. Un error tan grave que ha llevado a que la calificara de “impracticable, inapropiada e irrelevante”. La idea era buena pero no funcionó porque se consideró que el consenso respecto a los objetivos obligaba inevitablemente a seguir el mismo camino para lograrlos. Dicho de otra manera, había un único objetivo (el Consenso de Washington ampliado) y, supuestamente, un único camino para lograrlo y esto último no era cierto. Los hechos demuestran, según Dani Rodrik, que los que siguieron el camino más ortodoxo, dictado por el pensamiento que se declaraba como único, no crecieron gran cosa (Latinoamérica en general) y que otros que fueron más heterodoxos y optaron por el consejo de Sinatra y decidieron transitar por su propio camino (desde China a Chile) obtuvieron mejores resultados. La razón de esta anomalía es clara: el medio (el espacio económico considerado y sus instituciones) en el que se aplican las políticas es relevante y, por ello, las mismas políticas en distintos medios llevan a resultados diversos y distintas políticas en medios diferentes pueden llevar a los mismos resultados. Dicho de otra manera, no es cierto que haya un único camino, sino que hay estrategias en plural, diferentes vías para llegar a los mismos objetivos. No hay en este sentido pensamiento único que valga, sino que se requiere una cierta labor de artesanía porque precisamos mercado e instituciones y estas últimas se vinculan a la realidad considerada, son específicas de cada economía.

Su receta
El que haya más de una estrategia para crecer y que, por tanto y frente al intento de monopolizar la realidad que realiza el pensamiento único, reine el pluralismo no significa (y Rodrik insiste en este punto) que “todo vale”. Si, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, el político piensa que todos los caminos conducen a Roma terminará encontrándose (él o sus sucesores) con que el cartero siempre llama dos veces: la primera avisando y la segunda cobrando. En este sentido, el papel del científico (en este caso, el del economista) es modesto pero muy importante: se trata de reiterar dos lecciones básicas: una muy ortodoxa, muy clásica y estática, siempre repetida, cual es que los recursos son escasos y los usos alternativos y que hay costes de oportunidad; y otra más heterodoxa, más dinámica, menos citada (de ahí que la resalte Dani Rodrik), cual es que es necesario experimentar. Y como en el campo de lo social no se pueden hacer los experimentos con gaseosa, es preciso hacerlo con cautela, con un buen sistema de zanahorias (incentivos, políticas sectoriales incluidas) y palos (seguimiento de las políticas y su ratificación y rectificación o abandono en función de criterios claros), gestionado por funcionarios competentes (la capacidad de gestión puede ser determinante para el éxito o el fracaso y de ahí que Rodrik llame la atención sobre este aspecto) y consensuado por políticos que logren los adecuados marcos institucionales que hagan posible la innovación y, también, el abandono de las políticas que no funcionen.

A mi juicio, el mensaje central de Dani Rodrik es que, contra lo que señala el pensamiento único, hay más de un camino para la salvación; que hay que experimentar sin miedo (templanza) pero con un buen análisis económico a priori (prudencia) y con controles claros y contundentes a posteriori (fortaleza). Y la razón es que solo algunas de las estrategias teóricamente posibles se convierten en realidad, debido a que el resultado de las políticas depende en gran medida de la mayor o menor adecuación a la realidad considerada del marco institucional establecido (por acción o por omisión) para el logro de los objetivos planteados. En síntesis, Rodrik nos deja dos ideas: primera, se aprende a hacer las cosas haciéndolas (experimentando) y, segunda, las instituciones son específicas y son decisivas para crecer y cambiar las estructuras de una economía.

 

LNE, 25 de enero de 2004

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