Alemania es una vegetariana en un mundo lleno de carnívoros

09/09/2013 | Gideon Rachman – Financial Times Español

La clara trivialidad de la campaña electoral alemana es un tributo al éxito del país. Solo una nación que es segura y próspera puede permitirse tener un debate enfocado a las pequeñas cosas de la vida. “Es divertido,” dice uno de los principales consejeros de la canciller Ángela Merkel, “los extranjeros quieren saber lo que depara la elección alemana para Oriente Medio o para el futuro de Europa. Pero estamos debatiendo “el día vegetariano y las tasas en las autopistas.”

Mientras que los EE. UU., el Reino Unido y Francia se muestran ansiosas por una intervención en Siria, no hay tal ansiedad en Alemania. La gran mayoría del electorado quiere mantenerse fuera del conflicto – y todos los grandes partidos políticos concuerdan. El asunto moral que ha dividido a los alemanes en estas elecciones no son las armas químicas, sino el vegetarianismo. La propuesta del partido Verde de que los restaurantes deberían dejar de servir carne, un día a la semana, ha levantado un apasionado debate acerca de si los políticos tienen el derecho de interponerse entre los alemanes y sus embutidos.

Esta pequeñez del debate político alemán es peculiar para una nación que es la cuarta economía más grande del mundo – y el poder político y económico más grande de Europa. Pero una gran parte del atractivo de Merkel parece ser su habilidad para persuadir a los alemanes de que puede protegerlos de la dureza del mundo más allá de sus fronteras.

El autor Timothy Garton-Ash ha resaltado la peculiar y memorable respuesta a una pregunta acerca de los sentimientos que despierta en ella – “Pienso en unas ventanas bien selladas,” respondió la canciller. “Ningún otro país puede hacer ventanas tan bonitas y bien selladas.” Están tan perfectamente selladas las ventanas, por supuesto, tan maravillosas que dejan fuera la contaminación y el ruido del mundo exterior – ya sea si se trata de armas químicas en Siria o los gritos de protesta de los desempleados en el sur de Europa.

Un mensaje similar de seguridad es proyectado por un enorme cartel electoral, ahora expuesto a la salida de la estación central de Berlín. Solo muestra las manos de la canciller – formando un meditativo “rombo Merkel”. El mensaje es que Alemania está segura en las manos de una cauta y deliberadora líder.

Para ser justos, Merkel puede señalar gran cantidad de evidencias de que ella es un par de manos confiable – en particular, su manejo de la crisis del euro. Hace apenas 18 meses que la canciller estaba bajo una enorme presión para llevar a cabo acciones más dramáticas. Algunas, particularmente en otros continentes, la urgían para abandonar su insistencia en la austeridad económica y llevar a cabo nuevas y dramáticas formas de integración económica, como la creación de bonos de la eurozona. Otros, particularmente en casa, sugerían que debería forzar a Grecia a salirse del euro. Al final, la canciller no siguió ninguna de las dos rutas. Desde entonces, con la ayuda del Banco Central Europeo, la fase aguda de la crisis parece haber pasado. Las economías del sur de Europa parecen haberse recuperado un poco – y el desempleo en Alemania está en su tasa más baja en las últimas dos décadas.

Como resultado, la canciller disfruta de una tasa de aprobación del 60 por ciento. Lo enrevesado del sistema de representación proporcional alemán podría llevar a que a ella, sin embargo, le sea negado un tercer periodo en el poder. Pero es abrumadora la posibilidad de que Merkel continuará como canciller alemana después de las elecciones del 22 de septiembre. Si, entonces, el presidente Barack Obama perdiera la votación sobre Siria en el congreso de los EE. UU., la canciller alemana emergería, de manera predeterminada, como el líder más autorizado del mundo occidental, con un record de éxito único en lo económico y político.

La fórmula de liderazgo de la canciller puede ser uno de esos raros productos alemanes que nos son susceptibles de exportar. No todas las naciones se entusiasman a la vista de una ventana muy bien aislada. Tampoco todos los líderes políticos tienen el beneficio del sector exportador alemán impulsando su economía.

En privado, algunos de los legisladores más conscientes de que – como una gran nación comercial y la segunda economía exportadora del mundo – el país depende del sistema de seguridad social global al cual aporta poco. “Se podría decir que nuestra posición sobre Siria es un poco inconsistente”, dice uno. “Decimos que queremos un mundo basado en reglas y que Siria debería ser castigada por usar armas químicas – pero que otro sea el que lleve a cabo el castigo”. Los intelectuales alemanes parecen estar tan alarmados como sus similares franceses y británicos por las potenciales implicaciones globales si el congreso de los EE.UU. vota en contra de una acción en Siria.

Pero esos sentimientos están profundamente fuera de tono con el sentimiento en Alemania – y probablemente con todo el de Occidente. Mientras los debates de los británicos y estadounidenses sobre Siria han revelado que la gente de occidente en general es más escéptica acerca de una acción militar en Siria que la élite de políticos de relaciones exteriores. La diferencia es que los políticos de los EE. UU., R.U. y Francia todavía sienten la necesidad de provocar a los votantes para lograr apoyo a una intervención. Los políticos alemanes ni siquiera se plantean considerar el tema.

El presente problema en el Oriente Medio no da señales de provocar a Alemania para repensar su papel en el mundo. Al contrario, los alemanes parecen estar más convencidos de que van en la dirección correcta. En ese contexto, montar un debate nacional sobre el vegetarianismo es apropiado. Cuando se trata de la seguridad global, Alemania es una nación vegetariana, en un mundo que está todavía lleno de carnívoros.

Germany is a vegetarian in a world full of carnivores

09/09/2013 | Gideon Rachman – Financial Times English

The sheer triviality of the German election campaign is a tribute to the success of the country. Only a nation that is secure and prosperous could afford to have a political debate that is so focused on the little things of life. “It’s funny,” says one of Chancellor Angela Merkel’s senior advisers, “foreigners want to know what the German election will mean for the Middle East or for the future of Europe. But we are debating ‘veggie day’ and road tolls.”

While the US, Britain and France are agonising about intervention in Syria, there is no agonising in Germany. A large majority of the electorate wants to stay out of the conflict – and all of the big political parties agree. The moral issue that has divided Germans this election is not chemical weapons, but vegetarianism. The Green party’s proposal that public canteens should stop serving meat, one day a week, has stirred up an impassioned debate about whether politicians have the right to get between Germans and their sausages.

This smallness of the German political debate is peculiar for a nation that is the fourth-largest economy in the world – and the biggest political and economic power in Europe. But a large part of Ms Merkel’s appeal seems to be her ability to persuade Germans that she can protect them from the harshness of the world beyond their borders.

The author Timothy Garton-Ash has highlighted Ms Merkel’s memorably peculiar answer to a question about what feelings Germany awakes in her – “I think of well-sealed windows,” replied the chancellor. “No other country can make such well-sealed and nice windows.” Perfectly-sealed windows are, of course, marvellous for shutting out pollution and noise from the outside world – whether it is the chemical weapons of Syria or the cries of protest from the unemployed of southern Europe.

A similar message of reassurance is projected by a giant election poster, currently on display just outside Berlin’s central station. It shows nothing but the chancellor’s hands – shaped into a pensive “Merkel rhombus”. The message is that Germany is safe in the hands of the deliberative, cautious leader.

To be fair, Ms Merkel can point to plenty of evidence that she really is a safe pair of hands – in particular, her handling of the euro crisis. Just 18 months ago the chancellor was under enormous pressure to take more dramatic action. Some, particularly overseas, urged her to abandon her insistence on economic austerity and to commit to dramatic new forms of economic integration, such as the creation of eurozone bonds. Others, particularly at home, suggested that she should force Greece out of the euro. In the end, the chancellor took neither course. Since then, with help from the European Central Bank, the acute phase of the euro crisis seems to have passed. The economies of southern Europe now seem to be picking up a little – and German unemployment is the lowest it has been for two decades.

As a result, the chancellor enjoys approval ratings of about 60 per cent. The quirks of Germany’s proportional representation system could mean that she is, nonetheless, denied a third term in office. But the overwhelming likelihood remains that Ms Merkel will continue as chancellor after the German election on September 22. If, by then, President Barack Obama has lost the Syria vote in the US Congress, the German chancellor would emerge, by default, as the most authoritative leader in the western world, with a unique record of economic and political success.

Yet the chancellor’s leadership formula may be one of those rare German products that is not suitable for export. It is not every nation that thrills to the sight of a well-sealed window. Nor is it every political leader who has the benefit of the German manufacturing sector powering their economy.

Privately, some of Germany’s more thoughtful policy makers are also well aware that – as a great trading nation and the second-largest exporter in the world – their country depends on a global security system to which it makes little contribution. “You could say our position on Syria is a bit inconsistent,” muses one. “We say we want a rules-based world and that Syria should be punished for using chemical weapons – but that somebody else should do the punishing.” Germany’s strategic thinkers seem to be just as alarmed as their French and British counterparts at the potential global implications if the US Congress votes against action on Syria.

But such sentiments are deeply out of tune with public sentiment in Germany – and probably in the west as a whole. As the British and American debates over Syria have revealed, the general public in the west is much more sceptical about the case for military strikes on Syria than the foreign-policy elite. The difference is that politicians in the US, the UK and France still feel the need to challenge voters by making the case for action. German politicians do not even attempt to make the argument.

The current turmoil in the Middle East shows no sign of provoking Germany to rethink its global role. On the contrary, Germans seem to be even more convinced that they are on the right course. In that context, staging a national debate on vegetarianism is oddly appropriate. When it comes to global security, Germany is a vegetarian nation, in a world that is still full of carnivores.

Copyright &copy “The Financial Times Limited“.
“FT” and “Financial Times” are trade marks of “The Financial Times Limited”.
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