¿Cuál es la mejor forma para pagar: el efectivo, una tarjeta de débito o una tarjeta de crédito?

12/04/2013 | FxM – Evan Brock Gray

De estos tres métodos de pago, ¿tiene que haber uno que es mejor que el resto, verdad? La respuesta es sí pero depende de qué tipo de compra efectúes, el nivel de seguridad deseado y el tipo de persona que seas.

El efectivo es, pues, eficaz
Pagar con efectivo es casi siempre la elección acertada. Para las compras de cada día o las extraordinarias – la compra semanal en el supermercado, el café con un amigo, el periódico por la mañana, el billete de tren para la escapada del fin de semana, incluso el pago de la cuenta en la cena de empresa – todas se pueden efectuar con “cash”. Nadie duda de este tipo de pago ya que las monedas son sencillamente reconocibles y los billetes ya vienen con medidas de seguridad “instaladas” dentro del papel como la marca de agua o el tratamiento del papel que no se destiñe con un bolígrafo especial. Es ligero y no ocupa mucho espacio. Es fácilmente convertible en otros países que usan una moneda distinta. Pero sobre todo, el efectivo es el método más rápido de finalizar una transacción; lo entregas con tus propias manos a cambio del producto o servicio deseado y ya está.

Sin embargo, debido a su naturaleza impersonal, pequeño tamaño y tangibilidad, el efectivo es fácil de perder o robar. Además, la falsificación de billetes todavía es un problema recurrente a pesar de las medidas de seguridad. Luego viene el debate sobre si el tener efectivo en tu bolsillo implica estar más dispuesto a gastarlo o no. Hay personas que opinan que llevar dinero líquido encima les proporciona una predisposición a malgastarlo en cosas (ej. los chuches, una prenda o una cerveza de más) que a lo mejor no habrían comprado si no tuviesen el efectivo disponible. Pero esta actitud está determinada por la cantidad total de dinero que posee una persona (los ahorros) y su propensión marginal al ahorro (es decir, la cantidad en la que aumenta el ahorro de una persona cuando se produce un incremento de una unidad monetaria en la renta disponible). Por otro lado, los hay que experimentan “el dolor” de desprenderse de su efectivo. Esto quiere decir que estas personas prefieren no gastar el efectivo, o por lo menos se lo piensan dos veces antes de gastarlo, simplemente por el mero acto físico de entregar su “riqueza obtenida” a otra persona. Si tienes la tendencia de perder cosas fácilmente o te crea ansiedad por pagar con los fondos que llevas en tu bolsillo, ¿qué otras opciones tienes?

La tarjeta de débito: el efectivo plástico
Según la Real Academia Española, debitar significa “cargar una cantidad de dinero en el debe de una cuenta corriente”. Entonces, como un teléfono prepago, en una tarjeta de débito sólo tienes disponible el dinero que has ingresado en tu cuenta corriente. Comprar con una tarjeta de débito es como llevar toda tu cuenta bancaria en tu cartera y eso es una gran ventaja comparado con el efectivo, porque suele haber un límite diario sobre cuánto efectivo puedes sacar de tu cuenta corriente de un cajero automático (aunque sea por razones de seguridad). Hoy en día, y cada vez más, hay muchos establecimientos que aceptan el pago con tarjeta de débito. Además, frente a pagar con una tarjeta de crédito, tu entidad bancaria no te cobra intereses por las compras que efectúas. El uso de débito también ayuda a controlar los gastos porque sólo pagas la cantidad cobrada (sin devolverte cambio que puedes malgastar innecesariamente) y no te deja gastar más dinero de lo que realmente tienes (salvo en algunos casos, después de los cuales tu banco te suele imponer una penalización). El pago con una tarjeta de débito es muy seguro: requiere un documento oficial con fotografía, un código PIN y una (rápida) autorización electrónica de la disponibilidad de fondos por parte de tu banco. Además puede que el banco haya relacionado unos descuentos, un programa de puntos o incluso unas ventajas especiales con el uso de la tarjeta de débito.

Por otra parte, con una tarjeta de débito no se pueden hacer pagos a personas (¿te imaginas intentar devolver un préstamo de un amigo con tarjeta… por dónde se la vas a pasar?). Además, el pago de una pequeña cantidad todavía resulta difícil con el plástico. Los dueños de los locales del comercio al por menor siguen reacios a aceptar el pago con tarjeta por compras de poca cantidad por la comisión que les cobra su banco por cada transacción electrónica. Esto es porque, según los comerciantes, no les sale “rentable” aceptar el pago con tarjeta por la comisión que ronda entre el 2% y el 8%. Un ejemplo: con el pago de un café de 1 euro, el comercio podría perder 8 céntimos por la comisión bancaria y, a gran escala, por cada 100 cafés cobrados con tarjeta, la comisión podría significar la pérdida de ingresos por encima de lo que sería el sueldo de una hora del empleado que está poniendo los cafés. Aunque sea un ejemplo extremo, este es el razonamiento que lleva a los comerciantes a no aceptar las tarjetas de débito (o crédito) como medio de pago, reduciendo así su utilidad para un consumidor.

La tarjeta de crédito ha llegado a su límite
En primer lugar, es útil explicar la diferencia entre una tarjeta de crédito y una de débito. El débito, como hemos mencionado previamente, representa los fondos que has depositado en tu cuenta corriente, mientras una tarjeta de crédito constituye los fondos de una línea de crédito que te ha extendido tu entidad financiera. Es decir, tienes el derecho del uso de estos fondos financiados aunque oficialmente no son tuyos. Y, como no te pertenecen, habrá que devolverlos en algún momento.

Existen varias ventajas relacionadas con el uso de una tarjeta de crédito como, por ejemplo: la protección en las compras; unos descuentos, programas especiales o promociones asociadas con los productos o servicios de varias empresas; algunos tipos de seguros en caso de accidente, la posibilidad de quedarse en números rojos en otra cuenta bancaria u otro imprevisto; el pago de algunos servicios solamente disponibles con tarjeta (hoteles, alquiler de coches, etc.); y la mayor ventaja de todas es, que una tarjeta de crédito te deja completar una transacción muy grande pagando a plazos a tu entidad bancaria.

Pero, ¿realmente cuánto te cuesta pagar con tarjeta de crédito? Para contestar a la pregunta, hay que especificar la clase de tarjeta, la comisión de apertura, el coste de mantenimiento de la cuenta y la tasa de interés TAE (Tasa Anual Equivalente) que te cobrará el banco por contraer una deuda (o sea, hacer una compra). Según un artículo de Expansión, las tarjetas “más baratas” (con una línea de crédito de 4.000 euros) vienen de KutxaBank (0 euros de apertura, una comisión anual de 16 euros y un 12,3% TAE) y de ING (0 euros de apertura, 0 euros de mantenimiento y un 15% TAE), mientras las “más caras” pertenecen a Barclays y al Santander (39 y 0 euros de apertura, 39 y 70 euros de mantenimiento y 31,76% y 35,83% TAE, respectivamente). De las 27 entidades analizadas en 2012, la TAE media de una tarjeta de crédito era del 23%, la comisión media de apertura era de unos 5 euros (aunque la mayoría no la tenía) y la comisión anual era de 15,30 euros (12 entidades no la cobraba). Para hacer una comparación más profunda de las tarjetas disponibles, mira este ranking de las mejoras tarjetas de crédito (y de débito).

El gran problema para mucha gente es llevar el control de los pagos al día y de forma responsable. Un dato chocante: en los EE. UU. la deuda media por hogar es de más de 15.000 dólares (más de 11.400 euros), ¡únicamente con tarjetas de crédito! Una mala práctica muy común es sólo pagar la cantidad mínima mensual exigida por el banco, no el balance total. Esto significa que el interés aplicado a los gastos no pagados en su totalidad empieza a generar una cantidad de deuda extra que aumenta exponencialmente hasta tal punto que el interés aplicado al total de la deuda es superior al pago mínimo exigido. Este fenómeno es lo que se ha denominado la trampa de las tarjetas de crédito, y es muy difícil salir de esta trampa.

En resumen, al considerar cuál es el mejor medio de pago: el efectivo, una tarjeta de débito o una tarjeta de crédito; está claro que la respuesta depende fundamentalmente del tipo de persona y la situación en que se encuentre el comprador. Para las compras cotidianas y no excepcionalmente grandes, las dos mejores opciones son el efectivo o la tarjeta de débito, pudiendo diferenciarse en el lugar de la compra (seguridad, costumbres, viajes, etc.), en el tipo de establecimiento (aceptación de tarjetas o no) y en la causa del “dolor” experimentado (si te duele desprenderte de tu efectivo o si te duele sacar la tarjeta). El uso de una tarjeta de crédito sólo es recomendable cuando: tiene ventajas asignadas que realmente puedes aprovechar; el coste de contraer la línea de crédito, de mantener la tarjeta y de los intereses aplicados son asumibles; el coste del artículo que necesitas comprar supera la cantidad de dinero líquido que tienes disponible en ese momento; y, junto con el anterior, cuando te puedes asegurar que tienes unas rentas estables y constantes para pagar la totalidad del saldo cada mes para no caer en la tentación de pagar el mínimo establecido. Esa trampa puede ser mortal.

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