Burbujas, crisis y protestas – la vida cotidiana en los países emergentes

02/07/2013 | Ruchir Sharma – Financial Times Español

Las protestas estallan en las anteriormente felices clases medias de Turquía y Brasil. Una crisis de crédito amenaza a la gigante economía China. El dinero abandona los mercados, los bonos y las divisas de las naciones emergentes. ¿Es esto el final del milagro del mundo emergente? No exactamente. Esto marca el regreso al ciclo normal de recesión y crecimiento de la posguerra, inestabilidad política y calma, después de una década placentera engañosa.

Esta época es caótica sólo si la comparamos con el breve periodo “Ricitos de oro” que comenzó en 2003. Antes de ese año, la parte del producto del crecimiento global que el mundo emergente compartía no había variado en medio siglo y había estado en declive durante una década, minado por las crisis de deuda que abarcaron desde Rusia hasta Tailandia. A finales del siglo veinte, las naciones emergentes daban paso a una nueva generación de líderes, encabezados por Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y otros gigantes, que incluían a Vladimir Putin en Rusia y a Recep Tayyip Erdogan en Turquía.

Estos líderes establecieron unos cimientos económicos estables sobre los que se inició la burbuja en 2003, cuando la Reserva Federal de los EE. UU. y otros bancos centrales rebajaron los intereses de manera intensa para instrumentar la recuperación después de la crisis de las puntocom. Mucho de ese dinero fácil fue hacia el mundo emergente, duplicando el promedio del crecimiento anual de su PIB hasta un 7,5 por ciento, desde un 3,6 de las dos décadas previas.

Esta burbuja no tuvo precedentes. Normalmente cada nación emergente está en un estado diferente de vida económica, en el cual la crisis da origen a reformas, éstas llevan a un nuevo crecimiento, el cual se convierte en complacencia política, que con el tiempo da paso a una nueva crisis. Hacia 2007 casi todas las naciones emergentes estaban en una burbuja – sólo tres de las 150 economías emergentes se contrajeron ese año – creando la ilusión de un mundo habitado solo por jóvenes pujantes. Las clases medias apoyaban a sus líderes y los veían como héroes; Lula da Silva, Putin y Erdogan fueron reelegidos con grandes márgenes de ventaja sobre sus rivales.

Después, en 2008, la crisis crediticia explotó en los EE. UU., haciendo parecer a las naciones emergentes más fuertes todavía. A mediados de 2009 las economías emergentes estaban creciendo unos 9 puntos porcentuales más rápido que las economías desarrolladas. Estos países habían descubierto una fuente de crecimiento perpetuo, el flujo de dinero hacia los mercados de valores de estas naciones emergentes creció un 500 por ciento entre 2005 y 2010.

Eso era entonces. Ahora, el flujo global de bienes y dinero está disminuyendo. La tasa de crecimiento anual del PIB de las naciones emergentes ha caído un 3,7 por ciento en el primer trimestre, y el ciclo normal está de vuelta, con algunas naciones en crisis, otras en alguna etapa de reformas, crecimiento y complacencia. La más grande, China, en 2008 se quedó con el liderazgo cuando el resto de las naciones con un crecimiento “milagroso” habían crecido demasiado para mantener una tasa de crecimiento de doble dígito, y siguió creciendo gracias a grandes inyecciones de gasto y crédito estatal. Ahora, el crecimiento explosivo de la deuda total desde un 150 por ciento en 2008 hasta más del 200 por ciento del PIB incrementa el riesgo de que la ralentización de China pueda terminar en un estancamiento.

Mientras China se ralentiza, las economías que satisfacían su demanda de materias primas sufren. La bajada en el precio de las materias primas ha afectado negativamente a exportadores como Rusia, Sudáfrica y Brasil, lo que ayuda a explicar las huelgas mineras que afectaron a Sudáfrica y las protestas anti-Putin llevadas a cabo meses antes de las de Brasil.

Típicamente, los líderes que inician una burbuja se vuelven complacientes y no pueden continuar con las reformas. Ni Vladimir Putin ni el partido de Lula da Silva (y su sucesora Dilma Rousseff) hicieron lo suficiente para diversificar su crecimiento más allá de las materias primas, y ambos confiaron demasiado en la intervención estatal para dirigir el crecimiento. En Turquía y Brasil los que protestaba se preguntaban por qué los líderes gastaban miles de millones en construir megaproyectos en lugar de hacerlo en educación y otras infraestructuras sociales que se necesitaban para impulsar a sus economías hacia el siguiente nivel.

Sin embargo, lo que no mencionan los titulares negativos, es al resto del mundo emergente. Por cada nación en crisis hay otra que emprende reformas, como México con un presidente que intenta romper los monopolios, u otra que crece intensamente como las Filipinas, siendo en el pasado el último de Asia.

¿Ha terminado el milagro? El viento a favor que impulsaba a las naciones emergentes ha desaparecido. Está disminuyendo la llegada de dinero a los países emergentes y esto vuelve a traer el ciclo de burbujas y crisis, con la consecuente inestabilidad política. Pero las naciones emergentes todavía representan el 80 por ciento de la población mundial, y sólo el 40 por ciento del PIB global, por lo que aún hay margen de crecimiento para la prosperidad. Sólo que no en todas las naciones, ni durante todo el tiempo.

Booms, busts and protests – normal life in emerging countries

07/02/2013 | Ruchir Sharma – Financial Times English

Protests erupt in the formerly happy middle classes of Turkey and Brazil. A credit crisis threatens the Chinese economic juggernaut. money flees the stocks, bonds and currencies of emerging nations. Is this the end of the emerging world miracle? Not exactly. This marks a return to the normal postwar cycle of recession and recovery, political unrest and calm, after a misleadingly placid decade.

This age is chaotic only in comparison to the brief “Goldilocks” era that began in 2003. Before that year, the emerging world’s share of global economic output had been stagnant for half a century and in decline for a decade, undermined by debt crises that struck from Thailand to Russia. By the late 1990s, these emerging nations were turning to a new generation of leaders, headed by the likes of Luiz InácioLula da Silva in Brazil and other giants, including Vladimir Putin in Russia and Recep Tayyip Erdogan in Turkey.

These leaders laid a stable economic foundation for the boom that began in 2003 after the US Federal Reserve and other central banks cut interest rates sharply to engineer a recovery from the technology bust. Much of the resulting easy money flowed into the emerging world, doubling the average annual gross domestic product growth rate to about 7.5 per cent from 3.6 per cent in the previous two decades.

This boom was unprecedented. Normally, each emerging nation is at a different stage in its economic life, in which crisis gives birth to reform, which flowers into a boom, which matures into political complacency, which ages into a new crisis. By 2007 virtually every emerging nation was in a boom – only three of 150 emerging economies contracted that year – creating the illusion of a world populated only by the young and content. The middle classes embraced their leaders as heroes; Messrs Lula da Silva, Putin and Erdogan won re-election by growing margins.

Then, in 2008, the credit crisis erupted in the US, making emerging nations look even stronger. By mid-2009, emerging economies were growing a record 9 percentage points faster than developed economies. Convinced these countries had discovered a fountain of perpetual growth, money flowing into emerging market stocks rose by 500 per cent between 2005 and 2010.

That was then. Now the global flows of goods and money are declining. The annual GDP growth rate of emerging nations fell back to 3.7 per cent in the first quarter, and the normal cycle is back, with some nations in crisis, others in stages of reform, boom or complacency. The largest, China, had by 2008 hit the stage when all miracle economies grow too large to sustain double- digit growth, but it kept growing with huge infusions of state spending and credit. Now, the explosion in total debt from 150 per cent in 2008 to more than 200 per cent of GDP increases the risk that China’s slowdown could end in a stall.

As China slows, economies that fed its commoditie demand are hurting. Declining prices have undermined commodity exporters such as Russia, South Africa and Brazil, which helps explain why mine strikes hit South Africa and anti-Putin protests hit Russia months before Brazil’s unrest.

Typically, leaders who start a boom grow complacent and cannot keep the run going. Neither Mr Putin nor the party of Mr Lula da Silva and his successor Dilma Rousseff did enough to diversify away from commodities, and both relied too much on state intervention to steer growth. In Turkey and Brazil, protesters ask why leaders spend billions on construction megaprojects rather than education and other social infrastructure needed to take these economies to the next level.

What the negative headlines miss, though, is the rest of the emerging world. For every nation mired in crisis, there is one reforming like Mexico, under a trustbusting president, and booming like the Philippines, once Asia’s laggard.

Is the miracle over? The tailwinds that lifted all emerging nations are gone. The declining flow of money to emerging nations is bringing back the cycle of boom and bust, and with it political unrest. But emerging nations still represent 80 per cent of the world’s population, and just 40 per cent of global GDP, so there is room for growing prosperity. Just not in every nation, all the time.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
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