Cuando los robots roban los empleos, los trabajadores merecen una compensación

18/01/2017 | John Thornhill (Financial Times) – Español

El destino, en gran parte olvidado, de los navegantes londinenses que transportaron pasajeros por el Támesis durante siglos antes de que las formas más rápidas de transporte les robaran sus empleos, parecería de poca importancia hoy en día.

Pero las lecciones del pasado a menudo pueden guiar las decisiones del futuro. Y mientras nos preocupamos por el aumento de los robots y el impacto de la inteligencia artificial, la historia de los taxis acuáticos de Londres puede enseñarnos algo sobre cómo aliviar el obstáculo causado por las nuevas tecnologías.

Durante muchos años, los navegantes de Londres eran los trabajadores más numerosos de la ciudad. Pero las quejas sobre sus prácticas abusivas obligaron al parlamento a aprobar una ley en 1514 para regular la profesión. Un acto adicional siguió en 1555 estableciendo la Company of Watermen (sociedad de navegantes).

Colin Middlemiss, el actual secretario de la organización, admite que algunos de sus predecesores probablemente se lo merecían. “Éramos bastante revoltosos”, comentó él. “No nos oponíamos a subir la tarifa en la mitad del río”. (Una práctica medieval extrañamente recurrente de las “tarifas dinámicas” de Uber hoy en día).

Pero además de proteger los derechos de los pasajeros, la sociedad funcionaba como un gremio de trabajadores, ayudando a preparar a los trabajadores del río y a defender sus medios de subsistencia.

En siglos posteriores, cada vez que un nuevo puente o túnel cruzaba el Támesis, la sociedad le solicitaba al parlamento que garantizara que los constructores compensarían a los navegantes por los ingresos perdidos. Incluso los constructores del Puente del Milenio, inaugurado en 2000, pagaron una suma simbólica a la caridad de la sociedad. El progreso tecnológico se compró por medio de un dividendo social. “Los navegantes siempre recibieron alguna forma de compensación”, comentó el Sr. Middlemiss. “A medida que la tecnología se desarrollaba, era una manera de solucionar un problema”.

En la actualidad tenemos un problema similar. Las fuerzas gemelas de la globalización y del trastorno tecnológico están volviendo obsoletos numerosos empleos tradicionales en los países desarrollados, de la misma manera en que la profesión de los navegantes desapareció en épocas anteriores.

Aunque ambas fuerzas generan un gran beneficio generalizado, también tienen como resultado en sufrimiento localizado. Algunos políticos han identificado ese sufrimiento como la causa de las convulsiones electorales que condujeron al voto a favor del Brexit en el Reino Unido y al triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de EEUU.

En una reciente publicación en el blog del Financial Times, el economista Gavyn Davies concluyó que la economía necesitaba urgentemente ponerse al día con esa política desbocada. “Cómo compensar a los perdedores de la globalización será la gran historia durante 2017”, escribió el Sr. Davies.

Algunos economistas argumentan que la solución más simple y radical sería proporcionar a todos los ciudadanos un ingreso básico universal, una ayuda financiera estatal garantizada que se pagara a todo el mundo, independientemente del trabajo, la riqueza o la contribución social.

Este año ha habido una renovada oleada de interés en la idea a medida que Finlandia y los Países Bajos han puesto en marcha experimentos localizados. En junio, Suiza incluso celebró un referéndum sobre si introducir una renta básica alrededor de 30.000 francos suizos (30.275 dólares) al año para todos los ciudadanos, pero fue derrotada por amplia mayoría. Algunas de las personas de Silicon Valley también respaldan la idea de un “dividendo digital”.

Los partidarios de la renta básica argumentan que impulsaría nuestras economías y revitalizaría nuestras sociedades, aumentando el poder de los ciudadanos para que tomen decisiones propias respecto a sus vidas. Este ingreso ayudaría a las personas a tener tiempo libre para criar a sus hijos, cuidar a los ancianos y formarse para otras profesiones. Sus opositores argumentan que la renta básica es demasiado simplista, costosa y está mal enfocada, y que desgastaría los vínculos entre el esfuerzo y la recompensa. Es, en el mejor de los casos, prematuro, si no extremadamente utópico. Los actuales estados de bienestar, adecuadamente ajustados, pueden proporcionar mecanismos de compensación más eficaces.

Un informe sobre el cambio tecnológico publicado la semana pasada por la Casa Blanca propuso una lista de alternativas más económicas que pudieran implementarse — en teoría — más fácilmente. El informe, “Inteligencia Artificial, Automatización y la economía”, recomendó elevar el salario mínimo; fortalecer el poder de negociación sindical; proveer viviendas más baratas para mejorar la movilidad laboral; desplazar los impuestos del trabajo al capital; y aumentar masivamente la financiación de la capacitación laboral y de la reeducación.

Destacando que la tecnología no era el destino, el informe argumentó que era prematuro abandonar la posibilidad de un casi pleno empleo. “El asunto no es que la automatización hará que la gran mayoría de la población no encuentre trabajo, escribió Jason Furman, presidente del Consejo de Asesores Económicos. “Más bien, es que los trabajadores carecerán de las habilidades o de la capacidad para corresponder con éxito con los buenos empleos de altos salarios creados por la automatización”.

La subida de los precios de las acciones en EEUU desde la elección del Sr. Trump sugiere que el capital, en lugar de la mano de obra, será el gran ganador de la nueva administración, a pesar de las promesas de campaña del presidente electo de ayudar a los trabajadores afectados en las comunidades de “El Cinturón del Óxido” (un área geográfica estadounidense anteriormente conocida por su poderoso sector industrial). De hecho, el candidato del Sr. Trump como secretario de trabajo es un gran fanático de los robots y un acérrimo crítico del salario mínimo.

La estrategia de la nueva administración parece ser permitir que la economía pase por enormes recortes de impuestos y aumentos de gastos, dejando que el “botín” se distribuya al azar, sin importar las consecuencias.

Sin importar cuál sea el resultado final, es difícil evitar la conclusión de que tarde o temprano, en aras de la estabilidad social, vamos a tener que encontrar maneras más inteligentes de compensar a nuestros capitanes de transbordadores.

When robots take jobs, workers deserve compensation

18/01/2017 | John Thornhill (Financial Times) – English

The largely forgotten fate of London’s watermen, who ferried passengers on the Thames for centuries before faster forms of transport stole their jobs, would seem of marginal relevance today.

But the lessons of the past can often inform the decisions of the future. And as we fret about the rise of robots and the impact of artificial intelligence, the history of London’s water taxis can teach us something about how to ease disruption caused by new technologies.

For many years, London’s watermen were the most numerous workers in the city. But complaints about their abusive practices forced parliament to pass a law in 1514 to regulate the trade. A further act followed in 1555 establishing the Company of Watermen.

Colin Middlemiss, present-day clerk of the company, admits some of his predecessors probably had it coming to them. “We were a fairly unruly lot,” he says. “We were not averse to putting up the fare halfway across the river.” (A medieval practice strangely reminiscent of Uber’s “surge” pricing today.)

But as well as protecting passengers’ rights, the company acted as a workers’ guild, helping to train river workers and defend their livelihoods.

In later centuries, whenever a new bridge or tunnel spanned the Thames, the company petitioned parliament to ensure the builders compensated the watermen for lost earnings. Even the builders of the Millennium Bridge, opened in 2000, paid a symbolic sum into the company’s charity. Technological progress was bought by means of a social dividend. “The watermen always got some form of compensation,” says Mr Middlemiss. “As technology developed it was a way to sort out a problem.”

We have a similar problem today. The twin forces of globalisation and technological upheaval are rendering many traditional jobs in developed countries obsolete, just as the watermen’s trade disappeared in earlier times.

Although both these forces bring much generalised gain, they also result in localised pain. That pain has been identified by some politicians as the cause of the electoral convulsions that led to the pro-Brexit vote in Britain and the triumph of Donald Trump in the US presidential elections.

In a recent FT blog post, the economist Gavyn Davies concluded economics urgently needed to catch up with that runaway politics. “How to compensate the losers from globalisation will be the big story in macro in 2017,” he wrote.

Some economists argue the simplest and most radical solution would be to provide all citizens with a universal basic income, a guaranteed state handout paid to everyone, irrespective of work, wealth, or social contribution.

There has been a renewed flurry of interest in the idea this year as Finland and the Netherlands have launched localised experiments. In June, Switzerland even held a referendum on whether to introduce a basic income of about SFr30,000 ($30,275) a year for all citizens but it was heavily defeated. Some of the Silicon Valley crowd also back the idea of a “digital dividend”.

Supporters of basic income argue it would boost our economies and revitalise our societies, empowering citizens to make their own life choices. It would help individuals take time off to raise children, care for the elderly, and retrain for other professions. Its opponents argue the basic income is too simplistic, costly and ill-targeted and would corrode the linkages between effort and reward. It is, at best, premature, if not wildly utopian. Properly adjusted, current welfare states can provide more effective compensation mechanisms.

A report on technological change published last week by the White House proposed a checklist of cheaper alternatives that could — in theory — be more easily implemented. “Artificial Intelligence, Automation, and the economy” recommended raising the minimum wage, strengthening union bargaining power, providing cheaper housing to improve labour mobility, shifting taxes from labour to capital, and massively increasing funding for job training and re-education.

Stressing that technology was not destiny, the report argued it was too soon to abandon the possibility of near-full employment. “The issue is not that automation will render the vast majority of the population unemployable,” wrote Jason Furman, chair of the Council of Economic Advisers. “Instead, it is that workers will either lack the skills or the ability to successfully match with the good, high paying jobs created by automation.”

Some of those ideas may gain a hearing in Downing Street where Theresa May, British prime minister, is committed to creating an economy that “works for everyone” after the Brexit vote.

But the surge in US stock prices since Mr Trump’s election suggests that capital rather than labour is going to be the big winner under the new administration in spite of the president-elect’s campaign promises to help stricken workers in rust-belt communities. Indeed, Mr Trump’s nominee as labour secretary is a big fan of robots and a fierce critic of the minimum wage.

The new administration’s strategy appears to be to let the economy rip through big tax cuts and spending increases, allowing the spoils to fall where they may.

However that plays out, it is hard to avoid the conclusion that sooner or later, for the sake of social stability, we are going to have to figure out smarter ways to compensate the ferrymen.


Copyright &copy “The Financial Times Limited“.

“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.


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