Cómo mantienen los Rolling Stones el “time on their side”

07/07/2013 | Lucy Kellaway – Financial Times Español

Cuando sonó la tercera nota dejé salir un grito al reconocerla, levanté ambos brazos sobre mi cabeza (lo que era un logro teniendo en cuenta que yo era una más de los casi 170 mil cuerpos presionándose unos contra otros) y comencé a entonar la letra de Jumping Jack Flash: “”I was borrrn – in a crossfire hurricane … And I hoooowwwled at my ma in the drivin rain. BUT ITS AAAALL RAHT NOW – INFACTITSA GAAS …”

Las endorfinas corrían a lo largo de mis venas. Durante las siguientes dos horas y media golpeé el suelo con mis pies, brinqué y grité desde ese Jumping Jack Flash hasta el bis.

Glastonbury no era la primera vez en que yo veía a los Rolling Stones. La primera vez fue en 1973 en el Empire Pool en Wembley. En ese entonces yo tenía 14 años y había dedicado mi vida a debatir a quien prefería más: a Mick Jagger o a Keith Richards. Y, a pesar de que ese concierto fue la tarde más decepcionante de mi corta vida, ante mis amigos fingí que había sido algo excepcional, pero interiormente me sentía impávida.

Pero este verano, inesperadamente y de manera un poco embarazosa, me encontré a mi misma teniendo una profunda experiencia religiosa que incluyó mi vuelta a mis 14 años, para consternación de mi hija de 20 años, quien no daba crédito al ver a su bailadora madre.

Desde entonces he tratado de averiguar qué me hicieron ahora los Stones que no lograron hacer cuando cuatro décadas atrás estaban más jóvenes y menos arrugados. ¿Por qué estaba tan emocionada, especialmente ahora que a mí en lo particular ya no me gusta su música? Ahora soy una adulta cuya vida va de reuniones de padres a citas de negocios y queda muy lejos de aquellas “honky-tonk women”.

Quizás era la alegría de ver a la edad vencida de manera exitosa. Es difícil no sentirse animada al ver a un hombre 15 años mayor que tú lucir su talento de manera tan convincente. Pero no creo que se tratara de eso. En ese momento no miraba a Mick Jagger y pensaba: “Por Dios, eres un anciano”. Más bien pensaba: “Por Dios, tú eres Mick Jagger”.

Esto, seguramente, es de lo que trata el tour “50 & Contando” de los Stones. El grupo más duradero y exitoso del mundo se mantiene, no por reinventarse sino porque evitan el cambio. Los Stones rompen las reglas contenidas en cualquier manual de éxito e invierten la energía que les queda manteniéndose iguales.

La secuencia de canciones de Glastonbury era casi idéntica a la que escuché 40 años antes; la única diferencia es que ahora pude realmente escucharlos porque el sonido de los conciertos de rock ha mejorado mucho desde entonces. Mejor aún, he podido verlos. No a los Stones de carne y hueso, aunque ocasionalmente pude atisbar las lentejuelas verdes y las plumas negras de Mick a través de la multitud, sino a su versión gigante en una pantalla justo sobre mi cabeza, en la cual un show brillantemente filmado y editado se desarrollaba.

Ahí estaban todos, enormes y vistiendo el mismo tipo de ropas que los Stones debieron haber vestido cuando tocaban “Gimme Shelter”, tal cual sonaba en el LP de 1969 “Let It Bleed”. Es cierto que podíamos ver las profundas arrugas en sus rostros – pero eso solamente servía para marcar el tiempo y hacer todavía más notable la falta de cualquier otro cambio.

El tour de los Stones debería ser un estudio de caso en las escuelas de negocios de cuando es necesario cambiar – y cuando no es necesario. El cambio es bueno cuando significa mejor, más rápido, más económico – si conduce a un sonido más claro y a imágenes más definidas. Pero en cuanto se refiere a nuestras emociones, el cambio de hecho es algo malo.

Esto se aplica a los grupos de rock – y también al chocolate. Hace unos días compré una galletita Orange Club y sentí la misma sensación de gratitud al encontrarla idéntica a las que solía tener en mi fiambrera. De la misma manera, cuando recientemente fui de compras a la zapatería Clarks y encontré las Botas Desert originales con el mismo pespunteado naranja y suelas blancas, las habría comprado en el momento, solo que mis pies – como la cara de Jagger – parecen haberse colapsado y expandido de manera que ya no caben en esas botas.

Nos damos cuenta cuando alguien mete mano en las cosas de nuestra juventud, porque en ese entonces nuestra memoria funcionaba perfectamente. Cada palabra de cada canción de los Stones se conserva permanentemente en las neuronas de mi cerebroa diferencia, por ejemplo, de la nueva contraseña de mi ordenador que parece no querer ser recordada. Los Stones sabiamente no se meten con nuestras memorias, a diferencia de Bob Dylan, quien perversa y maliciosamente interpreta sus viejas canciones desafiando a cualquiera para reconocerlas.

Incluso para aquellos de nosotros que no somos estrellas mundiales del Rock, no hay virtud en el cambio. Miro de reojo una entrevista con la investigadora en ciencias políticas Anne-Marie Slaughter, en la que orgullosamente dice: “Cada seis u ocho años me he detenido y reinventado…”. A mi esto me suena bastante cansino. Seguiré pensando en Mick Jagger y continuaré sin detenerme a reinventarme para ver si la vida continúa siendo “gasgasgas”.

How the Rolling Stones keep time on their side

07/07/2013 | Lucy Kellaway – Financial Times English

At the sound of the third chord, I let out a roar of recognition, lifted both arms above my head (quite an achievement when 170,000 bodies are pressing against yours) and started to bellow the words: “I was borrrn – in a crossfire hurricane … And I hoooowwwled at my ma in the drivin rain. BUT ITS (ALL RAHT NOW – INFACTITSA GAAS …”

Endorphins fizzed through my veins. For the next two-and-a-half hours I stamped, jumped and shouted my way from “Jumpin’ Jack Flash” through to the encore.

Glastonbury wasn’t the first time I’d seen the Rolling Stones. That was in 1973 at the Empire Pool in Wembley. I was 14 and had given over my life to debating who I loved best: Mick Jagger or Keith Richards. And yet that concert was the most disappointing evening of my short life: though I pretended to my friends it was far out (man), I was secretly unmoved.

Then this summer, unexpectedly and slightly embarrassingly, I found myself having a profound religious experience involving becoming my 14-year-old self all over againmuch to the consternation of my 20-year-old daughter, who stood disbelieving by my gyrating side.

Since then I’ve been trying to work out how come the Stones did something to me that their younger, less wrinkly selves failed to do four decades ago. Why was I so moved – especially as I don’t particularly like their music anymore? I’m now a grown-up whose life is measured out in parents’ evenings and business meetings and so honky-tonk women seem pretty peripheral.

Maybe it was glee at seeing age so successfully routed. It is hard not to be cheered at the sight of a man 15 years older than you strutting his stuff so convincingly. And yet I don’t think that was it. At the time I didn’t look at Mick Jagger and think, “Gosh, you’re ancient.” Instead I thought: “Gosh, you’re Mick Jagger.”

This, surely, is what the Stones’ 50 & Counting tour is about. The world’s most enduringly successful group stays that way not by reinvention but by eschewing change altogether. The Stones flout the rules contained in every single success manual and invest their remaining energy in staying just the same.

The Glastonbury set was almost identical to the one they played 40 years earlier; the only difference was that I could actually hear it as the sound at rock concerts is so much better than it was. Better still, I could see them. Not the real Stones – though I occasionally caught a glimpse of Mick’s green sequins and black feathers through the crowdbut a giant version on the screen right over my head, on which a brilliantly edited and filmed performance unfolded.

There they all were, ginormous and wearing just the sort of clothes the Stones ought to wear and playing “Gimme Shelter” just as it sounds on the 1969 LP Let It Bleed. It’s true that you could also see the deep furrows on their faces – but those merely served to mark time and make the lack of any other change all the more remarkable.

The Stones’ tour should be made into a business school case study on when change is called for – and when it isn’t. Change is good if it means being better, faster, cheaper – if it leads to clearer sound and cleaner images. But in anything that touches our emotions, change is a very bad thing indeed.

This applies to rock bands – and it applies to chocolate. The other day I bought an Orange Club biscuit and felt a similar surge of gratitude on finding it identical to the ones I used to have in my packed lunchbox. Equally, when I went to a Clarks shoe shop recently and found the original blonde desert boots with the same orangey stitching and white soles, I would have bought them on the spot, only my feet – like Jagger’s face – seem to have collapsed and spread out and so they no longer fit.

We notice when the things of our youth are tampered with, as that was a time when our memories functioned perfectly. Every word of every Stones song is preserved forever in the aspic of my cerebrumunlike, say, my newest computer password which never seems to get purchase at all. The Stones wisely don’t mess with our memories, unlike Bob Dylan, who spitefully and perversely performs his old songs as if defying anyone to recognise them.

Even for those of us who happen not to be global rock stars, there is no necessary virtue in change. I just glanced at an interview with the political scientist Anne-Marie Slaughter, in which she says proudly: “I have reinvented/disrupted myself every six to eight years … “. That sounds quite tiring to me. I’m going to think of Mick Jagger and continue to do no reinventing and no disrupting at all and see if life can still be a gasgasgas.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
Translation for Aerosolutions with the authorization of “Financial Times”.
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