Cortar los lazos que unen al mundo amenaza la prosperidad

19/08/2014 | John Plender – Financial Times Español

Las fricciones geopolíticas de las últimas semanas suponen un nuevo nivel de amenazas a la infraestructura de la globalización. Conflictos, ya sean actuales o posibles, como en Ucrania, Oriente Medio y en otras zonas son el nuevo riesgo real para la recuperación económica.

El derribo del vuelo MH17 de Malasya Airlines el pasado mes fue un símbolo de la globalización en retirada forzosa. No podría haber una señal más evidente de que el comercio global está siendo atacado que esta muestra de que el tráfico aéreo civil es vulnerable. El aumento de las sanciones económicas que siguieron a las acciones rusas en Ucrania acerca aún más a Rusia a la autarquía. Mientras tanto, la leve respuesta de los EE. UU. a estos retos debilita la estabilidad y la predictibilidad, principios básicos de la interdependencia económica. Si la confianza en la estructura de la globalización se desvanece, el libre flujo de capitales, bienes y servicios, a través de las fronteras se debilitará.

Estas fricciones geopolíticas tienen como fondo un repliegue hacia una estrechez mental localista precipitada por la crisis financiera. El colapso de Lehman Brothers demostró que no había mecanismo alguno de resolución, o corrección, para las instituciones financieras internacionales. A pesar de los esfuerzos para ampliar la regulación internacional, la realidad es que los gobiernos nacionales se han apresurado a proteger a sus propios bancos.

El sistema bancario en la eurozona se ha vuelto cada vez más fragmentado. Las esperanzas de avanzar hacia una unión bancaria completa se han quedado atrás, mientras que la regulación bancaria continúa llevándose a nivel nacional. Esta nueva estrechez mental se refleja en la manera en que los gobiernos europeos han venido motivando a sus bancos a reducir sus balances mientras, a la vez, les piden que presten más a las pequeñas empresas locales. Hay un creciente debate político a nivel mundial sobre el control de los flujos de capital.

En lo que respecta al comercio y las inversiones, la crisis financiera ha forzado su revaloración. Muchas empresas decidieron que sus cadenas de suministros estaban demasiado extendidas y regresaron a sus mercados locales. Las fricciones regionales también están provocando que se replanteen la ubicación de las inversiones, especialmente a la luz de los ataques a empresas japonesas en China y la hostilidad regulatoria a las empresas extranjeras en general.

Una preocupación para la globalización es si hay un punto de quiebra en el cual la confianza se erosione y haga que la gente deje de viajar, las tiendas cierren y se decida no invertir en nuevas plantas y maquinaria – esto último es crucial para sostener la recuperación. Si esto sucede el resultado sería, en términos económicos, una reducción en la demanda. La economía global está todavía endeble como para resistir esto.

Otra preocupación para las bases de la globalización. Durante los momentos clave del siglo XIX y en el periodo previo a la crisis de 2007, el libre comercio fue apoyado por los poderes hegemónicos, Gran Bretaña y los EE. UU. respectivamente. En el mundo multipolar de hoy en día los EE. UU. padecen de fatiga después de sus aventuras militares en Iraq y Afganistán y el pueblo estadounidense tiene pocas ganas de mantener una política exterior intervencionista. Mientras que los hechos en Iraq han llevado al presidente Barack Obama a considerar una modesta acción contra el Estado Islamista de Iraq y el Levante (conocido como EI), él sigue enfocado en hacer volver a casa a sus tropas, minimizando su presencia en los conflictos externos para aumentar la fortaleza interna. Por muy comprensible que sea esto, puede crear una incertidumbre que potencialmente aumente el coste del conflicto en la región.

La lección para los no estadounidenses y especialmente para los europeos es clara. Aprovecharse del presupuesto militar de los EE. UU. ya no será fácil. Europa deberá dedicar más de sus propios recursos para enfrentarse a una nueva Rusia más asertiva, así como a modificar de su sobre-dependencia de las fuentes de energía rusas. Los políticos tendrán que enfrentarse a estos retos desde una posición de alto endeudamiento del sector público.

La lección a tener en cuenta, según Michael Spence, ganador del Nobel de Economía, es que las amenazas actuales a la prosperidad – aquellas que urgentemente necesitan de la efectiva cooperación internacional – son los efectos secundarios de las tensiones regionales, conflictos y reclamos de esferas de influencia. El impedimento más poderoso para el crecimiento, añade, es la pérdida de confianza en el sistema que hace posible el aumento de la interdependencia global. Es un gran reclamo. Pero no hay duda de que la geopolítica está, por lo menos, llevándonos a un territorio económico peligroso.

A threat to prosperity if the world cuts the ties that bind

08/19/2014 | John Plender – Financial Times English

The geopolitical ructions of recent weeks pose a new level of threat to the infrastructure of globalisation. Conflicts, actual and potential, in Ukraine, the Middle East and elsewhere are also now a real risk to economic recovery.

The shooting down of the Malaysia Airlines Flight MH17 last month was a symbol of globalisation in enforced retreat. There could be no more obvious indication that global commerce is under attack than this revelation that civilian air traffic is vulnerable. The multiplication of economic sanctions following Moscow’s actions in Ukraine pushes Russia closer to autarky. Meantime, the low-key US response to these challenges weakens stability and predictability, the underpinnings of economic interdependence. If confidence in the infrastructure of globalisation wanes, the free flow of capital, goods and services across boundaries will be impaired.

These geopolitical frictions come against the background of a retreat into parochialism precipitated by the financial crisis. The collapse of Lehman Brothers demonstrated that there was no mechanism for cross-border unwinding, or resolution, of international financial institutions. Despite efforts to enhance international regulation, the reality is that national governments have rushed to protect their own banks.

In the eurozone the banking system has become increasingly fragmented. Hopes of a move to full banking union are long gone, with bank resolution continuing to be conducted at a national level. The new parochialism is reflected in the way European governments have been encouraging their banks to shrink their balance sheets while simultaneously demanding that they lend more to domestic small business. There is a growing policy debate around the world on the case for controls on capital flows.

As for trade and investment, the financial crisis forced a rethink. Many companies decided their supply chains were overextended and returned to home markets. Regional frictions are also prompting second thoughts about the location of investments, notably in the light of attacks on Japanese businesses in China and regulatory hostility to foreign business more generally.

One question for globalisation is whether there is a tipping point at which an erosion of confidence causes people to stop flying, shun the shops and decide not to invest in new plant and machinery – the latter being crucial to sustaining the recovery. If that happens the outcome would, in the economic jargon, be a series of negative demand shocks. The global economy is in poor shape to cope with that.

Another concerns the political underpinning of globalisation. At the high points in the 19th century and in the period before the 2007 credit crunch, free trade was supported by hegemonic powers, respectively Britain and the US. In today’s more multipolar world the US suffers from overstretch after its military adventures in Iraq and Afghanistan and the American people have little appetite for interventionist foreign policy. While events in Iraq have pushed President Barack Obama into considering modest action against the Islamic State of Iraq and the Levant (known as Isis), his focus continues to be on bringing troops back, minimising foreign entanglements and nation-building at home. Understandable though this is, it leads to uncertainty that potentially magnifies the cost of regional conflict.

The lesson for non-Americans and especially for Europeans is clear. Free-riding on the US military budget can no longer be taken for granted. Europe will have to devote more of its own resources to addressing a newly assertive Russia, as well as sorting out its over-dependence on Russian energy. Policy makers will have to meet these challenges from a position of high public sector debt.

The wider lesson, according to Michael Spence, a winner of the Nobel Prize for economics, is that the main current threats to prosperity – those that urgently need effective international co-operation – are the spillover effects of regional tensions, conflict and competing claims to spheres of influence. The most powerful impediment to growth, he adds, is a loss of confidence in the systems that made rising global interdependence possible. It is a large claim. But there is no question that geopolitics is, at the very least, taking us into dangerous economic territory.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.
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