Choque climático: Las consecuencias económicas de un planeta más cálido

29/03/2015 | Pilita Clark – Financial TimesFinancial Times Español

Cuando los economistas reflexionan sobre el cambio climático algunos piensan demasiado acerca del estiércol de caballo. Específicamente tienen en cuenta la gran de estiércol de caballo de finales del siglo XIX, cuando para el transporte las ciudades del mundo dependían en tal medida de los caballos que se veía venir un desastre sanitario. Mentes preclaras se pusieron a analizar una crisis que el Times de Londres estimaba tan inminente que en 50 años cada calle de la ciudad estaría bajo casi 3 metros de estiércol de caballo.

Pero resultó que había una sencilla solución a mano: no nuevas leyes o políticas sino el coche a motor, una solución técnica tan exitosa que el problema de la contaminación equina fue rápidamente superado.

La lección es obvia para cualquiera preocupado por el cambio climático, dice el economista Steven Levitt. En 2009 él y su coautor de SuperFreakonomics, Stephen Dubner, utilizaron esta historia para argumentar que las mejoras tecnológicas a menudo son más simples y baratas de lo que los agoreros del desastre imaginan; y el calentamiento global se podría resolver por lo que se conoce como geoingeniería, la manipulación del medio ambiente para detener el aumento de temperaturas.

El peligroso atractivo de este tipo de pensamiento es el tema central que tocan dos economistas: Gernot Wagner, académico que trabaja para el Fondo de Defensa Ambiental de los Estados Unidos, y el profesor de Harvard Martin Weitzman en “Choque climático: Las consecuencias económicas de un planeta más cálido”.

Están en lo correcto. El en la geoingeniería aumenta a la vez que las emisiones de dióxido de carbón, a pesar de décadas de en las Naciones Unidas sobre el clima, subsidios a las energías renovables valorados en miles de millones de y esporádicos intentos para ponerle a las emisiones de carbón. El fracaso de esos esfuerzos subraya el hecho de que el cambio climático es, como señalan los autores, el clásico problema del “oportunista”. Es difícil hacer que la gente limite su propia contaminación cuando les implica y los son globales.

La geoingeniería, por otro lado, es tan barata que un sólo país podría llevar a cabo un plan planteado por Levitt y muchos otros: imitar la erupción de 1991 del volcán Pinatubo en Filipinas, la cual enfrió las temperaturas globales en alrededor 0,5 grados centígrados al año siguiente, al arrojar dióxido de sulfuro a la atmósfera para crear un gigantesco parasol.

El coste podría ser menor que el de disminuir las emisiones, dicen Wagner y Weitzman, pero el impacto podría ser inmenso – lo cual, dicen, significa que la geoingeniería pone de cabeza la prevaleciente idea económica de que el cambio climático es un problema de “oportunismo” y pasa a ser del tipo “conductor designado”.

Pero los problemas de tal tipo de geoingeniería son muchos – desde la pérdida masiva del ozono hasta un rápido aumento de las temperaturas si las técnicas tipo Volcán Pinatubo se detienen – porque las emisiones que provocan el calentamiento continuarían.

Un obstáculo más para reducir las emisiones es la falta de certeza acerca de cuánto calentamiento provocarían. Este es otro tema de Choque climático, un escogido para resaltar un aspecto ampliamente malentendido del cambio climático: no es suficiente solamente estabilizar las emisiones anuales. Tienen que reducirse a casi cero para reducir las concentraciones de CO2, las cuales en 2013 subieron a 400 partes por millón, muy por encima de las 280 ppm de la época preindustrial.

Analizando los últimos descubrimientos científicos acerca de cuánto podrían aumentar las temperaturas globales si el CO2 en la atmósfera se duplica, los autores concluyen que hay cerca de un 10 por ciento de posibilidades de que las temperaturas eventualmente excedan los catastróficos 6 grados centígrados. Los dueños de casas contratan contra incendios devastadores que son mucho menos probables que esto.

La solución económica correcta ha sido bien entendida durante años, dicen: terminar con los subsidios a los combustibles fósiles que rondan los 15 dólares por tonelada de CO2 globalmente, y crear un precio de por lo menos 40 dólares por tonelada. Pero Choque climático aconseja a los economistas dejar de pedir un precio global del carbón y empezar a trabajar en soluciones políticas más asequibles, como estándares de de combustible. Esto suena aburrido comparado con la geoingeniería. Pero también es infinitamente más seguro.

Éste no es un libro para gente con amplios conocimientos sobre políticas climáticas, pocos de los cuales encontrarán su contenido remotamente chocante. Sin embargo, para el lector inteligente no especializado que busca un enfoque animado y lúcido sobre las consecuencias del calentamiento global, bien vale la pena leerlo.

Climate Shock: The Economic Consequences of a Hotter Planet

03/29/2015 | Pilita Clark – Financial Times English

When economists think about climate change, some think a lot about horse manure. Specifically, they consider the great manure of the late 1800s, when the world´s cities relied on horses for transport to such an extent that a public sanitation disaster loomed. Fine minds set to work on a crisis that The Times of London estimated in 1894 was so dire that in 50 years every street in the city would be buried 9ft deep in horse droppings.

As it turned out, a simple solution was at hand: not new laws or policies but the motor car, a technical innovation so successful that the equine pollution problem was swiftly overcome.

The lesson is obvious for anyone worried about climate change, say economists such as Steven Levitt. In 2009´s SuperFreakonomics he and co-author Stephen Dubner used the tale to argue that technological fixes are often far simpler and cheaper than doomsayers imagine; and global warming could be addressed by so-called geoengineering, or manipulating the environment to halt rising temperatures.

The dangerous allure of such thinking is a central theme tackled by two other economists: Gernot Wagner, an academic who works for the US Environmental Defense Fund, and Harvard professorMartin Weitzman in Climate Shock: The Economic Consequences of a Hotter Planet.

They are right to do so. Interest in geoengineering is mounting as warming carbon dioxide emissions have continued to rise despite decades of UN climate negotiations, billions of worth of renewable energy subsidies and sporadic attempts to price carbon. The failure of those efforts underlines the fact that climate change is, as the authors point out, the ultimate "free rider" problem. It is hard to get people to limit their own pollution when they bear the and the benefits are global.

Geoengineering, on the other hand, is so cheap that one country alone could conceivably carry out a plan discussed by Levitt and many others: mimic the 1991 eruption of the Mt Pinatubo volcano in the Philippines, which cooled global temperatures by about 0.5C the following year, by shooting sulphur dioxide into the stratosphere to create a giant sunshade.

The cost could be lower than that of cutting emissions, say Wagner and Weitzman, while the impact could be huge – which, they argue, means geoengineering turns the standard economics idea of climate change on its head, from a "free rider" to "free driver" problem.

But the risks of such geoengineering are myriad – from ozone depletion to fast-rising temperatures should Mt Pinatubo-style techniques ever stop – because the underlying emissions causing warming would continue.

A further obstacle to reducing emissions is the lack of certainty about precisely how much warming they will cause. This is another theme of Climate Shock, a title chosen to highlight one widely misunderstood aspect of climate change: it is not enough merely to stabilise annual emissions. They have to be slashed to near zero to bring down C02 concentrations, which in 2013 rose to 400 parts per million, well above the 280 ppm of pre-industrial times.

Dissecting the latest scientific findings about how much global temperatures are likely to rise as C02 in the atmosphere doubles, the authors conclude there is about a 10 per cent chance of temperatures eventually exceeding a catastrophic 6C. Homeowners take out insurance policies against devastating fires that are almost always less likely than this.

The correct economic solution has been well understood for years, they argue: stop subsidising fossil fuels by about $15 a ton of C02 globally, and create a of at least $40 a ton. But Climate Shock advises economists to stop demanding a global carbon price and start working on more politically possible solutions, such as fuel economy standards. That sounds dull compared with geoengineering. But it is also infinitely safer.

This is not a book for people deeply versed in climate policy, few of whom will find its contents remotely shocking. For the intelligent lay reader wanting a lively, lucid assessment of the economic consequences of global warming, however, it is well worth reading.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
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