Antonio López y López, Marqués de Comillas

Antonio Víctor López del Piélago y López de Lamadrid nació el 12 de abril de 1817 en la localidad cántabra de Comillas, siendo el segundo hijo de una familia de muy escasos recursos económicos. Antonio siguió pronto el camino a la emigración y, tras un breve período trabajando en Andalucía, embarcó hacia Cuba en 1831, estableciéndose primeramente en La Habana.

Allí entró en o con las redes de comerciantes catalanes del textil, cuya influencia en su futura actividad empresarial sería decisiva. En 1844, después dedicarse a la venta ambulante por diversas ciudades de la isla, decidió asentarse definitivamente en Santiago de Cuba, destino preferente de la colonia montañesa. En esta ciudad López se inició en la actividad comercial por cuenta propia, para lo que le fue necesario allegarse cuantiosos recursos cuya financiación procedió fundamentalmente de dos fuentes: por un lado, del mercado informal de crédito, y por otro de la cuantiosa dote aportada a su matrimonio por Luisa Bru Llasús, hija del comerciante catalán Andrés Bru Puñet. Desde 1847, la empresa de Antonio López había ampliado sus áreas de negocio, hasta entonces centradas en el comercio textil, dedicándose también a la intermediación en el tráfico de esclavos, que a partir del año siguiente se convertiría en el más importante y lucrativo de todos sus negocios.

Como consecuencia de la ampliación en la escala de sus negocios de compra-venta de esclavos, en 1851 López obtuvo la concesión de una línea de vapores entre Guantánamo y Santiago de Cuba, cuyos pingües beneficios le permitieron incorporarse a la clase propietaria cubana con la adquisición de algunos ingenios azucareros y cafetales. Con un crecido capital ya acumulado, la extensión de una epidemia de cólera en la isla durante 1853 le aconsejó iniciar la liquidación de su patrimonio cubano y trasladarse definitivamente a España.

Ya en la Península, por aquellos años bajo una auténtica fiebre de los negocios ferroviarios y financieros, en 1857 López se interesó sin éxito en la constitución de una compañía de seguros en Barcelona y una sociedad de crédito en Santiago de Cuba, donde había regresado para proceder al inventario de la herencia de su suegro, que aportó tantos recursos adicionales a sus empresas como no pocos litigios con su familia política.

Entre Cuba y España, Antonio López fue madurando su nuevo proyecto empresarial: la compañía de vapores A. López y Cía. (1857), que prolongaba su experiencia cubana en el transporte marítimo. Esta firma confirmaría un modelo empresarial caracterizado por la confluencia de vínculos familiares y societarios entre los partícipes, creando núcleos empresariales fuertemente cohesionados por los comunes intereses económicos y de parentesco.

El rasgo que caracterizaría su actividad empresarial a partir de este momento sería la búsqueda permanente de una relación privilegiada con el Estado a partir de la prestación de servicios bajo concesión gubernamental. Y en estas relaciones privilegiadas la guerra iba a desempeñar un papel fundamental, como confirmó la participación de Antonio López y Cía. en el transporte de tropas, municiones y víveres durante la Guerra de África (1859-1860). Este precedente resultó decisivo para la consecución de un contrato mucho más suculento: la conducción en exclusiva del correo a las Antillas en 1861, que fue subrogada veinte años después a favor de la Compañía Trasatlántica, tal y como se denominó la naviera de López ya reconstituida como sociedad anónima.

Bajo el seguro y provechoso paraguas de contratista del Estado, López diversificó su actividad empresarial tanto geográfica—con el centro de su actividad en Barcelona—como sectorialmente, invirtiendo en actividades especialmente en auge, como eran la construcción ferroviaria y la especulación inmobiliaria. En este sector, realizó crecidas y muy ventajosas inversiones en los ensanches de Barcelona y Madrid, mientras que su participación en el sector ferroviario se canalizó preferentemente hacia la Compañía de los Ferrocarriles del Norte de España, con fuerte representación francesa.

Al igual que en el marco más general de la economía española de aquellos años, la influencia de las innovaciones procedentes de Francia resultó decisiva en la actividad que como financiero desarrolló Antonio López. Ésta se materializó principalmente en dos creaciones: la Sociedad de Crédito Mercantil (1863-1920) y el Banco Hispano-Colonial (1876-1950). La primera de estas instituciones se constituyó bajo el molde del francés Crédit Mobilier, institución que Karl Marx calificó como el más acabado ejemplo del “socialismo imperial de Napóleon le Petit [Napoleón ]”. Estas sociedades de crédito funcionaron igualmente como bancos comerciales y bancos de inversión. Así, la Sociedad de Crédito Mercantil, cuya vicepresidencia ocupó López desde su creación, se dedicó tanto a la financiación del comercio como de las infraestructuras ferroviarias o la expansión urbana de Barcelona y Madrid, introduciendo interesantes innovaciones en el mercado del crédito hipotecario. Tras un arranque brillante, la crisis ferroviaria y bancaria de 1866 afectó sensiblemente a la entidad, cuyo sucesivo desarrollo resultó muy irregular, con períodos de auge—la llamada febre d’or catalana de 1881-1882 o la Primera Guerra Mundial—y otros de lánguida decadencia, que llevaron a su absorción por el Banco de Barcelona en 1920.

La otra gran creación financiera de Antonio López fue el Banco Hispano-Colonial, máxima expresión de un modelo empresarial que amalgamaba confusamente interés privado y privilegio del Estado. Como acreedor del Gobierno y uno de los máximos representantes en España de la facción unionista en la política cubana, López encabezó un grupo de inversores— todos cercanos a él—que entre La Habana, Madrid y Barcelona se comprometieron en 1876 a suscribir un empréstito con el que atender las necesidades militares de Cuba, insurrecta contra la metrópoli desde 1868. Las condiciones del empréstito fueron especialmente gravosas para el Estado, en gran parte debido al nacionalismo financiero tradicional en los gobiernos españoles, que se esforzaban por evitar que las finanzas coloniales quedaran en manos extranjeras. El interés del 12% resultó muy elevado, pero además se concedió a los prestamistas la recaudación de las aduanas de Cuba como garantía, junto con el patrimonio del Estado, y la consideración de las acciones del banco como efectos públicos. Concluido el contrato con el gobierno, los prestamistas—a semejanza los fundadores del Banque de Paris et des Pays-Bas, creado en 1872 para gestionar las compensaciones de guerra adeudadas al Reich alemán por Francia tras la derrota de Sedán—se constituyeron en una entidad bancaria bajo el nombre de Banco Hispano-Colonial. La gestión del empréstito resultó muy lucrativa para López y sus socios, y su papel en el esfuerzo para sofocar la revuelta cubana le valió en 1878 la concesión del Marquesado de Comillas y la Grandeza de España tres años después.

Sin embargo, debido al rigor de las condiciones impuestas por los acreedores y la pérdida de autonomía para gestionar y fijar la política reguladora del comercio exterior cubano, el Gobierno decidió en 1880 rescindir el contrato con el banco. En adelante, el Banco Hispano-Colonial, junto con el Crédito Mercantil, actuaría preferentemente como un banco de negocios, a través de cual la familia López y su círculo de asociados controlarían un auténtico holding de empresas entre las que se encontraban la Compañía Trasatlántica, el Banco de Castilla, la Compañía de Ferrocarriles del Norte de España y las dos últimas creaciones empresariales de Antonio López: la Compañía General de Tabacos de Filipinas (1881), que aprovechaba el desestanco de este producto en la colonia asiática, y el coto carbonífero de Aller, que en 1892 daría lugar a la Sociedad Hullera Española.

El 16 de enero de 1883 Antonio López fallecía en su palacio barcelonés de las Ramblas, dejando en manos de su hijo Claudio López Bru un inmenso imperio económico. Desaparecía así uno de los más importantes empresarios y financieros españoles del siglo XIX, además de un generoso mecenas dedicado al patrocinio de poetas como Jacint Verdaguer, arquitectos como Joan Martorell o a la creación del seminario jesuita de Comillas.

por José Antonio Gutiérrez Sebares, Responsable del Archivo Histórico Banco Santander
Fuente: Asociación Española de Historia Económica

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